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Columna publicada el 15-03-2004
Hoy, una vez han barrido al PP, parece que ha dejado de importarles el estado de las investigaciones de la masacre del 11 M. Mientras se jugaba con el voto del pánico y de la indignación, mientras el poderosísimo conglomerado político-mediático de la izquierda y el nacionalismo encauzaba la ira para que fuera a parar toda al Partido Popular, la presión sobre el gobierno exigiendo transparencia era tal que nunca antes se había visto a un ministro del Interior compartir de ese modo, en tiempo real, el estado de una investigación policial con la opinión pública. Pero era una reacción condenada al fracaso, porque el conglomerado había decidido que el gobierno mentía, que se reservaba información. Nada puede hacerse contra una consigna esparcida, aventada con tanta fuerza. Lo siguiente era enseñar los dientes, violar la jornada de reflexión, utilizar las posibilidades de la sociedad red, los e-mails, los mensajes de móvil, subirse a la lógica del crecimiento exponencial sin respetar los mínimos democráticos el día antes de unas elecciones generales. Y plantar a la gente delante de las sedes del Partido Popular, y darle la cobertura mediática conveniente para que España, pobre España, visualizara un desahogo, una salida a la rabia contenida desde la mañana negra del jueves.
Gobiernos autonómicos, como el de Extremadura, webs de partidos, como la de Izquierda Unida y cadenas de televisión que tomaban partido en vez de informar, que provocaban la afluencia de gente ante las sedes del PP más que reflejarla, pusieron la guinda a la jornada ¡de reflexión! Mariano Rajoy intentó sin éxito que el resto de líderes políticos desautorizara esa toma ilegal de las calles. Recurrió a la Junta Electoral, que efectivamente se pronunció sobre la ilegalidad. ¿Y qué? Nada. Lo de siempre. La derecha aterida, sobrecogida y encerrada en casa, combinando el dolor con el estupor, el estupor con el miedo, el miedo con la indignación y la indignación con el sentido de la responsabilidad. Hacer como si todo fuera normal. Y a votar mientras todo el país veía cómo el candidato Rajoy era insultado en su colegio electoral. Y a reconocer sin ambages el triunfo electoral de Zapatero. Y a preguntarse ahora cómo es posible pasar de la mayoría absoluta a la oposición, a preguntarse por qué se volvieron contra el gobierno los sentimientos desatados por un monstruoso acto terrorista tras haber demostrado ser la opción política que más clara y duramente se ha enfrentado al terrorismo. A pensar por qué en la sociedad de las redes y de la inmediatez el PP decidió que, aparte de Rajoy, ningún candidato podía tener una web propia. A pensar qué hacen bien los demás para, haciendo mal todo lo demás, triunfen. A pensar qué hace mal el PP para, a pesar de hacer bien todo lo demás, lo coaccionen, lo acobarden, lo insulten y lo venzan. A pensar.

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