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¿Tortura?

Clifford D. May

&quote&quoteLos terroristas no son acusados con "derecho a permanecer en silencio". No son prisioneros de guerra obligados a dar solamente su nombre, rango y número de serie. De hecho, no se trata de "gente con derecho a la protección de la Convención de Ginebra".

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Jalid Sheij Mohamed fue el cerebro de las atrocidades terroristas del 11 de septiembre de 2001. Si agentes de inteligencia de Estados Unidos lo hubieran visto en una área remota de Pakistán y lo hubieran matado con un misil Predator, la mayoría de gente habría dicho: "Se ha hecho justicia".

En su lugar, por supuesto, Jalid Sheij Mohamed fue capturado en una zona urbana de Pakistán por agentes de inteligencia de Estados Unidos que lo interrogaron, incluyendo el uso de la técnica conocida como waterboarding o ahogamiento simulado, que lo dejaba vivo pero que le sacó la información sobre otras tramas terroristas contra americanos inocentes. ¿Por qué hay tanta gente insistiendo en que eso es una injusticia, un escándalo y un crimen por los que los agentes de inteligencia y los anteriores oficiales del gobierno deben ser acusados?

En una época de guerra asimétrica, semejantes preguntas merecen un debate serio. Pero la actual Administración no parece tener la paciencia necesaria y muchos en los medios de comunicación tampoco parecen tener el interés suficiente.

El presidente Obama pidió una revisión de las "técnicas mejoradas de interrogatorios" para determinar cuáles autorizaría y cuales no. Presumiblemente, él quería saber qué técnicas son (a) eficaces y (b) no son tan brutales como para que alcancen el nivel de tortura. Pero la decisión del presidente de publicar –en contra del consejo de su director de la CIA y de cuatro ex directores de CIA– memorándums altamente confidenciales del Departamento de Justicia sobre el programa de interrogatorios ha convertido el estudio en irrelevante 

El mismo día que se publicaron esos memorandums, el director de inteligencia nacional, el almirante Dennis Blair, dijo a sus colegas en un memorándum privado que las técnicas que ahora se han prohibido "produjeron en realidad información muy importante que ha servido a la nación en su lucha contra los terroristas".

El Washington Post publicó una primera plana de "especialistas en ética", alegando que los psicólogos y los médicos que supervisaron los interrogatorios de la CIA "infringieron la ley y son una vergüenza para las tradiciones éticas fundamentales de la medicina y la psicología".

Fuera del análisis se quedó la probabilidad de que a estos profesionales se les hubiera encargado asegurarse de que los interrogatorios no excedieran los límites legales, médicos y éticos razonables, de que no llegaran al punto de que se les "sacuda la conciencia" que, como el ex director de la CIA Michael Hayden le dijo a Chris Wallace de Fox News, es la "definición americana estándar" para describir la tortura. Hayden añadió que: "Uno tiene que estar al tanto de todas las circunstancias en las que algo pueda ocurrir antes de poder juzgar si se sacude la conciencia o no".  

Entre los memorándums publicados hay uno del entonces Procurador General Adjunto de la República Jay Bybee que hacía hincapié en que el ahogamiento simulado "se tenía que suspender si se juzgaba médicamente necesario para prevenir severos daños mentales o físicos". Otro memorándum pone en claro que los médicos supervisores estaban autorizados a detener los interrogatorios "si en su opinión profesional el detenido pudiera sufrir severo dolor físico o mental ". ¿Qué es severo? Una vez más las circunstancias importan y las opiniones pueden ser distintas. Tratar de criminalizar esas diferencias es espantosamente inmoral, especialmente cuando lo hace gente que se denomina "especialistas en ética". 

David Rivkin, abogado que trabajó para el Departamento de Justicia, ha indicado que las técnicas descritas en los memorándums publicados habían sido adaptadas de un programa de entrenamiento militar de Estados Unidos "usado durante años en miles de miembros de los ejércitos americanos con total conocimiento del Congreso". Eso significaba que había también una gran cantidad de información en la que basarse con respecto a la eficacia y al impacto físico/psicológico de las técnicas.

Más aún, se tomaron precauciones extraordinarias para proteger incluso a los tipos más viles. Abu Zubayda de Al-Qaeda finalmente cedió, dando información usada para capturar a Jalid Sheij Mohamed quien, a su vez, "dio información vital" –según uno de los memorándums publicados– que sirvieron para frustrar otras tramas terroristas incluidas en la "Segunda Oleada" de ataques, con Los Ángeles como blanco.  

Los terroristas no son acusados del sistema criminal con "derecho a permanecer en silencio". No son prisioneros de guerra obligados a dar solamente su nombre, rango y número de serie. De hecho, no se trata de "gente con derecho a la protección de la Convención de Ginebra". Ésas son las palabras (en CNN, enero de 2002) del actual Procurador General de la República Eric Holder, escogido por Obama, quien agregó que si Mohamed Atta "hubiera sobrevivido el ataque contra el World Trade Center, ¿lo estaríamos llamando ahora prisionero de guerra? No creo. ¿Se debería llamar a Zacarías Moussaoui prisionero de guerra? Una vez más, no creo".

La gente razonable debería poder ponerse de acuerdo en algunos puntos claves: Se debería usar métodos duros para interrogar solamente como último recurso. Nunca por venganza, castigo o para forzar confesiones falsas. No debe haber tortura, nada de clavar palos calientes en los ojos o arrancar las uñas con alicates. Pero, ¿unas noches sin dormir? ¿Unas cuantas semanas de aburrimiento? ¿Asustar con una oruga? Esas técnicas producen "estrés y presión" pero difícilmente "sacuden la conciencia", especialmente cuando se contrastan con lo que sería la perspectiva mucho más impactante de permitir que se masacre a cientos, quizás miles, de hombres, mujeres y niños inocentes.

Pero tengamos respeto por las opiniones de otros sin sacrificar ni una sola vida americana por anotarnos puntos en el área de relaciones públicas en los cafés de Europa. Tampoco nos engañemos creyendo que unos interrogatorios americanos más suaves y apacibles evitarán que ciertos musulmanes se unan a las filas de terroristas suicidas que vuelan guarderías y decapitan a infieles capturados.

Debemos luchar esta guerra de la forma más civilizada posible, entendiendo que estamos en una guerra contra un enemigo completamente despiadado y sin escrúpulos y al que no debemos permitirle que se salga con la suya nunca y en ninguna parte.

©2009 Scripps Howard News Service
©2009 Traducido por Miryam Lindberg

Clifford D. May, antiguo corresponsal extranjero del New York Times, es el presidente de la Fundación por la Defensa de las Democracias, institución investigadora dedicada al estudio del terrorismo

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