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Columna publicada el 25-02-2002
La renuncia de Alejandro Agag a su carrera política tiene, además del gesto, sin duda importante, algunas otras lecturas que no deberían pasar inadvertidas. Estamos hablando del fondo de una decisión que tiene más repercusiones internas en el PP de las que en un primer momento aparecen. Ahora, con esta renuncia en primer plano y con el Congreso en el horizonte, cobra especial relevancia la mención de José María Aznar –ya comentada aquí– a la llamada “generación de Sevilla” durante el último cónclave del PP. Fue un reclamo a la unidad del PP sin familias ni corrientes.
Con este anuncio de Agag, el presidente del Gobierno ha cortado de raíz cualquier suposición de “amiguismo familiar” que ya estaba sobrevolando los alrededores de la calle Génova. Aznar, con esta historia, demuestra que no quiere jugar con fuego y, sobre todo, que no está dispuesto a que en la recta final de su estancia en el Palacio de la Moncloa “historias colaterales” puedan estropear su gestión de Gobierno. El próximo 12 de marzo Aznar entrará en la cuenta atrás de su legislatura, se iniciará el tramo final de su mandato y, por lo tanto, comienza el periodo más complicado. Desde ese momento, las zancandillas, los empujones y las “puñaladas” estarán en el orden del día.
Tras la renuncia de Agag, más de un dirigente nacional del PP ha respirado tranquilo. Con el adiós del futuro yerno del presidente se cierra una puerta para el “enchufe” como forma de actuación. Una actitud que ya se había comenzado a vislumbrar en el PP y que tenía la apariencia de ir en aumento. El conocido “clan de Becerril” se estaba convirtiendo en un “lobby” de influencias dentro del partido. Algunos llegaron a pensar que irrumpir en la escena política con el apoyo del “clan” parecía un sello seguro de triunfo. Pero nada más lejos de la realidad.
El presidente del Gobierno no ha estado dispuesto a que, justo en el momento más dulce de su trayectoria política, se le pudiera tachar de “enchufismo”. Ahora habrá que seguir con atención a los que han entrado en los órganos directivos del PP con el sello de “Becerril” porque su actividad política ya no tiene paraguas que les cubra. Ahora se han quedado al descubierto y por lo tanto cada uno terminará en su sitio.
El abandono de Agag se puede entender también como un aviso a todos los dirigentes del PP en vísperas de entrar en la carrera por la sucesión. El presidente, que en esto de los nombramientos siempre ha gustado de jugar al ratón y al gato, en este caso parece dispuesto a que se cumplan las reglas del juego. En otras palabras: aquel que se salga del guión, se la está jugando. Con el adiós de Agag muchos han respirado tranquilos. Son los mismos que tendrán que tener cuidado si elaboran jugadas poco claras en la sucesión. Con estrategias difusas corren el peligro de salir trasquilados.
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