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Quizá haya sido por el influjo de esa ley fatal, la que ordena que uno siempre acaba por parecerse a su peor enemigo. O tal vez fuera fruto de un tropezón casual, simple mímesis inconsciente con el entorno. Sea como fuere, un hombre por lo demás tan inteligente como Mariano Rajoy acaba de pronunciar la primera tontería que le recuerdo. Porque bien estaba, por ejemplo, que la Constitución de la República Popular de Albania estableciera que Dios no existe. O que la Inglaterra anterior a la máquina de vapor fijara por votación democrática del Parlamento los dogmas de la fe anglicana. Y, si me apuran, incluso tenía un pase aquel artículo de la Pepa que ordenaba que todos los españoles somos justos y bondadosos. Pero una cosa son los delirios de la Razón decimonónica y otra que, a estas alturas de Google, el jefe de la Oposición proponga al nieto de Lozano un "consenso" sobre la Historia de España.
Así formulada, esa idea no desmerecería en nada a la iniciativa de crear un Ministerio de Marina en Andorra o una Conselleria del Sentido del Ridículo en Cataluña. Y es que los cánones históricos nada más pueden ser instaurados por los chamanes de las tribus que quieren chamanes porque no quieren dejar de quererse tribus. Sólo por ellos. Y sólo en ellas. En la mía, por ejemplo, Joan Saura –el de las caquitas del gato– ha cometido impunemente una Dirección General de la Memoria Democrática. Un servicio público gratuito a través del cual los comunistas nos explican a los ex comunistas que nosotros luchábamos por la libertad y no por una dictadura del proletariado, tal como erradamente creíamos recordar. Labor pedagógica que, por cierto, a nadie escandaliza. Pues es sabido que en todo proceso de invención nacional la mentira bien entendida siempre empieza por uno mismo.
Que eso ocurra en un rebaño, donde todos hablan como el rebaño, razonan como el rebaño, sueñan como el rebaño y forman su identidad en el rebaño, no deja de ser normal y hasta natural. Al cabo, en los rebaños, ya se sabe, sólo se conjugan la primera y la tercera persona del plural. Eternamente se repite "nosotros" con delectación. Y eternamente se escupe un "ellos" con desprecio. De ahí, por ejemplo, que nadie aquí discuta el dogma sagrado de que ellos –es decir, Aznar y Franco– invadieron el Estado catalán en 1714 porque nos odiaban a nosotros –es decir, a Saura, el gato de la Mayol y los otro siete millones que zascandileamos por Casa Nostra–. Pero, en una comunidad de individuos, como España, tratar de pactar ahora entre los grupos parlamentarios el resultado final de la Batalla del Ebro sería mucho peor que un crimen y que un error: sería un chiste.

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