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Salud, sacos de dormir y República

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LD (V. Gago)  El panorama es aproximadamente éste: una acampada en el vestíbulo de la Facultad de Filosofía, jóvenes en calcetines con pelotitas, moviéndose entre sacos de domir. Unos 200. Predominan uniformes de okupas, rastafaris, y borrokos. Abren mochilas y reparten galletas María. Preparan a conciencia una "tabla reivindicativa". Entra el rector, barba estoica, barriga epicúrea, corbata roja, y es recibido con una salva preventiva: "Bolonia, ni de coña". Poco después, pasa Almudena Grandes con un abrigo de cuero como el de Keanu Reeves en Matrix, pero de color rojo.  En el Paraninfo hay un acto que concluirá con el rector proclamando: "¡Viva la República!". Es 14 de abril de 2008 y los liberales en España "no se resignan", aunque hay que admitir que el panorama pinta más bien complicadillo.
 
 

(Foto: Roberto Barrios)
 
El camino entre la estación de Metro de Ciudad Universitaria y la Facultad de Filosofía es un túnel del tiempo que comunica con los estratos más antiguos de la edad de piedra revolucionaria. Las pintadas, las pancartas, las convocatorias a manifestaciones forman un palimpsesto que remite a una civilización idealista hundida por algún cataclismo, una Atlántida de las buenas intenciones arrasada por algún tsunami de la Mentira, del que no se conservan crónicas.
 
La oficina del Banco Santander en el Campus aparece asaeteada de grafitis, aunque el cajero automático está intacto y frecuentado. Muchos utilizarán una VISA autorizada por sus padres, cuarentañeros o cincuentones que vivieron la Transición y no les ha ido del todo mal en el consenso socialista, básicamente el mismo que el del franquismo: un Estado benefactor, vacaciones pagadas y la política, para los políticos; con la mejora que la lluvia de fondos europeos ha introducido en ese práctico invento.
 
¿Por qué iban a transmitir a sus hijos una forma diferente de vida? ¿Por qué habían de inculcarle el amor al conocimiento, el valor para arriesgarse, la afición a innovar, la disciplina en la excelencia? ¿Acaso no les ha ido bien dejando que el Estado se ocupe de sus vidas? ¿Acaso no les ha permitido esa cesión comprar un adosado y uno o dos coches, viajar a Canarias en verano, tener una despensa como nunca soñaron sus padres –los abuelos de los Chicos del Cajero–, llena de papillas y todo tipo de cremas para sandwiches? ¿Acaso no es la misma forma de vida de cientos de millones de europeos?
 
Algo pasa con Mary, la niña de Rajoy, pero desde luego, no es la pobreza. Está cabreada, de eso no hay duda. El suyo es un mosqueo prestado, un malestar de otra época, un legado sulfúrico procedente de alguna glaciación imprecisa.
 
A esta Cameron Díaz de uñas y boquita pintadas y pañuelo palestino al cuello, esta nínfula asexuada que retrasa la sustitución del chándal y de la indolencia como las madres de antaño apuraban los pantalones cortos y los mocasines a los chicos, todo a su alrededor le chupa un pie porque está demasiado cabreada con la Gran Injusticia Universal. No ve las rarezas de la madriguera de Zapatero porque sólo tiene ojos asombrados para las Grandes Multinacionales. Alicia se ha vuelto enana. El asombro por lo real ha dejado paso a un nihilismo ahíto de chuches y lírico, pero de la lírica mala, la del Currículum Vitae, como la llama José Miguel Ullán, la que se canta "para que nos contraten o para que nos acojan". El suyo es un cabreo con las bragas por fuera de los pantalones. Bragas con corazoncitos. Lewis Carroll ha muerto, y en su lugar no surge Walter de La Mare, sino Naomi Klein. Eso, más o menos, pasa con Mary.
 
 

(Foto: Roberto Barrios)
 
NI DIOS, NI AMO, NI DECANO
 
29-A, 19 horas, Mani Antifa en Tirso. Ni Dios, ni Amo, ni Decano. Berzosa a la fosa.
 
Los obuses que cayeron en Ciudad Universitaria durante el asalto a Madrid, al final de la Guerra, se han convertido en ruinas del sentido, adoquines de una retórica revolucionaria pasados por la excavación infructuosa de Mayo del 68 –finalmente, todos, padres e hijos, fueron a la playa en AVE– y repintados con pintura fresca en las paredes del jardín botánico, en las fachadas de las facultades, en las marquesinas de los autobuses. Carlos Berzosa presume de este mundo arqueológico sobre el que gobierna. Esta tristeza del pensar y del sentir, esta melancolía de los yacimientos, le pone. Borges palpa con demora litogramas chinos en una foto junto a María Kodama, y el rector de la Complutense palpa granadas de mano de la Guerra Civil.
 
"Aún siguen apareciendo, sin explotar. La última la encontramos cuando se hacían las obras del Jardín Botánico de la Universidad. Era un obus caído, pero intacto. La Policía acordonó la zona", dice, deleitándose.
 
Un obús caído en la Ciudad Universitaria, el último bastión republicano de la Guerra. Lo dice con un brillo de coleccionista en sus diminutos ojos, empequeñecidos por las dioptrías pero centelleantes de esa chispa que sólo dan los prejuicios muy acendrados, irremediables.
 
PODRIDOS POR  EL BECERRO DE ORO
 
Son las siete de la tarde del 14 de abril de 2008 en el Paraninfo de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Han pasado 77 años, pero la luz sigue igual de lóbrega, las maderas igual de oscuras, la incomodidad de las butacas no deja de recordar que se hicieron para una generación diminuta.
 
El rector preside un acto de homenaje a los maestros de la II República, a su vocación abnegada y al modelo pedagógico "moderno y revolucionario" que los inspiró, forjado en los magines de la Institución Libre de Enseñanza. Familiares de maestros republicanos, alguna maestra superviviente, sindicalistas de la Enseñanza, la portavoz de IU en la Asamblea de Madrid, alumnos de la Facultad. Aquí, en este anfiteatro crujiente y gastado, ha resonado la humilde voz de la Verdad. Aquí investigaron, escribieron y enseñaron maestros como José Gaos.
 
Los sindicalistas concluyen sus alocuciones con "Salud y República". Un ejecutivo de Caja Sol, la entidad financiera controlada por la Junta de Andalucía que patrocina la exposición que justifica estos discursos, aprovecha el homenaje a los maestros de la II República para defender Educación para la Ciudadanía. La idea fija en todos los discursos es la reanimación de aquel modelo pedagógico, su necesaria vigencia en la actualidad.
 
Aquella fue una Escuela que dio "valor a la Educación, al conocimiento". Aquella era "una sociedad más educada, menos ignorante" que la de sus mayores. En aquella edad dorada, a las personas se las valoraba por su instrucción, "y no como ahora, donde se valoran otros principios, vemos triunfar a gente corrupta y se rinde culto al becerro de oro", se quejó el rector elegido, en dos mayorías consecutivas, por los hijos de esa generación corrupta y becerra. Pocas cosas chocan tanto como el lenguaje tenebroso en boca de un revolucionario. Corrupción. Becerros de Oro. Para púlpitos puritanos, los de la progresía acomodada, valga el pleonasmo.
 
ALMUDENA GRANDES, ROJO Y NEGRO
 
Almudena Grandes se despoja su abrigo de Matrix rojo para dirigirse al público a todo corazón, embutida en un top cuyo escote forma una media luna de una palidez de estraza entre su cuello y el borde del escote, un páramo inabarcable cuya ceniza tez parece aún más ceniza por la luz de mina abandonada, bajo la que se acarician cosas antiguas, pupitres y obuses.
 
Incluso pendientes y pulsera de oro parecen alhajas de antepasados, como recién sacadas del fondo del Titanic. El color negro y el color carne, el algodón y la voz de Jack Sparrow pasado de vueltas, el oro y Chamberí, el tinte y los sentimientos.
 
El sentimiento sustituye a la razón y la lírica, a la Verdad, en la emergente ideología de la Memoria Histórica. Hay un sentimiento para cada cosa que pasó. Así, la Educación de la República fue visionaria y moderna, frente a la enseñanza rencorosa y adoctrinadora del "nacionalcatolicismo". Maestras de la República como Magdalena de Santiago Fuertes fueron vocaciones precoces por el servicio público, mientras que los maestros que siguieron enseñando después de la Guerra lo hacían "porque tenían que comer", pero añorando "la dignidad" del oficio durante la República.
 
"Estamos igual que hace 77 años", dice Almudena Grandes, "con las mismas aspiraciones que tuvo la escuela de la República. Todo en la República es importante. Los españoles no comprendemos, no comprenden todavía que si bien durante toda nuestra vida hemos vivido en un país que ha llegado tarde a todo, durante los primeros 30 años del siglo XX fue el más progresista, moderno y asombroso de Europa. Hubo una generación que fue la mejor que ha producido este país, que hizo posible ese milagro de que un país atrasado, polvoriento, sujeto a leyes de raigambre feudal, un país de obreros harapientos y jornaleros miserables, gozara de las más modernas leyes e instituciones. Todavía no nos hacemos una idea de lo que significó aquello".
 
Todo es así de claro en la ideología de la Memoria. Todo es de una claridad sin sombra de duda, la claridad de las salas fluorescentes y de las morgues. No existen Baroja, ni Pla, ni  Marías, ni otros que lo vieron con sus propios ojos. Nadie ha contado "lo que significó aquello" hasta este 14 de abril de 2008. Es una historia siempre nueva, una educación sentimental. El obsceno milagro de las lágrimas que provocan amnesia.
 
La autora de El corazón helado suspira por una educación como la republicana, laica, pero laica de verdad, y no como ahora, dice, que funciona una enseñanza heredera del franquismo y sus prejuicios patrióticos, su moral cristiana y su aversión a lo extranjero. Parece evidente que la señora Grandes no pisa un aula desde el regreso del PSOE al poder, en 1982.
 
Añora, además, las misiones pedagógicas en las que colaboraron Lorca, Alberti, Alejadro Casona o Manuel Altolaguirre, entre otros intelectuales republicanos.
 
"El esfuerzo de la República por la Educación fue extraordinario, pero es que, en plena guerra, se redobló, tal y como recordó Bernardo Giner de los Ríos, ministro de Educación en el último Gobierno de Negrín; por cierto, Negrín ha sido uno de los amores de mi vida, y no me iré sin hablar de él", confiesa, pero, por desgracia, la curiosidad por esa pasión no se ve satisfecha, y la escritora se va sin hablar de Negrín.
 
"Las misiones fueron un elemento fundamental del proyecto republicano", dice Almudena Grandes, y evoca: "Es conmovedor comprobar cómo el quinto regimiento hizo una edición de los Episodios Nacionales para los soldados, para que los leyeran. Yo conservo dos ejemplares. Editaron 2 de Mayo, Trafalgar y Zaragoza, igual que editaron Cartillas Escolares anti-fascistas, con el "No pasarán" silabeado decenas de veces, con las que enseñaban a leer".
 
Es posible que la señora Grandes no haya leído algunos de los manuales de Educación para la Ciudadanía, o de lo contrario, no añoraría tanto aquella época.
 
CERNUDA COMO TÚ QUIERAS
 
La escritora concluye su homenaje a los maestros de la II República con un poema de Luis Cernuda. Se trata de 1936, no de lo mejor del canto del enorme sevillano.
 
Escrito en 1961, en Washington DC, tras conocer a un miliciano de la Brigada Lincoln, el poema es un acto de fe en la nobleza humana, capaz de redimir al hombre cuando se manifiesta en la causa de la libertad. A pesar de los pesares, acepta  Cernuda –no sin reservas– en ese poema, el hombre puede ser bueno. Con que uno lo sea, basta para redimir al resto.
 
Que aquella causa aparezca perdida,
nada importa;
Que tantos otros, pretendiendo fe en ella
sólo atendieran a ellos mismos,
importa menos.
Lo que importa y nos basta es la fe de uno.
 
La escritora omite esta estrofa clave del poema de Cernuda. La escamotea a su público adormecido de sentimientos, mentiras piadosas y trolas leoninas, como turistas masticando demasiadas hojas de coca para sobrellevar el mal de altura.
 
En esa estrofa, Luis Cernuda reconoce que la causa de la libertad en manos de republicanos como Largo Caballero, Stalin o Negrín –el "gran amor" de Almudena Grandes– se convirtió en algo repugnante, una traición ominosa a la buena fe de la gente,  un abuso de lo que de bueno y verdadero pueda latir en el hombre.
 
La señora Grandes sólo lee el principio y el final del poema. La gente mastica tranquilamente las hojas de la anestesia y el olvido de todo lo que duele o no conviene recordar. Pero Cernuda no quiso morfina al exiliarse. Por eso es poeta. Para no encubrir las cosas y los horrores. Para encubrimientos, ya están propagandistas y novelistas de éxito.
 
El rector Berzosa dio por cerrada la sesión proclamando:
 
-"¡Viva la cultura, viva la Educación, vivan los libros, viva la República!".
 
INGRATA GENERACIÓN
 
Al salir por el vestíbulo de la Facultad, la acampada de jóvenes iracundos y mullidos, los jóvenes de los sacos de dormir, los almohadones y los calcetines con pelotitas, vuelve a saludarle con una pitada. El rector republicano, que no quiere pasar por un educador fascista, y menos después del acto de afirmación republicana que acaba de presidir, intenta dialogar con los chicos, de buen rollito. A ver, ¿qué coño queréis, chavales?, y toda esa displicencia. 
 
¿No os dan suficientes facilidades los profes para aprobar? ¿No se esfuerzan lo bastante por ponerse a la altura de vuestro Bachillerato? ¿Son de mala calidad las birras? ¿Acaso no va como un tiro el wifi? ¿No os hemos puesto la licenciatura a tiro de cuatro años con el Plan de Bolonia? ¿Qué? ¿De qué va esto? 
 

(Foto: Roberto Barrios)
 
Una jovencita con calentadores, de rodillas sobre su saco de dormir, fue directa al bajo vientre. Le acusó de ser "un vendido a las multinacionales". Porque Bolonia es eso para esta asamblea encerrada con el único juguete de su "tabla reivindicativa". Bolonia es un gran negocio de las multinacionales para explotar a los universitarios, obligándoles a cursar un Master después de la licenciatura, a moldearse y prostituirse para el sucio mercado donde las empresas privadas compiten a base de innovación, eficiencia y productividad.
 
El rector demudó el semblante. La barba asimétrica y espumosa se le agrietó. Los ojos, antes chispeantes de sentimientos republicanos, ahora escupían fuego contra esta ingrata generación.
 
- "Sepa Usted, señorita, que no respondo ante multinacionales ni ante nadie.  Toda mi vida he trabajado en la Universidad pública, jamás he trabajado en una empresa privada, aunque buenas ofertas no me han faltado para hacerlo. No le consiento que ponga en duda mi vocación de servicio al interés público".
 
Lo dice como quien luce un preciado blasón. Carlos Berzosa Alonso Martínez no ha trabajado nunca en el sector privado. El rector de la mayor universidad pública española se enorgullece de no haber medido su conocimiento en buena lid de la competencia del sector privado.
 
 A esa misma hora, 8 y media de la tarde del lunes 14 de abril de 2008, decenas de miles de chicos como estos se dejan las pestañas en cuartos impersonales de colegios mayores, en pisos cutres compartidos con otros de su edad, en la habitación de la casa familiar, para conseguir notas suficientes que les procuren acceso a una exigente entrevista de trabajo en una empresa privada.
 
No son todos, y tal vez no sean la mayoría, pero, como escribió Cernuda en su poema 1936:
 
Uno, uno tan sólo basta
como testigo irrefutable
de toda la nobleza humana.

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