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Obama

Se terminó el sueño

Charles Krauthammer

&quote&quoteLa era Obama comienza con lo que quizá sea el episodio de tráfico de influencias más descarado que se haya visto en Washington.

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Si no actuamos ya, la crisis se convertirá en una catástrofe.
Barack Obama, 4 de febrero.

Tenemos catástrofes hasta en la sopa. Vaya con el presidente que decía "hemos elegido la esperanza en lugar del miedo" en su discurso de investidura hace apenas tres semanas. Es decir, hasta que ha necesitado del miedo para aprobar una ley.

Y vaya con la promesa de expulsar del templo a los mercaderes y traficantes de influencias. Después de un decreto pomposo por el que vetó que los lobbistas entraran en la Administración, nombró a una docena de lobbistas en ejercicio o jubilados para ocupar altos cargos. Luego escogió a un secretario del Tesoro que al parecer no supo entender las regulaciones de las retenciones en la nómina en su declaración. Y remató con Tom Daschle, quien tuvo que abandonar su cargo por cumplir con una nueva normativa que establece que ningún Gobierno podrá tener más de un evasor fiscal.

El escándalo Daschle fue más serio porque su delito iba más alla de una simple evasión de impuestos. Como observó hace tiempo Michael Kinsley, lo que verdaderamente escandaliza en Washington no es lo ilegal, sino lo que es legal. No pagar impuestos puede ser grave, pero lo realmente intolerable fueron los contratos –perfectamente legales– que le permitieron a Daschle amasar 5,2 millones de dólares en sólo dos años.

Daschle había recibido un millón de dólares al año de un bufete. Pero no es abogado ni lobbista. Aunque, desde luego, nadie paga esas cantidades por enseñar a los socios cómo se anotan los precios en el Senado. Se pagan por descolgar el teléfono y mover hilos.

Al menos Tim Geithner, el secretario del Tesoro con problemas con Hacienda, había trabajado durante años siendo un humilde funcionario internacional que ganaba salarios más bien modestos. Daschle, por el contrario, percibía un millón anual libre de impuestos (más chófer incluido y cadi de golf) como contrapartida por una serie de servicios prestados a un despacho de contabilidad de un amigo; desde luego, representaba todo lo que Obama quería cambiar de Washington.

Pero aun más perjudicial para la imagen de Obama que todo lo anterior ha sido el proceso seguido por su paquete de estímulo. Inexplicablemente, delegó su redacción a Nancy Pelosi y a los barones de la Cámara. El resultado no sólo fue malo o deficiente, sino toda una abominación legislativa.

No se trata ya de las decenas de páginas dedicadas a bajarles los impuestos a grupos de presión o a las inversiones a fondo perdido y al proteccionismo (lo que podría iniciar una ruinosa guerra comercial como la Smoot-Hawley). No es sólo que se esté desperdiciando dinero a espuertas, como los 88,6 millones de dólares destinados a la construcción de una red de escuelas públicas en Milwaukee, una ciudad donde el nivel de alumnos matriculados se está desplomando hasta el punto de que ya tiene 15 centros vacíos.

El fraude más importante ha sido precipitar la aprobación de la ley, suspendiendo las normas usuales (audiencias de comité y obtener la financiación para sufragar los programas de gasto) con la excusa de que estamos ante una emergencia nacional que exige un estímulo inmediato que genere empleo para luego introducir cientos de miles de millones que no tienen nada que ver con el estímulo (la propia Oficina Presupuestaria del Congreso reconoce que no se gastarán hasta después de 2011) y sí con el oportunismo de barrer para casa.

Obama llegó a Washington con la intención de abolir los grupos de presión y para crear algo nuevo: una nueva política en la que se terminara con la práctica de apropiación de dinero público por parte de ciertos sectores privados y en la que se construyera una democracia civil que girara en torno al individuo. Eso es lo que hizo a Obama tan deslumbrante y novedoso. Pero la "urgencia del momento" parece que incluye 150 millones de dólares para proteger a las abejas.

La era Obama comienza con lo que quizá sea el episodio de tráfico de influencias más descarado que se haya visto en Washington. Para cuando la ley de estímulo llegó al Senado, las farmacéuticas y las tecnológicas, según informa el Wall Street Journal, ya estaban presionando para que la repatriación de inversiones extranjeras les otorgara importantes desgravaciones fiscales; los viñedos de California y los productores de cítricos luchaban por alterar una frase de la ley (sustituir "plantadas" por "preparadas para su comercialización", un cambio que les redundaría en mayores ingresos en forma de deducciones por depreciación fiscal).

Tras la milagrosa campaña presidencial de Obama, estaba claro que en algún momento el viaje mágico tendría que concluir. La nación se frotaría los ojos y saldría de su sueño. El sobrenatural Obama daría paso al simple mortal que es. Y las grandes transformaciones éticas que prometió iban a ser consideradas un simple cuento de hadas que Obama supo contar mejor que ningún otro presidente antes.

Eso sí, pensé que este despertar tardaría al menos seis meses en llegar. Pero sólo han sido necesarias dos semanas y media.
© The Washington Post Writers Group

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