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Columna publicada el 07-02-2002
El anuncio definitivo de la retirada de José María Aznar no sólo ha abierto el camino de la sucesión, sino que está provocando dentro del PP un auténtico movimiento de tierras, ya en marcha. Aun a pesar de la aparente tranquilidad que ha envuelto a los populares después del Congreso, lo cierto es que las estructuras se mueven; es más, se convulsionan.
La estrategia parece generalizada. Los teóricos candidatos a la sucesión mantienen una cierta tranquilidad externa, pero los peones comienzan a tomar posiciones, comienzan a colocarse lo mejor posible para el momento adecuado. Se guardan las apariencias, pero se fijan actitudes y distancias.
Mientras todo el mundo se coloca en la línea de salida, la verdadera preocupación que ahora mismo tienen y manejan los "históricos", es decir la llamada "generación de Sevilla", es la unidad del partido el día después de la elección de sucesor. El "núcleo duro" es consciente de que la selección del elegido puede ser más o menos afortunada entre los nombres que se manejan, pero es absolutamente imprescindible que al minuto de ser proclamado el sucesor todo el partido cierre filas sin fisuras en torno al nuevo número uno, que compartirá liderazgo con José María Aznar durante unos meses. Si en el momento de anunciarse el cartel electoral para las elecciones del 2004 hay algún presidente autonómico, algún alcalde de importancia o alguna corriente interna que ponga pegas a la nominación, la crisis está servida.
Para que tal cosa —considerada como el peligro máximo— no ocurra, sugieren que, a la hora de la designación, el presidente Aznar consulte con los poderes regionales y locales; en definitiva, que el poder territorial y real del PP sea tenido en cuenta. Aunque la decisión final sea de Aznar —explican— la actitud prudente será guardar las formas y que todas las estructuras del partido sean consultadas, que nadie se sienta apartado de la decisión. Es por lo tanto necesario, insisten los viejos del lugar, que para que no vuelvan viejas batallas intestinas, el presidente Aznar guarde escrupulosamente las formas. Será la manera más solvente de evitar un levantamiento interno. En este sentido, recuerdan que la elección de sucesor se deberá producir como muy tarde en septiembre de 2003. Por entonces, algunos presidentes autonómicos del PP habrán conseguido la mayoría absoluta en mayo. En esa lista, previsiblemente, estarán: Zaplana, Gallardón, Herrera, Valcárcel, Matas, Sanz, Sieso y Fraga. Todos ellos deberán ser preguntados y escuchados. Todos ellos deberán estar de acuerdo con la elección. De existir alguna voz disonante, se produciría una importante crisis interna de repercusiones impredecibles.
En el entorno cercano al presidente Aznar se piensa que el nombre del sucesor no ha sido elegido todavía. Hay una lista, explican, más amplia de la que se cree, pero la designación no se ha realizado. Quizá por este convencimiento, todos los afectados se están moviendo con prudencia, evitando situaciones arriesgadas. En este mismo entorno se da como seguro que desde el próximo mes de julio, una vez que haya concluido la Presidencia española de la Unión Europea, el presidente Aznar puede hacer un reajuste de Gobierno. Será entonces cuando deberá comenzar a recabar las opiniones del partido para que el nombre del sucesor, elegido por él, tenga el visto bueno de todos en el momento de la elección. Un consenso previo es la clave para que la nominación se convierta en proclamación, evitando así cualquier división interna. En definitiva, Aznar no podrá elegir a quien quiera, deberá tener en cuenta al partido y a sus líderes. Hacer lo contrario será poner a prueba la unidad.
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