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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

El síndrome de Munich

Pocas veces tiene uno la ocasión de leer en El País criticas a la política de Rodríguez Z., y ninguna tan crítica como ésta de Antonio Elorza: 'El síndrome de Pangloss' (23-III-05). Hasta en el título apuntan las orejas del lobo. Porque si nos dice que Pangloss es un personaje del Cándido de Voltaire que creía que "las buenas palabras tendrían el efecto mágico de lograr que todo vaya hacia lo mejor en el mejor de los mundos", yo, y muchos otros lectores de Voltaire, consideramos que la ingenuidad de Pangloss es tal que se convierte en imbecilidad. Eso lo sabe perfectamente Elorza, y tratarle a Zapatero de Pangloss es una manera solapada de tratarle de imbécil.

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No es la primera vez que noto cierta distancia de Elorza en relación con la línea política de su periódico, como también noto –o notamos– cierto agotamiento de su redacción, que destila tedio, como si después de haberse pasado un año insultando, mintiendo y aullando contra José María Aznar ya no les quedara nada por decir, y desde luego la menor gana de loar a nuestro impresentable presidente de Gobierno. Les aburre y nos aburre. Algo parecido ocurre con George W. Bush, después de su triunfo en las últimas elecciones. Desde luego, siguen, por inercia, insultándole y mintiendo, pero ya sin pasión, indignación, ni siquiera odio: se ha convertido todo ello en rito funerario y aburrido.

Me dicen que Haro Tecglen sigue igual de mordaz y fanático; pero señores, si hace años que no escribe, desesperado porque no le han admitido en la Real Academia de la Lengua (por ahora: no tendría nada de extraño si la comisaria política, Carmen Calvo, lograra imponerle en tan revolucionario reducto). Son sus perros, convertidos en "negros", quienes redactan sus cagaditas...
 
Claro que, para que se publiquen sus críticas, Elorza debe usar la vaselina preferida de los progres y despotrica contra Bush, contra el "método Guantánamo" y contra "la tentación de responder a la yihad con una nueva forma de cruzada". Y escribiendo esto se convierte él mismo en Pangloss, porque querer convertir Guantánamo en el peor de los campos de concentración constituye una de esas mentiras progres que logran imponerse por doquier.
 
Todo el mundo sabe –debería saber– que a los terroristas no afganos detenidos, con las armas en la mano, durante la guerra de Afganistán no se les iba a dar un premio Cervantes, pongamos; había que recluirlos en algún sitio, y fue en Guantánamo. La justicia norteamericana, sin esperar a Carlos Fuentes, a Antonio Elorza, ni siquiera a Miguel Ángel Aguilar, decidió que no se reunían todas las garantías jurídicas constitucionales y el Gobierno acató sus decisiones –lo cual es lógico en un país democrático–, y, entre otras cosas, se devolvió a sus países de origen a ciertos prisioneros de guerra.
 
Para limitarse al caso de Francia, el puñado de terroristas devueltos están en la cárcel, porque no se trataba de inocentes víctimas de los caprichos sangrientos de Bush sino de eso, de terroristas. Y a uno de ellos, por lo menos, liberado en Guantánamo se le volvió a arrestar en Afganistán, de nuevo metido en la guerra sucia. Cabe preguntarse si estos "locos de Alá" no prefieren el "infierno" de Guantánamo a las humanistas cárceles francesas.
           
Dejando, por ahora, de lado las críticas acertadas de Elorza a la errónea política zapaterista (y yo añadiría: muchas veces criminal) en cuanto a los nacionalistas vascos y catalanes, al consiguiente "babelismo" del Parlamento o a la solidaridad reafirmada con la tiranía castrista, etcétera, iré al meollo de la cuestión: la lucha contra el terrorismo. Puede que el término de "cruzada", del que abusa demagógicamente Elorza, no sea el más acertado. Yo no lo uso, prefiero el de "guerra", porque de eso se trata: de una guerra con aspectos inéditos, una guerra sucia, terrorista, pero una guerra que nos han declarado y a la que hay que responder con una guerra global –en el sentido de que tiene aspectos militares, policiales, de espionaje, teóricos, políticos e internacionales– en defensa de la democracia. Exactamente lo contrario de lo que hacen muchos gobiernos occidentales.
 
Osama ben Laden.Elorza tiene razón al mofarse de las palabras de Zapatero en ese aquelarre anunciado del Foro de Madrid: "En el terror no hay política, en el terror no hay ideología". O sea que no hay nada, ni terrorismo. Y, más generalmente, de las tesis dominantes, en ese y otros foros, según las cuales la lucha contra el terrorismo se asemeja a la lucha contra el gran bandidismo o el tráfico de drogas, a lo que se añade, máximo sofisma, la idea de que para liquidar al terrorismo hay que liquidar la pobreza...
 
Si Elorza lleva razón al señalar el simplismo "panglossiano" de esta idea, mero taparrabos del miedo, se queda muy corto al negar, despavorido, el carácter global de esta lucha, que desde luego no se puede calificar de "guerra de civilizaciones", porque para ello tendría que haber varias, sino más bien de legítima defensa de nuestra imperfecta civilización. A menos que aceptemos que Ben Laden, Al Qaeda, los talibanes, etcétera son los representantes de una "civilización diferente", a lo cual yo me niego rotundamente, y más aún mi mujer. Se nos dice que no hay que hacer la guerra a "todo el Islam". Desde luego. Tampoco hay que hacer la guerra "a todos los vascos". En ambos casos se trata de luchar contra el terrorismo y sus numerosos cómplices, que les arman y subvencionan.
 
En este sentido, Elorza hubiera podido aprovechar el vergonzoso viaje de Rodríguez Z. a la cumbre islámica de Argel y sus hueras palabras sobre "la alianza de civilizaciones" en un país que acaba de aprobar un código de familia, de concepción talibán, en el que la mujer, y más que nunca en Argelia, se ve sometida a la servidumbre del macho; en una cumbre en la que el presidente Buteflika afirmó que en Oriente Próximo, como en el resto del mundo, había un único culpable: Israel. Y tan tranquilos se quedaron los representantes de la "civilización" europea conciliadora, Zapatero, Solana y el papanatas de Michel Barnier, por ejemplo.
 
No se puede pedir peras al olmo, ni a Elorza que defienda Israel, su derecho a existir, a defenderse y a negociar; no podría seguir escribiendo en El País, si eso hiciera. Hay precedentes.
 
El timo de la pobreza es el más confortable pretexto para no hacer nada. Desde la ONU hasta Andorra, todos denuncian la pobreza y nadie hace nada, salvo mantener sus privilegios subvencionando a dictadores. La frasecita según la cual "los ricos cada vez son más ricos y los pobres cada vez más pobres" se ha convertido en palabra de evangelio, pero es falsa.
 
Aunque muy insuficientemente y de manera desigual, la pobreza disminuye, pero no gracias a la ONU, al FMI o a los gobiernos, o muy ocasionalmente, pero sí gracias a la globalización, o sea, al desarrollo internacional del capitalismo, y si es insuficiente y desigual se debe tanto a la cínica corrupción subvencionada de los dirigentes del llamado "Tercer Mundo" como a las trabas burocráticas de toda índole que dificultan y hasta impiden el desarrollo del capitalismo, la mejor palanca de la lucha contra la pobreza. Eso lo saben, por experiencia, los comunistas chinos, pero no cabe en la mente de la socialburocracia europea ni en la de ese fantasmal PPE.
 
La "lucha contra la pobreza" para liquidar el terrorismo es mero sofisma, y quienes abogan por ello demuestran no haber comprendido nada de este fenómeno fanático; es, además, la mejor manera de adornar el inmovilismo y la cobardía con frases hueras. Pangloss también estuvo en Munich, y está visto cómo se desarmó a los nazis y se evitó la guerra con la expresión de buenos sentimientos pacifistas.
 
"Les cons, s'ils savaient", murmuró Daladier al volver a París, viendo cómo le aplaudían los zapateros de entonces.

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