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Columna publicada el 14-06-2002
La celebración del XXV aniversario de las primeras elecciones democráticas nos ha devuelto al escenario de entonces. Por unas horas, los pasillos del Congreso han recobrado caras de una época ya lejana en el tiempo. Nos ha llevado a encontrarnos con un personaje básico para entender la historia reciente de España, para entender en toda su dimensión la transición española: Adolfo Suárez. El ex-presidente, habitante habitual de la prudencia, ha aprovechado esta efeméride democrática para volver por un instante al viejo protagonismo ya olvidado, ante los micrófonos y las cámaras de televisión. Se le veía seguro, con las maneras de la experiencia que nunca se olvida y la ansiedad que todo político lleva dentro.
De las cuestiones que Suárez ha desgranado destaca una idea: su candidato preferido para la sucesión del presidente Aznar es Jaime Mayor Oreja. No ha querido entrar en batallas, ni hacer quinielas. Ha preferido actuar con elegancia. Pero sus preferencias no se pueden ocultar. Mayor Oreja, a quién conoce desde los tiempos de la UCD, es para Suárez el mejor de los candidatos posibles. El ex-presidente del Gobierno no tiene ya ninguna capacidad de decisión, ni de influencia a la hora de dar nombres y apoyos; pero ciertamente lo que piense Adolfo Suárez no es una opinión más. Para muchos, sigue siendo una referencia. Pero especialmente representa lo que piensa mucha gente de su misma generación.
En este contexto, Suárez no ha evitado hablar de su hijo, recientemente incorporado a la política activa. Sin entusiasmo, incluso con cierta distancia, el padre ha hablado del que es ya candidato del PP a las próximas elecciones autonómicas en Castilla La Mancha. Con cierto sarcasmo ha explicado un consejo que le ha dado a su hijo para actuar en política: “Debe dejar de torear”. También dijo que habrá de saber “que la política es dura, muy dura. No siempre se está y se vive en el escaparate de la vanidad y del poder”.
Por último, el que fuera líder y fundador de la UCD ha tenido palabras muy halagadoras hacia José María Aznar, subrayando que ha sido el mejor presidente de la democracia. Piropos hacía el actual Jefe del Ejecutivo, pero silencio muy llamativo hacia los que fueron sus sucesores más inmediatos: Calvo Sotelo y González. Es una actitud que, en Adolfo Suárez, tiene una especial relevancia. No podemos olvidar que era y sigue siendo un maestro a la hora de administrar sus silencios, en ocasiones mucho más importantes que sus declaraciones.
El regreso momentáneo de Suárez dejó en el Congreso todo el peso del político. Su opinión tiene el valor de la experiencia. Además, ver la política desde lejos da perspectiva. Sus opiniones fueron medidas y ecuánimes. Valiosas, sobre todo porque no se prodiga mucho y, cuando lo hace, sienta cátedra. Muy lejos, como ven, de la búsqueda patológica de protagonismo que todavía tiene alguno de sus colegas...

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