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Sí a las drogas

Algunos de los peores villanos de nuestro tiempo llevan corbata o lucen joyas de diseño y dicen trabajar por la salud pública manejando ingentes presupuestos sociales.

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En la pléyade de candidatos frikis que este año se presentan a las elecciones americanas destaca Jack Kevorkian, el médico que entre 1987 y 1999 puso fin a las vidas de más de 130 personas que acudieron a él en busca de una muerte que consideraban más digna que la vida que llevaban. Condenado por homicidio, el llamado "doctor muerte" fue puesto en libertad condicional por buena conducta en junio del año pasado. Hace pocos días, el polémico galeno lanzó su campaña electoral a la Cámara de Representantes por el distrito 9 de Michigan, una zona de clase media acomodada blanca situada en las inmediaciones de la ciudad de Detroit y representada actualmente por el republicano Joe Knollenberg.

El candidato defiende un sistema mixto de seguro médico gestionado por los pacientes, las compañías privadas y el Estado, cuya función se limitaría a socorrer a aquellos con necesidades especiales. Además, denuncia la politización del Tribunal Supremo y ha instado a sus miembros a dejar de legislar de forma encubierta y a defender los derechos individuales, cada día más amenazados por un Gobierno todopoderoso. Asimismo, exige a la Administración que ponga fin al dirigismo en políticas educativas y fomente en su lugar la calidad y la libertad de elección.

Más allá de las controversias que el suicidio asistido suscita entre norteamericanos y europeos y de los llamativos titulares que la candidatura de Kevorkian proporcionará a la prensa de su país, la creciente popularidad de las distintas formas de eutanasia activa oculta un problema mucho mayor y del que casi ningún político tiene el valor de hablar. Es la opiofobia o resistencia de los médicos y de las autoridades sanitarias a suministrar morfina o alguno de sus sucedáneos artificiales.

Decenas de enfermos son operados cada día por tumores malignos o problemas relacionados con la columna vertebral sin que reciban otro paliativo para los atroces dolores del postoperatorio que el Nolotil. He visto a personas retorcerse de dolor en hospitales públicos y privados tras complicadas operaciones de cáncer o de cervicales sin que nadie haga nada por remediar su agonía. Las respuestas que reciben por parte de los médicos y enfermeras no merecen otro calificativo que el de inhumanas. Tras sufrir durante meses unos dolores tremendos, algunos recurren a tratamiento psiquiátrico para lidiar con la depresión y las ganas de morir causadas por los médicos y burócratas que se niegan a suministrarles estupefacientes por temor a que "se enganchen a las drogas".

Parece ser que a la hora de emitir juicios científicos algunos médicos se fían más de la biografía de Edith Piaf que de los estudios sobre adicción que demuestran que sólo una mínima parte de los tratados con opiáceos por dolores crónicos desarrolla una adicción seria. Además, dosis que a los sanos nos matarían o nos causarían daños irreparables a ellos simplemente les alivia el dolor y les permite llevar una vida normal. Y aunque no fuera así, ¿hay algo que temer de un enfermo terminal de cáncer que lo único que pide es pasar el tiempo que le queda de forma moderadamente cómoda? ¿Y qué decir de los aquejados de tumores no malignos en la cabeza, o de los sometidos a injertos en la columna, ileostomías o procedimientos similares y que siguen padeciendo dolores? Decenas de miles de personas han sido condenadas a una vida de sufrimiento y a renunciar a su vida social y familiar, por no hablar de sus carreras profesionales, debido a la estupidez incurable de un grupo de funcionarios empeñados en evitar que se conviertan en yonquis.

Algunos casos son remitidos a los servicios psiquiátricos, donde estos enfermos no mentales reciben un cocktail de antidepresivos, estimulantes, relajantes musculares, anti inflamatorios y somníferos para "que se tranquilicen". En fin, que algunos entran en el quirófano confiando en salvar la vida y terminan peor que el más sanguinario terrorista, sentenciados a cadena perpetua "por su bien" y "para evitar males mayores" por atreverse a decir: y sin embargo, me duele.

Tras meses o incluso años de súplicas y porfías, un pequeño número de pacientes consigue ser admitido en las unidades de dolor de los hospitales. Allí, alguien con dos dedos de frente les extiende la denominada "receta de estupefacientes", temporal y sujeta a revisión y cancelación sin previo aviso. Convenientemente prevenidos por las autoridades de que la mínima sospecha de laxitud será penada de forma severísima, algunos médicos recomiendan el consumo de marihuana, ácido y la experimentación con la mezcla de ciertos medicamentos y otras sustancias que supuestamente producen el mismo efecto que los opiáceos que no se atreven a recetar por miedo a perder su empleo. ¿Automedicación? No me tomen el pelo.

No me extraña que algunos opten por cortar por lo sano recurriendo a personajes como Kevorkian o aceptando el "suicidio asistido" por decreto facultativo-progresista como mal menor. En 1987 David Covillion, un policía jubilado anticipadamente tras un par de accidentes laborales, telefoneó a Kevorkian ante la imposibilidad de encontrar un médico que le recetara un remedio a su dolor. Como en tantos otros casos (la inmensa mayoría), el doctor se negó a matarlo y le recomendó otros profesionales menos influenciados por las desdichas de Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison y la bella Eddie Sedgwick. Al final fue atendido por el doctor William E. Hurwitz, quien 9 años después fue sometido a un calvario legal que concluyó con una condena por tráfico de drogas a pesar de que el juez reconoció que el médico había "salvado vidas" y que sus prácticas estaban respaldadas por la literatura médica. Es probable que en pocos días Hurwitz salga de prisión, si es que no lo ha hecho aún. Por desgracia, algunos de sus pacientes no podrán celebrarlo. David Covillion, tildado por algunos medios de comunicación de drogadicto y camello, se suicidó el 11 de septiembre de 1996, un mes después de que su médico recibiera la primera sentencia condenatoria en el estado de Virginia.

Algunos de los peores villanos de nuestro tiempo llevan corbata o lucen joyas de diseño y dicen trabajar por la salud pública manejando ingentes presupuestos sociales. "Quien bien te quiere te hará llorar", dicen mientras inauguran sonrientes el penúltimo hospital o dispensario frente a las cámaras del informativo local o regional que se pagan con los impuestos de todos. Espero que nunca tengan que probar su propia medicina.

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