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Columna publicada el 12-07-2003
En política hay que parecer bueno, incluso hay que serlo. Lo que nunca se puede es pecar de ingenuidad. En este caso, el presidente Aznar ha aplicado a la perfeccion el manual del comportamiento del político. Ha evitado caer en una sinuosa trampa que, con el tiempo, de ser un culebrón veraniego se podría haber convertido en una verdadera hipoteca para el futuro. Lo evidente, guste o no, es que la sucesion de Aznar y el futuro del PP ha dejado de ser un tema recurrente de conversación política para convertirse en una realidad que está a la vuelta de la esquina; y en la que los populares se juegan mucho.
La polémica surgida sobre la bicefalia en el Partido Popular es comprensible si se coge un calendario. Si el PP gana las elecciones en marzo de 2004, tendrá un líder al frente del Gobierno y otro diferente al frente del Partido, en el que Aznar debería seguir hasta enero de 2005, momento previsto para celebrar el Congreso ordinario. En principio, existiría una año de convivencia: uno en Moncloa, otro en Génova. Pero, llegados a este punto, hay que convenir en que estamos en el terreno de la política ficción, puesto que esto ocurrirá si el PP gana las elecciones. Si el PP pierde esas elecciones, la bicefalia no se producirá puesto que los populares habrían de volver a la oposición. En fin, que estamos dando vueltas a unas historias que por el momento son sólo parte de la especulación propia del mundo de los políticos.
Dicho lo cual, es preciso reconocer que, a estas alturas de la película, no se le puede pedir al PP y al presidente Aznar que pongan todas las cartas encima de la mesa. Es una cuestión de pura estrategia política, y tienen la obligación de no enseñar a sus adversarios el propio "mapa de ruta". El presidente del Gobierno ha vuelto a ratificar desde El Salvador sus dos compromisos políticos de gran repercusión vital: no volverá a ser candidato a la presidencia del Gobierno y no volverá a ser presidente de su partido. Ademas, ha aclarado que en el PP no se producirá la bicefalia, porque articulará los mecasnismos necesarios para evitar una teórica convivencia de dos protagonismos. Es decir, a ocho meses de las elecciones generales, y a tres de la decisión sobre el sucesor, no se le puede pedir a Aznar que desvele mas interioridades. Sería torpe por su parte descubrir al Partido Socialista cuáles van a ser los tiempos y los ritmos de ese traspaso de poderes.
Es cierto que hay planteamientos para todos los gustos. Uno de los calendarios que se manejan con más asiduidad en los pasillos del PP es el siguiente: anuncio del sucesor en la primera quincena de septiembre, lanzamiento publico del sucesor en la segunda quincena del mismo mes y congreso extraordinario del PP en enero, en el que el elegido se convierte en presidente del Partido, siendo ese Congreso ya la plataforma definitiva para el "nuevo". Este calendario, creíble y razonable, puede tener luego muchos factores en estos momentos imprevistos, por lo que entra dentro de lo razonable y de lo prudente no adquirir ahora compromisos que luego puedan pasar factura.
Aznar dice que cumplirá su palabra y es preciso reconocerle que la ha cumplido siempre, por lo que hace a su retirada de la política y a la forma de hacerlo. Nadie piensa que cometa la torpeza de quedarse en Génova durante un año pilotando el aterrizaje del sucesor. Todo indica que maneja distintas fórmulas para quedarse al margen del poder, pero anunciarlo ahora sería asumir una hipoteca que quizá más adelante sería una gravosa carga.
Hay que admitir que Aznar ha sido claro con su futuro político. Adquirió algunas hipotecas que ha cumplido escrupulosamente. Retirarse de la política en el momento más alto es muy loable y el tiempo le reconocerá ese mérito. Un error final echaría todo a perder. Aznar ha pagado sus hipotecas y no hay motivos para pensar que deje de hacerlo justo al final de su carrera.

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