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Naturalmente que un charnego como Montilla jamás podría ser presidente de la Generalitat. Igual que pasarán antes cien camellos por el ojo de una aguja que cualquier tipo apellidado Rubianes por la Alcaldía de Barcelona. Son verdades de Perogrullo que, por obvias, ni merecerían el gasto en tinta de su glosa en una columna. Pero, en Cataluña, la realidad es como el silencio: en cuanto se nombra desaparece. De ahí que tengamos ahora a todo el Consejo de Administración de Casa Nostra con el pecho amoratado por los golpes de puño, la camisa de Toni Miró hecha unos zorros a fuerza de rasgaduras, el rostro desencajado de furor, y los ojos desorbitados, idos, fijos en ese cielo no tan infinito hoy como su santa indignación patria. Y es que a Jordi Sevilla me lo acaba de pillar una cámara de televisión con los dos pies fuera de Matrix.
Cuando Barcelona era la ciudad más libre del mundo –lo fue y algunos la conocimos–, circulaba una consigna por las Ramblas: “Cataluña será charnega o no será”. De los centenares de mantras quiméricos que entonces recetábamos en los muros de sus calles, sería el único llamado a cumplirse en la realidad. Porque sin Montilla y sin Rubianes, Cataluña, efectivamente, no podría ser. Por eso, no fue. Ni es. Ni será. Por eso, hubieron de inventar Matrix a toda prisa. Aunque, desde entonces, siempre ocurre lo mismo: cuando todo parece ir bien y menos se le espera, el gato auténtico, el de verdad, vuelve a irrumpir en el plano, para desesperación de los programadores y fiasco de la sesión doble con palomitas.
Los veintitrés años de CiU dejarían Matrix casi tan limpio de charnegos como una patena. Casi, porque entre la legión infinita de consejeros que gastó Pujol, tres no se ajustaron a la onomástica canónicamente indigenista: Carmen Laura Gil, una tal Cuenca y cierto Hernández al que Dios confunda. Si se toma en consideración que el apellido más común entre los catalanes es García (somos 341.404, de creer al Instituto Catalán de Estadística), el segundo Martínez (236.914), y el tercero López (227.865), se comprenderá el afán del tripartito por truncar ese sesgo pujoliano. Ha habido que aguardar décadas pero, con la arribada del PSC al poder, la situación se ha normalizado: ahora, al fin, ya no queda ni un solo charnego en el Gobierno de la Generalitat.
Mientras escribo, me viene a la mente el recuerdo de una pancarta que vi en la Universidad durante la transición, cuando el notario Porcioles, Pasqual Maragall y Rodolfo Martín Villa corrían delante de los grises por la Diagonal de Barcelona. Con un punto de demagogia cruel, aquel trapo rezaba: “Policía, luchamos para que tus hijos puedan estudiar aquí”. Si aún no la he olvidado, debe ser porque a los que defendemos a la “puta España” en Cataluña nos mueve un impulso parecido: luchamos para que, algún día, a los hijos de Pepe Rubianes también les dejen entrar allí, en la Plaza de San Jaime. Por delante o por detrás, tanto nos da. Eso sí, que no vengan muy sudados.

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