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Atentado en Bali

El volcán indonesio

Es rara la ocasión en que los medios de comunicación se fijan en Indonesia. Incluso se diría que atentados como el de Bali parecen ser la única razón para recordar su existencia. Semejante actitud constituye un gran error en la medida en que se trata de una nación con más de 215 millones de habitantes, en que el noventa por ciento de éstos son musulmanes y en que cuenta con grupos terroristas de carácter islámico en abundancia.

El 14 de marzo del presente año Robert Muller, el director del FBI, aterrizaba precisamente en Indonesia con la intención de que el gobierno del país evitara dar cobertura a miembros de la red Al Qaeda que huían de Afganistán. Era un feo asunto pero apenas la punta del iceberg. En Indonesia no sólo estaban bien asentados los seguidores de Ben Laden sino que además se permitían el lujo de lanzar desde allí ataques contra las Filipinas y de asesorar y granjearse las simpatías de los distintos grupos islámicos aborígenes que no faltan, desde luego. Desde el Consejo mujaidin de Indonesia —que aboga por la imposición de la sharia islámica como ley civil— al GAM, que pretende la constitución de un estado islámico en la región de Aceh Besar, en Indonesia son numerosos los colectivos que desean someter la nación a un régimen integrista musulmán que nada tendría que envidiar al iraní.

No resulta, por ello, extraño que Filipinas presente con frecuencia quejas por la connivencia entre los terroristas islámicos indonesios y los filipinos del mismo cuño, como es el grupo de Abu Sayyaf, ni tampoco que el primer ministro de Singapur, Lee Kuan Yew, esté protestando continuamente por la tibieza indonesia a la hora de perseguir a los musulmanes que ansían convertir toda la zona en parte del Daar-al-islam. La agresividad de los islamistas indonesios ha llegado incluso a alarmar al gobierno australiano, que ve con inquietud la manera en que se está perfilando la amenaza. Sobre todo, cuando una parte importante del Ejército indonesio colabora con los integristas musulmanes precisamente para impedir que la democracia pueda ser una realidad en el país.

Quizá para nosotros Indonesia parezca no tener importancia en su lejanía —me pregunto cuántos periodistas españoles podrían localizarla en el mapa— pero la verdad es que constituye un verdadero volcán que puede entrar en erupción en cualquier momento arrasando todo a su paso. Ante esa circunstancia, que los hombres de Ben Laden estén allí casi resulta accesorio. ¿Acaso no reparten también folletos en la mezquita de Madrid?