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MEDICINA Y SALUD

Cables de alta tensión y cáncer

Las torres de alta tensión que se levantan como gigantes de metal sobre nuestros campos y ciudades vuelven a ser objeto de polémica científica. Un equipo de científicos británicos dirigido por el epidemiólogo Alan Preece, del departamento de oncología de la Universidad de Bristol, proclama que ha detectado un aumento preocupante de casos de cáncer entre las personas que viven en las proximidades de las torres de alta tensión.

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Desde hace varias décadas, los científicos estudian los efectos de los campos electromagnéticos sobre los tejidos biológicos, sobre todo a raíz de las denuncias realizadas por las familias que se han visto obligadas a convivir con una instalación eléctrica de este tipo cerca de sus casas y que han visto paradójicamente cómo uno o varios de sus miembros han desarrollado un proceso canceroso. Incluso desde el punto de vista epidemiológico, algunos expertos creen haber encontrado una perversa relación entre una mayor frecuencia de casos de leucemia infantil y linfomas de Hodking en
las poblaciones atravesadas por cables de alta tensión. Estos cánceres aparecen también con mayor frecuencia entre los trabajadores del sector eléctrico.

Es más, algunas personas dicen sentir dolores de cabeza y náuseas cuando se aproximan a una fuente intensa de este tipo de radiación. Y hasta hay voces autorizadas que acusan a los cables eléctricos del nacimiento de niños prematuros y de bajo peso entre los trabajadores de las compañías eléctricas, y de un mayor riesgo de padecer cataratas y depresión.

Hay que recordar que las fuerzas magnéticas son producidas por el
movimiento de partículas cargadas, como por ejemplo los electrones, lo que indica la estrecha relación entre la electricidad y el magnetismo. Ahora bien, después de miles de estudios publicados y miles de millones de pesetas invertidas, no hay pruebas científicas concluyentes que permitan dilucidar si los
campos electromagnéticos, tanto estáticos como cronovariables, que producen las líneas de alta tensión o los teléfonos móviles, respectivamente, tienen efectos perjudiciales para la salud humana. De hecho, el hombre y el resto de los seres vivos soportan desde siempre el influjo de los invisibles campos electromagnéticos: los campos eléctricos son producidos por la acumulación de cargas eléctricas en la atmósfera asociadas con tormentas, y el campo magnético generado por el núcleo terrestre nos permite orientarnos con la ayuda de la brújula. Es más, la actividad eléctrica de nuestro cerebro genera campos magnéticos que pueden ser detectados y utilizados en el diagnóstico de trastornos neurológicos.

Pero hay todo un rosario de campos electromagnéticos que difieren entre sí por su longitud de onda y su frecuencia. De este modo, la radiación electromagnética puede ordenarse en un espectro que se extiende desde ondas de frecuencias muy elevadas (longitudes de onda pequeñas) hasta frecuencias muy bajas (longitudes de onda altas). La luz visible es sólo una pequeña parte del espectro electromagnético. Por orden decreciente de frecuencias (o creciente de longitudes de onda), el espectro electromagnético está
compuesto por rayos gamma, rayos X duros y blandos, radiación
ultravioleta, luz visible, rayos infrarrojos, microondas y ondas de radio.

La frecuencia y la longitud de onda determinan a su vez otra propiedad de los campos electromagnéticos: las ondas electromagnéticas son transportadas por partículas denominadas cuantos. Los cuantos de las ondas de alta frecuencia transportan más energía que los que acompañan a los campos de baja energía. Algunas ondas electromagnéticas encierran tanta energía que son capaces de romper las uniones entre las moléculas. Esta
propiedad es compartida dentro del espectro electromagnético por los rayos gamma emitidos por los materiales radiactivos, los rayos cósmicos y los rayos X. Los físicos conocen a este tipo de radiación como ionizante.

Ahora bien, la procedente de los campos magnéticos entra dentro de la categoría de radiación no ionizante: la energía de sus cuantos es incapaz de romper uniones químicas. El poder destructor de la radiación ionizante sobre los tejidos vivos está más que constatado. ¿Pero cuál es la acción biológica de la no ionizante?.

Los científicos han comprobado que la exposición a campos de intensa actividad, en los que el cuerpo absorbe más de 4 voltios por kilogramo, puede superar la capacidad termorreguladora del cuerpo humano y generar un peligroso calentamiento de los tejidos. Ahora bien, hay que señalar que hasta la fecha no se ha demostrado riesgos de especial magnitud en los entornos de exposición usuales.

En referencia a los cables de alta tensión, que originan campos electromagnéticos de baja frecuencia (de 0 a 100 hertzios), los datos epidemiológicos referentes al riesgo de cáncer en las poblaciones cercanas a las líneas de alta tensión parecen apuntar, como ya se ha señalado, un riesgo ligeramente superior de leucemia entre los niños y del tejido nervioso. Sin embargo, un informe publicado en la revista The Lancet del pasado mes de diciembre por los responsables del proyecto UK Chilhood
Cancer Survey (UKCSS) indica claramente que no existe ninguna relación entre los campos magnéticos generados por las torres de alta tensión y los cánceres mencionados. En el estudio, que está liderado por el profesor Richard
Doll, el primer científico que estableció la relación entre el consumo de tabaco y el cáncer, puede leerse que de los mil niños con cánceres que fueron examinados con detalle, sólo siete viven cerca de una línea de alta tensión y ninguno a menos de 100 metros. Los autores del estudio también apuntan que los resultados sólo son aplicables a Gran Bretaña y países que tienen un sistema eléctrico similar, pero no se puede extrapolar a Canadá y Estados Unidos, cuyas líneas de alta tensión generan unos campos electromagnéticos más potentes.

En principio, los resultados del estudio dirigido por el profesor Doll son diametralmente opuestos a los obtenidos más posteriormente por sus compatriotas de la Universidad de Bristol. Según estos últimos, el riesgo de que las personas que viven en las cercanías de una torre de alta tensión contraigan un cáncer de pulmón es hasta un 29 por 100 mayor que el resto de la población.

Curiosamente, estos resultados sólo son válidos para la población próxima a una torreta eléctrica, pero que tienen sus casas ubicadas en la dirección que sopla el viento. Este pequeño detalle ha hecho que el doctor Preece reivindique una teoría desarrollada por el profesor Denis Henshaw, que trabaja en el departamento de física de su universidad. La acción insana de los cables de alta tensión no estaría en los campos magnéticos, sino en los eléctricos, según Henshaw.

El físico inglés sostiene que los campos eléctricos generados por las líneas eléctricas ionizan el aire que las rodea y esto hace que los contaminantes en suspensión se tornen más peligrosos. Al ser inhaladas, las partículas cargadas eléctricamente tienen una mayor probabilidad de interactuar y lesionar las mucosas y otros tejidos del pulmón, según el profesor Henshaw.

Algunos estudios efectuados en trabajadores de las compañías eléctricas canadienses apoyan la tesis de que los campos eléctricos están involucrados en la génesis tumoral, pues podrían actuar como promotores. Las críticas no se han hecho esperar. Los expertos de las compañías eléctricas tildan el trabajo de Henshaw y Preece de poco menos que absurdo y sin fundamento.

O sea, que las líneas de alta tensión seguirán pasando por encima de nuestras cabezas sin que nadie nos aclare su potencial peligro, y hasta qué punto nuestro cuerpo puede soportar el peso de las fantasmagóricas ondas electromagnéticas. Los límites máximos parecen que están siendo ahora fijados por los responsables comunitarios.

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