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'Crónica negra': seis años del asesinato del surfista español al que ejecutaron a tiros en Filipinas

Seis años después del crimen de Diego Bello en Filipinas, su familia sigue luchando por limpiar su nombre y lograr una condena judicial.

Seis años después del crimen de Diego Bello en Filipinas, su familia sigue luchando por limpiar su nombre y lograr una condena judicial.
Concentración para reclamar justicia para Diego Bello. Archivo | PLATAFORMA JUSTICIA PARA DIEGO

Este 8 de enero se cumplen seis años del asesinato de Diego Bello, un joven surfista y empresario español de 32 años que murió acribillado a balazos en la isla filipina de Siargao. La versión inicial de una operación antidroga se desmoronó con el paso del tiempo y hoy, con tres policías en prisión acusados de asesinato, el caso sigue abierto y cargado de incógnitas.

En En Casa de Herrero, Lorena López ha reconstruido una historia marcada por la corrupción policial, la manipulación de pruebas y la incansable lucha de una familia que solo persigue una cosa: limpiar para siempre el nombre de Diego.

Diego Bello era coruñés, inquieto y aventurero. Con solo 18 años dejó España para recorrer el mundo. Vivió en Londres, Honduras y Australia hasta que en 2017 recaló en la isla de Siargao, en Filipinas, un paraíso para los amantes del surf. "Allí era feliz", recuerdan quienes le conocieron. Instructor de buceo, surfista y emprendedor, Diego encontró en la isla el lugar donde desarrollar su proyecto de vida.

Un pequeño imperio en el paraíso

En poco tiempo, Diego levantó varios negocios: un hostel, una marca y tienda de ropa de surf, un restaurante de comida española llamado La Santa y un bar de copas. Daba trabajo a decenas de familias locales y se había convertido en un referente en la comunidad.

"Tenía un don natural de liderazgo", explica su entorno. Pero ese éxito también despertó recelos y envidias. El ruido nocturno del local empezó a generar quejas vecinales e incluso amenazas. La noche del crimen, Diego cerró su restaurante y regresó en moto a casa. Su novia, Gina, le esperaba dentro.

Tres policías filipinos —un capitán y dos sargentos— le dispararon seis veces prácticamente a bocajarro a las puertas de su domicilio. Murió en el acto. Amigos y socios acudieron corriendo. Allí fueron encañonados por los agentes, que les dijeron que Diego "vendía cocaína".

La versión oficial que nadie creyó

La policía filipina aseguró que se trataba de una operación antidroga, que Diego iba armado, que disparó primero y que ellos actuaron en defensa propia. Llegaron incluso a incluirlo en una supuesta lista de narcotraficantes peligrosos de la región.

Su familia nunca creyó esa versión. Nadie que conociera a Diego podía aceptar que fuera traficante ni que portara un arma. La autopsia realizada en Madrid confirmó que Diego no tenía restos de pólvora en las manos. Las cámaras de seguridad lo grabaron saliendo de su restaurante sin la riñonera con droga que supuestamente apareció junto a su cuerpo.

Su madre, Pilar, lo resume así: "Hay un chico solo, rodeado de policías, y no hay una sola bala que alcance a un agente".

Un complot policial

La familia contrató abogados en Filipinas y logró que la justicia investigara a fondo. Un informe del NBI, la agencia filipina equivalente al FBI, desmontó por completo la versión policial.

Los tres agentes fueron detenidos, pero lograron huir. Durante meses permanecieron prófugos hasta que la propia madre de Diego, Pilar, los rastreó a través de redes sociales desde España, usando perfiles falsos, hasta que finalmente fueron capturados. Hoy permanecen en prisión sin fianza acusados de asesinato y manipulación de pruebas.

"Solo ellos saben por qué lo hicieron"

El hermano de Diego, Bruno Bello, reconoce que la familia nunca ha logrado saber el motivo real del crimen. "No tenemos los motivos y creo que no los vamos a tener nunca. Solo ellos saben por qué lo hicieron", explica.

Las hipótesis van desde envidias y conflictos locales hasta posibles venganzas, pero no hay pruebas concluyentes sobre el móvil. El objetivo principal de la familia no es solo la condena, sino borrar cualquier sombra sobre Diego. "El informe del NBI nos dio esperanza, pero una sentencia condenatoria es lo que terminaría de limpiar su nombre", insiste Bruno.

Temen, sin embargo, la lentitud y la corrupción del sistema judicial filipino, aunque confían en que el proceso llegue a buen puerto.

Un juicio eterno

Seis años después, los padres de Diego han viajado de nuevo a Manila para comparecer ante el juez el próximo 16 de enero. No hay una fecha clara para la sentencia. "Siempre queda un pequeño porcentaje de duda", reconoce su hermano. "Pero si no salen condenados, seguiremos luchando".

Diego nunca expresó miedo ni sensación de peligro. "Para él vivía en el paraíso", recuerda Bruno. Una isla tranquila, una vida dedicada al trabajo, al surf y a su gente.

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