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Columna publicada el 21-12-2004
En mis clases, por su propia temática y naturaleza, se tratan muchas de las más recientes innovaciones tecnológicas, y se intentan derivar enseñanzas de su impacto sobre las industrias, las empresas y las personas. Es una materia apasionante, como dar clase en fast forward: en cualquier otra época de la historia, para que un profesor de una escuela de negocios pudiese ver tantos y tan drásticos cambios en lo que explica, necesitaría vivir por lo menos tres o cuatro vidas una detrás de otra. Pero lo mejor del tema, lo que más me llama la atención en mi situación de "observador privilegiado", son las reacciones de los alumnos. Tras analizar y poner juntos casos como el de la tecnología peer-to-peer y la industria de los contenidos, Skype y la industria de las telecomunicaciones, el software libre y la industria del software, y otros muchos, algunos de los alumnos parecen concluir horrorizados que la tecnología es un elemento destructor de valor. Por culpa de la evolución tecnológica, las industrias entran en crisis, se consigue gratis lo que antes costaba dinero, la gente pierde su empleo, y la anarquía y el caos imperan por doquier. Todo por culpa de la tecnología. ¿Por qué? La respuesta es clara: por provocar cambios en las industrias sin proponer un modelo de negocio alternativo.
Un modelo alternativo… No deja de ser una idea interesante. Según este razonamiento, toda nueva tecnología debería venir con un modelo alternativo para los implicados en el anterior, como si fuese un niño que viene con su pan debajo del brazo. Si no es así, pasa a ser irremisiblemente definida como una "destrucción de valor". Poco importa que el modelo anterior, el que esa tecnología "destruye", fuese ineficiente, claramente abusivo o patentemente absurdo. Cuando se ve amenazado, algunos de sus clientes pasan a sufrir una interesante variación del llamado "Síndrome de Estocolmo", que provoca, en las víctimas de secuestros, sentimientos de comprensión y simpatía hacia sus captores.
¿Debe realmente una tecnología proponer un modelo de negocio alternativo? La respuesta es clara: no. Nunca ha ocurrido así. Cuando Gutenberg inventó la imprenta, cambió completamente el ecosistema empresarial del momento: condenó al paro, por ejemplo, a los monjes copistas que hacían libros. Y a los periodistas de la época, conocidos como "menanti", que hasta ese momento eran prestigiosos profesionales que explotaban una red de corresponsales y circulaban notas manuscritas o "fogli a mano" entre los reyes y magnates que podían pagar sus servicios… Con la imprenta, su modelo de negocio entró en crisis, pues las notas podían ser reproducidas y distribuidas de manera inmediata a un precio muy bajo. Tan bajo, que empezaron a ser conocidas como "gazetta", el nombre de la moneda de la época de más bajo valor. Y el malvado Gutenberg, allí, tan tranquilo, sin darles ningún modelo alternativo. Deberían haberle perseguido y encarcelado.
¿Se acabó acaso el periodismo por culpa de la imprenta? No, porque algunos periodistas de entonces decidieron innovar, y aprendieron a vivir de la venta de una gran cantidad de copias a un precio muy bajo, que, al llegar a mucha gente, podían ser utilizadas como vehículo publicitario. Seguro que innovar no fue fácil para ellos, pero lo hicieron. Hoy, algunos periodistas innovan, precisamente al darse cuenta de que el modelo que ha persistido durante años también tiene fecha de caducidad. Hasta el director de Le Monde, Jean-Marie Colombani, se da cuenta, afirma que su histórica cabecera necesita una renovación, y que "para reorganizar el diario hay que tener en cuenta que los jóvenes están en la Red". ¿Quién quiere hoy un producto "inmóvil", impreso sobre un papel "muerto" hecho de árboles muertos, cuando hoy todo está "vivo" y se mueve a la velocidad que se mueve? Pero mientras algunos periodistas tradicionales protestan y descalifican a los nuevos medios, otros profesionales innovan y producen otro tipo de periódicos más adaptados a los tiempos que corren. Pero precisamente aquí está el detalle: no innova Gutenberg, ni los lectores de periódicos. Son los propios periodistas los que innovan.
A cada uno, su papel. Si es usted un cliente, no se preocupe por los modelos de negocio alternativos: aprovéchese de la innovación como le marque la lógica, que la industria o algún nuevo actor ya traerán alguna nueva manera de generar valor en el nuevo entorno. A pesar de la imprenta, seguimos teniendo noticias y periódicos para difundirlas. A pesar del declive de los monjes copistas, seguimos teniendo libros. Si se siente raro cuando se baja contenidos de la red, no se preocupe. Ya se le pasará. Se trata, simplemente, de una variación del síndrome de Estocolmo. 
Enrique Dans es profesor del Instituto de Empresa.

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