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Cómo usar bicarbonato en las macetas para evitar hongos y plagas

El producto de cocina más barato puede actuar como fungicida y corrector de pH, pero solo si se aplica con conocimiento y mesura.

Tarro de bicarbonato de sodio. | Pexels

El bicarbonato de sodio lleva años ganando adeptos como remedio natural, económico y fácil de conseguir para el cuidado de macetas. Desde la prevención de enfermedades fúngicas hasta la neutralización de olores desagradables en el sustrato, este compuesto ofrece múltiples beneficios cuando se utiliza correctamente. El problema es usarlo "correctamente", porque el uso inadecuado o excesivo puede causar daños como quemaduras en las hojas o alteraciones en el equilibrio del suelo.

Químicamente hablando, el bicarbonato sódico es una sal cristalina blanca, soluble en agua y con un pH alcalino. Esa alcalinidad es precisamente la clave de sus usos en jardinería, tanto sobre el sustrato como sobre las propias plantas.

Un aliado contra hongos y pH ácido

El desequilibrio del sustrato es uno de los problemas más habituales en macetas domésticas. Con el tiempo y el riego continuado, la tierra tiende a acidificarse, lo que bloquea la absorción de nutrientes. Al esparcir una pequeña cantidad de bicarbonato se logra estabilizar y nivelar el pH del sustrato, generando un ambiente más equilibrado bajo la superficie que permite a las raíces respirar y absorber los nutrientes necesarios.

Pero no todas las plantas son aptas para la aplicación de este truco. Geranios, lavandas, romero y cítricos se encuentran entre las especies que más se benefician de un suelo ligeramente más alcalino, mientras que hortensias, azaleas y gardenias deben evitar el bicarbonato, ya que un exceso puede provocar amarillamiento de sus hojas por falta de hierro.

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El otro gran argumento a su favor es el fungicida. Uno de los usos más respaldados del bicarbonato de sodio en jardinería es su capacidad para actuar como fungicida, efecto que se debe a que altera el pH de la superficie de las hojas, creando un entorno alcalino poco favorable para la germinación y el desarrollo de esporas fúngicas. El oídio —ese polvo blanco que aparece sobre hojas y tallos— es la diana más habitual de este tratamiento. Los estudios científicos aclaran, sin embargo, que el bicarbonato parece prevenir los brotes de algunas esporas fúngicas pero no las elimina en su totalidad, por lo que no debe considerarse una cura milagrosa.

Cómo aplicarlo sin dañar la planta

La dosificación marca la diferencia entre un remedio útil y un error de jardinería. Cuando se opta por la pulverización, lo habitual es disolver una cucharadita de bicarbonato en un litro de agua y aplicar la mezcla de forma ocasional sobre las hojas. Este tratamiento puede repetirse una vez por semana en períodos de mayor humedad ambiental o si se detectan las primeras señales de infección fúngica. Además, conviene aplicarlo por la tarde o en días nublados, ya que hacerlo bajo sol directo puede provocar quemaduras foliares.

Para el control de plagas rastreras, una práctica extendida consiste en espolvorear una fina línea de bicarbonato alrededor de la maceta. Una ligera capa sobre las hojas o el sustrato crea una barrera natural contra insectos y bacterias sin afectar a la planta ni al entorno, lo que permite evitar el uso de productos tóxicos como pesticidas o soluciones químicas.

El riesgo de pasarse con las cantidades no debe subestimarse. El sodio puede quemar hojas, raíces y otras partes de la planta, y también puede permanecer en el sustrato afectando el desarrollo de futuras plantaciones. La buena noticia es que, según las pruebas realizadas, no se ha encontrado una acumulación significativa y ha sido declarado seguro para las plantas comestibles cuando se usa en las dosis recomendadas.

En definitiva, el bicarbonato de sodio merece un hueco en el armario del jardinero casero, pero solo como herramienta puntual y bien orientada. La luz, el riego equilibrado y un buen drenaje siguen siendo, hoy como siempre, lo que de verdad sostiene una maceta sana.

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