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DIGRESIONES HISTÓRICAS

Errores en Los mitos de la Guerra Civil

Cada vez estoy más convencido de que Los mitos de la guerra civil es un libro excelente, ya diré luego por qué. Eso no significa que no tenga errores. Los tiene, y a veces lamentables, fruto de la imposibilidad de comprobar hasta el último detalle en temas tan amplios.

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Me lo han hecho ver los lectores, a muchos de los cuales no he podido contestar, debido a un exceso de trabajo complicado con algunos problemas particulares. Peor aún, he traspapelado varias cartas, de modo que no sé, a menudo, de quién provienen las observaciones, si éstas venían en otro papel que la carta misma. A todos ellos, mi agradecimiento, con la esperanza de que puedan leerme aquí.
 
Por ejemplo, Luis Martos me ha escrito: “Al relatar la detención de García Lorca, dice usted que le capturaron en un gasómetro detrás de la casa de Luis Rosales. Pero esto no concuerda con lo que dice Ian Gibson en su documentadísimo libro Granada en 1936 y el asesinato de Federico García Lorca, en base al testimonio de Esperanza Rosales, según el cual se despidió de ella y de su madre en la planta baja de la casa”. Por otra parte “un gasómetro que está detrás de una casa y no dentro de ella, y de donde se saca a alguien, no puede ser sino un aparato de grandes dimensiones, o un edificio que lo contiene”. Probablemente tiene toda la razón mi comunicante. Tomé la cita de Andrés Trapiello, que también ha examinado cuidadosamente el caso, más que nada por la alusión al semblante “lívido” de García Lorca, y por contrastarlo con una alusión de Reig Tapia a Moscardó y su hijo en el episodio del alcázar de Toledo: yo quería transmitir simplemente el ambiente de terror reinante en aquellos días en las dos zonas.
 
Otro, cuyo nombre he traspapelado lamentablemente, me señala que en el alcázar de Toledo no había “un puñado de cadetes”, sino probablemente ninguno, por estar de vacaciones. Consulto el libro de Bullón y Togores, y, en efecto, no mencionan ningún cadete entre los defensores. En algunos relatos, sobre todo extranjeros, se adjudicó el mérito de la resistencia a los “cadetes”, quizá por darle mayor romanticismo, pero fueron luego corregidos. Queda en la memoria de uno, sin embargo, la impresión de lo leído, y aflora en inexactitudes así.
 
Alguien ha observado que, contra lo por mí escrito, existen fotografías de las hojas lanzadas por Mola amenazando con arrasar Vizcaya si no se rendía prontamente. Las hojas están en castellano y en vascuence, y eso hace dudar de su autenticidad, siendo innecesario el texto en vascuence, pero las fotografías existen, y ello basta para, mientras no se pruebe otra cosa, corregir lo por mí escrito.
 
También se me ha hecho notar que mi visión de la actuación de Richthofen en la II Guerra Mundial es demasiado favorable al personaje. La corrección es oportuna. Richthofen, aunque no parece haberse afiliado al partido nazi ni participado en bombardeos de puro terrorismo, mostró un total desprecio por las víctimas civiles al atacar, dentro de operaciones militares, ciudades como Belgrado o Stalingrado, donde causó decenas de miles de muertos. No es lo mismo que el puro bombardeo terrorista sobre la retaguardia con objeto de desmoralizar al enemigo, pero dista de ser una conducta meramente “profesional”.
 
Creo que estos son los fallos más importantes detectados por mis corresponsales, aunque otros habrá, desde luego, y espero que sigan siendo de detalle. Tales errores son tan enojosos como inevitables, como saben todos los historiadores, y por ello secundarios, a condición de que no se prodiguen.
 
Decía que el libro me parece muy bueno, en conjunto, por lo siguiente. Se trata de un trabajo enfrentado por completo a la tendencia hoy preponderante en los estudios sobre la guerra civil y la república, tendencia descaminada, a mi juicio. Naturalmente, uno no las tiene todas consigo cuando escribe algo así: ¿y si, además de fallos parciales, como los vistos, se encuentran errores decisivos, que no afectan a tal o cual dato, sino al enfoque mismo del libro? Por mucho que uno se haya esmerado, siempre puede salir algún crítico demostrando que la concepción general del libro falla. Pues bien, eso no ha pasado en todo el año transcurrido desde su salida, y tampoco en los cuatro desde Los orígenes de la guerra civil, estudio clave de los posteriores.
 
Si uno atiende a las críticas hechas por Juliá, Tusell, Preston, Helen Graham o Reig Tapia, salta a la vista su bajo nivel intelectual. O son punzadas superficiales, como las de Preston, o peticiones de censura, como las de Tusell o Ian Gibson —éste se ha quejado de que Aznar dijera que pensaba leer mi libro—, o desfogues pueriles, como los de Reig, todos ellos plagados de argumentos de autoridad insignificantes. Doña Helen  me acusa de rechazar “las reglas básicas de prueba que apartan la historiografía profesional de la desinformación y la fabricación de mitos”; y a continuación muestra qué entiende ella por esas “reglas básicas” cuando desfigura mis tesis, sosteniendo que yo niego el bombardeo de Guernica o la matanza de Badajoz, cuyos rasgos mitológicos ella cree a ciegas, confiando sin asomo de crítica en “las fuentes más reputadas”.
 
La falsedad de que yo niego la matanza de Badajoz y el bombardeo de Guernica (lo que hago es podarlos de su ramaje propagandístico y reducirlos a sus verdaderas proporciones y circunstancias) la ha mantenido también Jorge Martínez Reverte en ABC, y ha circulado mucho. Una muestra de cómo está el patio la ofrece Muñoz Molina en El Semanal del grupo Vocento. “[En el libro] descubro otra vez que Franco se levantó en armas contra la República para salvar a España del comunismo, y que la destrucción de Guernica o la matanza de Badajoz fueron embustes urdidos por la pérfida izquierda”. Le contesté en carta a la directora: “Muñoz no puede haber descubierto tales cosas en mi libro, porque no están en él. Si lo hubiera leído realmente, habría advertido por fuerza que expongo, sin caricaturizarlas, las versiones de la propaganda izquierdista y de determinados historiadores, sometiendo esas versiones a un análisis crítico del cual, es verdad, no siempre salen bien paradas. Esto ha escocido a Muñoz y otros, que han replicado con poses de indignación y mohines de desdén, bajo los cuales no hay nada más que eso: poses y mohines. Ni siquiera una lectura algo atenta de lo que atacan por las buenas como panfleto. La carta no me fue publicada, es decir, me fue censurada por la directora, cuyo carácter manipulador no precisa comentario. ¡Vaya periodista!
 
Otra manía de mis contradictores es sustituir el análisis por la etiqueta, insistiendo en motejar mis tesis de franquistas. Una nueva falsedad. Pero aun si no lo fuera tampoco valdría como argumento. No sería la primera vez en  la historia de la ciencia que ideas excluidas por un tiempo son luego reconsideradas. A un historiador científico no le basta decir que las tesis franquistas son deleznables: ha de demostrarlo. Y está claro que unas cuantas de esas tesis soportan la crítica mejor que muchas otras circuladas en estos últimos años, cuyo mérito exclusivo radicaba en su “antifranquismo”.
 
Debo rendir tributo aquí, como excepción, al profesor Moradiellos, que ha intentado refutarme en el área de su especialidad, la intervención exterior en la guerra. Mantuve con él un debate en la revista digital El Catoblepas, inspirada por Gustavo Bueno, y en la Revista de libros, dirigida por Álvaro Delgado Gal. Creo que Moradiellos puede tener razón en algunas de las críticas que me hace sobre fechas y volumen de la intervención  exterior, si bien esos datos siguen sujetos a revisión. Pero, como creo haber demostrado, falla en lo fundamental, es decir, en el carácter cualitativamente distinto de la intervención soviética y de la germano-italiana. Stalin satelizó al Frente Popular, mientras que el apoyo de las potencias fascistas no privó a Franco de su independencia. Este es el punto clave de la intervención exterior, el cual tuvo, entre otras, consecuencias del alcance de la neutralidad española durante la guerra mundial, tan extremadamente beneficiosa para los Aliados. Moradiellos y otros muchos historiadores de estos años han perdido de vista un hecho tan determinante, y orientado sus estudios hacia cuestiones no irrelevantes, pero sí secundarias.
 
Considerada en conjunto, la reacción a Los mitos de la guerra civil ha sido muy mediocre, a veces francamente ridícula, y algunos supuestos “historiadores profesionales” han quedado más bien como historieteros. Mi libro, por tanto, se mantiene en lo esencial, a la espera de medirse con una crítica de mayor enjundia que hasta ahora. Debate muy conveniente para la salud de nuestra historiografía, y, de forma derivada, de nuestra política.
 
 
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