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¡Bombardead Damasco!

Mientras que contra Gadafi se moviliza la Alianza Atlántica y los americanos vuelan sus aviones no tripulados para forzar un cambio de régimen, el pueblo sirio sólo recibe un tibio telegrama.

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En todo conflicto, saber quiénes son los amigos y quiénes los enemigos es de una importancia capital. Estados Unidos y sus aliados de la OTAN parecen incapaces de trazar una línea divisoria entre unos y otros. Y así les va. Mientras andan enzarzados en una guerra absurda contra Gadafi, el régimen dictatorial y brutal de los Assad en Siria se ve puesto en cuestión por manifestantes pacíficos por primera vez en cuarenta años. ¿Y cuál es la reacción de nuestros preclaros líderes? Tomar nota de lo que sucede y pedir que el régimen cese en el uso de la violencia. Mientras que contra Gadafi se moviliza la Alianza Atlántica y los americanos vuelan sus aviones no tripulados para forzar un cambio de régimen, el pueblo sirio sólo recibe un tibio telegrama.

Y, sin embargo, la importancia estratégica de un cambio de régimen en Siria es mucho mayor que en Libia. Para empezar, poner fin a los días de Assad significaría poner fin al intervencionismo sirio en el Líbano, un país acosado directamente por sus agentes y por las fuerzas de Hizbollá a su servicio. De hecho, sin Siria que les ayudara, Hizbollá decaería en poder y Líbano podría retomar de nuevo el rumbo de la libertad, alejándose del islamismo radical.

En segundo lugar, acabar con Assad representaría un duro golpe a los intereses y ambiciones iraníes. Siria es su mejor y único aliado (con la exótica excepción de la Venezuela de Chávez). Le sirve de apoyo político pero, sobre todo, como instrumento de alcance del levante en sus aspectos logísticos y en su diseño político. Sin Siria, mantener armados a los terroristas de Hizbollá, por ejemplo, sería mucho más complicado. Como pasaría también con Hamás y otros grupos radicales en Gaza.

Por último, acabar con Assad representaría un duro golpe contra la proliferación nuclear. Siria se ha visto involucrada en el desarrollo de instalaciones nucleares cuyo origen técnico venía de Corea del Norte y el financiero de Irán. Es más, se sospecha fuertemente que Siria podría estar dando apoyo a la dispersión de las instalaciones relacionadas con el programa atómico iraní, en un intento de preservarlo frente a una posible acción militar israelí.

Ah, y hay otra razón nada desdeñable: a diferencia de Libia donde los rebeldes son unos perfectos desconocidos, la oposición siria sí que sabemos quiénes son y dónde está cada uno.

Todo llevaría a pensar que si de verdad se quiere que la llama de la primavera árabe prospere, los esfuerzos deberían concentrarse en forzar la caída del régimen de Damasco. Pero hasta el momento, y a pesar de las semanas de protestas y la represión feroz orquestada por Basher el Assad, Occidente no está haciendo nada. Como dice un disidente sirio: "Menos que cero".

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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