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Decapitación de Kim Sun-il

Carniceros

La decapitación de Kim Sun-il por el comando de Al Qaeda liderado por Abu Musab al Zarqaui, plantea algunos interrogantes a los que inevitablemente nos tenemos que enfrentar.
 
El primero es acerca de la secuencia que conduce a esta escalada en la bestialidad. Está claro que es consecuencia de un fracaso de la Autoridad Provisional, que no ha sabido mantener el orden ni garantizar la seguridad de personas como Kim Sun-il, misionero evangelista y traductor, secuestrado cuando estaba haciendo una entrega el pasado 17 de junio. Ahora bien, también indica un atrincheramiento en la barbarie que es de por sí el signo de un fracaso propio. Las fuerzas armadas de Sadam Hussein no supieron plantar cara al ejército norteamericano y británico durante la guerra, luego recurrieron a los atentados contra los soldados extranjeros y contra las autoridades, extranjeras o no. Han continuado con la violencia contra la población civil iraquí, iniciaron la campaña de secuestros de extranjeros, que no logró sus objetivos, y ahora están recurriendo a las decapitaciones filmadas para sembrar el pánico en quienes están colaborando en la reconstrucción de Irak y trabajando en Arabia Saudita. En parte ya lo han conseguido. La brutalidad de los hechos da la medida de lo que al Qaeda y los terroristas islamistas están dispuestos a hacer para aislar a las poblaciones de los países árabes e imponerles su ley. La autocrítica de lo sucedido en Irak debe tener siempre en cuenta esta perspectiva.
 
El segundo se refiere a los propios crímenes. No son sólo asesinatos brutales. Son asesinatos rituales, realizados según prácticas recomendadas por textos tradicionales musulmanes. La decapitación es una de las formas de tratar a los infieles, y se realiza para que el espíritu del cuerpo desmembrado no pueda descansar nunca en paz. No se trata de culpar a todos los musulmanes, ni al Islam en su conjunto, de estas atrocidades. Pero hay que preguntarse qué clase de gigantesco fracaso conduce a poner en práctica y publicitar estas atrocidades en nombre de una religión. Los musulmanes, en particular los musulmanes de Oriente Medio, o del Islam occidental, deberían preguntarse cómo su propia cultura y sus regímenes políticos han alcanzado tal degradación.
 
El último se refiere al doble rasero con el que estos crímenes se están acogiendo en la mayoría de los medios de comunicación occidentales. El escándalo que han suscitado los malos tratos de Abu Graib no se ha repetido con las decapitaciones filmadas de Nick Berg, de Paul Johnson y de Kim Sun-il. ¿Por qué? Tal vez porque se les considere en cierto modo culpables, o bien porque para esos mismos medios y círculos intelectuales, los parámetros de conducta que se exigen a los soldados norteamericanos no valen para todos. Se da por hecho que los musulmanes no respetarán, no ya los derechos humanos, sino las mínimas reglas de compasión y de humanidad. Los musulmanes harían bien en tomar nota de lo que piensan de ellos sus “amigos” progresistas occidentales.