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ESPAÑA A IMAGEN DE CATALUÑA

Zapatero, el estratega

El único referente democrático que tiene el PSOE de victoria electoral, en solitario y a nivel nacional, ante un gobierno de la derecha, es el de octubre de 1982. La estrategia para la toma del poder fue entonces el acoso parlamentario inmisericorde y la movilización contra el Gobierno de UCD.

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La agitación callejera se realizó en torno a la cuestión de la OTAN, y la presión en el Congreso tuvo su punto álgido con el caso del aceite de colza adulterado. Y sobre esto dibujaron su programa electoral con dos ejes: las reformas socialdemócratas y la organización del Estado de las Autonomías. Era un programa de gobierno concreto que satisfizo a una sociedad española deseosa de cambio.
 
La estrategia del equipo de Zapatero es un intento de adaptación de aquellos métodos de 1982 a la España actual, con el objetivo de desbancar al PP del poder. Este giro se dio tras comprobar que la “oposición tranquila”, auspiciada por el propio Zapatero en los primeros momentos, consolidaba, paradójicamente, el voto del PP, ya que el elector cívico no veía en la alternativa socialista algo mejor que lo existente. El primer paso de la estrategia ha sido, por tanto, la separación del PP. Adoptaron el papel de “oposición sistemática” para entorpecer la labor gubernamental, e inducir a los populares a contradicciones, y a la pérdida, presos de la presión, de las maneras moderadas implantadas por Aznar. Pero esto no fue suficiente: Zapatero salía en las encuestas con una valoración similar a la del presidente del Gobierno, sin que creciera su expectativa electoral, y sí la del PP.
 
Zapatero y los suyos dedujeron que los años de gobierno de la derecha  y el largo tránsito del postfelipismo habían desmovilizado al potencial electorado de izquierdas. El segundo paso fue, lógicamente, la movilización callejera, la desempolvadura de la pancarta, el abono de temporada para la manifestación, con la resurrección de los rancios eslóganes de los años 60 y 70, que consiguieron arraigar con facilidad en las jóvenes víctimas de la LOGSE. Y tuvimos así el paroxismo de adoquín contra las leyes de reforma educativa –con aquella proclama con faltas de ortografía y una Carme Chacón hablando del franquismo-, el sainete del Nunca mais empañado por los huevos que le tiraron a Zapatero en Galicia y la victoria del PP en Muxia, epicentro del chapapote— y la guerra de Irak demasiado relámpago para extraerle rentabilidad electoral, y menos con un Sadam barbudo y preso. Y todo esto fue acompañado por la irresponsable acusación de que hay una regresión en derechos y libertades, y por el eslogan de que este Gobierno es “antiguo, autoritario y antisocial”. Demasiado infantil. En lo único que la izquierda pudo anotarse un tanto callejero fue en la huelga general por la reforma laboral del PP, ya que el Gobierno, asustado, devolvió su proyecto al cajón de las buenas intenciones.
 
Y sobre esta población presuntamente movilizada, Zapatero y sus  estrategas han dejado caer su programa electoral, el cual contiene, como aquel de 1982, dos vertientes. En la social, ya no hablan de Estado del Bienestar, sino de “propuestas estrella”, lo que denominan “derechos civiles”. Entre estos señalan la legalización de los matrimonios homosexuales, la gratuidad de la píldora postcoital, la despenalización del aborto hasta las ocho semanas de gestación o la prestación sanitaria gratuita para la operación de cambio de sexo. Y la elaboración de este decálogo la han dirigido Leyre Pajín, López Garrido y Jesús Caldera, con mucho trabajo, supongo, pero es evidente que les hubiera bastado el visionado de un programa de “Crónicas marcianas” para obtener el mismo resultado. ¿Por qué el cambio de sexo es un derecho civil y no, por ejemplo, ya en plena sátira, el implante de pelo en los calvos? Es también un problema de identidad. Incluso electoralmente es más rentable porque es una cantidad mayor de población. Los socialistas conseguirán, desde luego, el aplauso del público mesurado y erudito de dicho programa televisivo, pero esos “derechos civiles” están muy alejados de las primeras preocupaciones del electorado español.
 
Zapatero pretende erigir la nueva España a imagen de la Cataluña de Maragall. Esta es la segunda parte del programa electoral. Cada comunidad autónoma, por libre iniciativa, propondrá la reforma de su Estatuto. Es un guirigay muy similar al que Pi y Margall montó en 1873 con la federación de libre adhesión, y que acabó con los republicanos de Cartagena sitiados por los republicanos del gobierno. Zapatero funda su única esperanza para gobernar en este nuevo pacto, pero no porque el PSOE consiga así más votos, sino porque espera perder las elecciones. Sí. Los estrategas de Zapatero le han dicho que ganará Rajoy, pero no por mayoría absoluta, y que ahí está su baza para asaltar el poder. Gracias a ese nuevo pacto para refundar España, Zapatero espera encontrar el apoyo parlamentario necesario para formar un Gobierno en minoría. IU entraría en el Gabinete, de manera desproporcionada, claro, pero no haría falta que ERC, PNV, BNG… o los que hagan falta, lo hicieran. Con su voto en la sesión de investidura sería suficiente. Zapatero sólo tiene que prometer comenzar la refundación del Estado, siempre dentro de la Constitución.
 
El programa socialista quiere demoler el concepto tradicional de familia con sus presuntos “derechos civiles”, y el “pacto de la España plural” rompe el consenso con el que se forjó el Estado de las Autonomías, que fueron los acuerdos entre UCD y PSOE de julio de 1981 y la LOAPA. Pretender el cambio de la estructura del Estado sin tener en cuenta al otro gran partido nacional, al que votan más de 10 millones de españoles, sería el mayor error histórico del socialismo español en nuestra democracia. El frente antiPP no justifica cualquier estrategia de ascenso al poder.
 
 
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