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ECONOMÍA

A propósito del crecimiento

Mentar la Escuela de Chicago ante la progresía allendista es como presentarle una muleta a un toro furioso. Ni saben ni entienden lo que esos pensadores y los de otras universidades de EEUU están contribuyendo al conocimiento de las sociedades humanas, con sus variados modelos. Todo lo más llegan a Stiglitz, porque ataca al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional –como muchos de nosotros, pero por otras razones.

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Uno de los más denostados es Robert E. Lucas, arquitecto del modelo de "expectativas racionales". Este modelo parte del supuesto de que los individuos actúan racionalmente, y de que, en el mercado, siempre se sabe lo que hay que saber sobre la situación y el futuro de la economía. De ahí dedujo Lucas que las autoridades son incapaces de desempeñar el papel de gestores omniscientes por encima del bien y del mal, porque siempre predecirán peor que el conjunto de los individuos.
 
Pero el profesor Lucas, de la Universidad de Chicago, lleva desde el año 1985 ocupándose de otro tema: el crecimiento económico... y las razones por las que el progreso alcanzado por las economías adelantadas ha sido tan distinto del alcanzado por las del Tercer Mundo. En su breve recopilación de conferencias titulada Lectures on Economic Growth (2002), Lucas se preguntaba por qué el modelo de Solow, que tan bien explica el crecimiento de EEUU en el siglo XX, así como el de Japón y el de gran parte de Europa después de 1950, no cuadra con lo que sabemos de la parte del mundo que escapa de la trampa maltusiana.
 
Subrayo que yo no he recibido y leído ese librito hasta cinco años después de su publicación, y que ello es indicativo de uno de los problemas que plantea el desigual crecimiento de las naciones: la información no fluye tan deprisa como pensábamos (lo cual no quiere decir que fluya más deprisa para la autoridades).
 
¿Por qué tardaron tanto las nuevas ideas productivas de la Gran Bretaña de la Revolución Industrial en llegar a otros países? ¿Por qué no se desplazaron los expertos y las máquinas británicas para trabajar con los obreros del continente europeo, en vez de con los británicos, mucho más caros? ¿Por qué tardo yo tanto en enterarme de las novedades –en realidad, de digerirlas–, si mi profesión consiste en seguir los desarrollos de las ciencias sociales?
 
¿Recuerda Lucas el ejemplo del retraso de la física en EEUU durante todo el siglo XIX y hasta 1930, a pesar de que las revistas y papeles no tardaban más que unas pocas semanas en cruzar el Atlántico? Sólo cuando Hitler echó a los físicos europeos –a aquéllos que no mató– se pusieron los americanos a la cabeza. (No quiero comentar el retraso de la economía en España, a pesar de todos los estudiantes de Minnesota o California que han vuelto a practicar aquí).
 
En 1990 Paul Romer consiguió aunar en una sola explicación dos fuerzas contrapuestas en las sociedades humanas: los rendimientos decrecientes con presión demográfica del modelo maltusiano, evidenciado en los países atrasados, y los rendimientos crecientes de las economías del conocimiento, en los países salidos del subdesarrollo. Ambas fuerzas están siempre presentes: la tendencia hacia el equilibrio, en que todos los factores se usan óptimamente pero la economía no crece, y la tendencia hacia la expansión desequilibrada a tasas geométricas sobre la base del conocimiento.
 
Romer supo hacer ver que la característica del conocimiento es que padece un alto coste de producción, pero luego es imitable y reproducible a un coste casi nulo. No todos pueden inventar una nueva canción de éxito, pero una vez lanzada ésta a las ondas, todos la pueden reproducir e imitar.
 
La apertura al comercio internacional no basta para explicar la evolución de economías como las de Corea del Sur, China y la India. Hacen falta personas, capital humano para asimilar esos nuevos conocimientos que vienen a lomos del comercio, la inversión extranjera, la información. La mayor parte del aprendizaje se obtiene en el tajo, cuando se opera con los nuevos conocimientos. Para eso hace falta una economía mínimamente abierta y competitiva, que sea acogedora para quienes quieren hacer las cosas de otra manera.
 
Qué lecciones podemos sacar de estas ideas es algo que conviene dejar para otro momento, pero haberlas haylas.
 
 
© AIPE

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