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Recuerdos de juvenud

Agradecimientos

Como tantos otros, tuve una adolescencia algo difícil, con esas tormentas internas que no llega a aflorar, pero que fastidian bastante  (el franquismo, ya saben, lo dicen los entendidos. Ahora ya no hay nada de eso y nuestros adolescentes son una maravilla de cultura, desenvoltura y botellonura). Esas tormentas no terminaron en naufragio gracias en buena medida  a la risa, y esa risa se la debo sobre todo a P. G. Wodehouse. Siento por él una gratitud muy personal. Recuerdo cuando salía de los Maristas, y después del Instituto, y me iba a la biblioteca municipal, en la Alameda, de Vigo, donde había numerosas novelas del humorista inglés, casi toda la colección de Jeeves y otras más. Lo conocía de antes por Dinero para nada,  que tenía mi padre en casa, y enseguida lo localicé en  los estantes. Yo tenía entre catorce y  dieciséis años, y al leer sus novelas en las amplias mesas de la biblioteca me desternillaba de una  risa que el ansia de disimular volvía convulsa. La gente me miraba, yo enrojecía y ponía cara de malas pulgas, lo cual parecía divertir más a los lectores vecinos, aumentando mi sensación de  humillación. Trataba de mantener la compostura, pero al poco rato ya estaba de nuevo… En fin. Hace dos años fui por allí con mi mujer, pero la vieja biblioteca ha sido trasladada hace ya mucho a otro sitio.  La nostalgia.
 
Y el otro día, repasando el manuscrito de un libro de viajes por la Vía de la Plata, que recorrí y sobre la que escribí hace cosa de dieciocho años (teniendo ya treinta y ocho), encontré:  “El de la mochila termina en la plaza de las Monjas, alargada, con palmeras y un rectángulo central  para sedentes y paseantes. Un joven pinta en el suelo con tizas de colores, copia de una foto de un folleto turístico. A su lado, un compañero pide dinero. Orondas  y benévolas señoras, de paso a la compra, recompensan el esfuerzo del artista. Es mediodía. Varios ancianos toman el sol y grupos de muchachos se aburren en los bancos. Un caballero flaco, de mediana edad y atezada calva, va y viene sin cansarse, con prestancia y paso rápido, canturreando a media voz. De cuando en cuando se para y enciende un cigarrillo. Escupe con frecuencia y su expresión delata que va contándose sucesos felices. Hay otras cosas que ver en Huelva pero el  aire urbano se iba  impregnando del tufo dulzón y nauseabundo de la celulosa torturada. Sentado en la plaza de las Monjas, el caminante  pensó que bien podía salir ya hacia La Rábida. Tomó el macuto y, según se alejaba, se dio cuenta, con sorpresa, de que los muchachos que pintaban en el suelo  no le habían traído a la memoria que él había vivido de lo mismo  veinte años atrás, en Copenhague  y otras ciudades.  Sus colegas de ahora, en Huelva, sólo le habían  despertado una curiosidad lejana… No les había soltado cinco miserables duros”.
 
A decir verdad, incluso los había mirado con una vaga hostilidad, no sé por qué. Pero, en efecto, en Copenhague me había especializado en pintar la sirenita, emblema de la ciudad, copiándola de una postal y sacando partido de la repetición cuidadosa, ya que no de unas dotes pictóricas apenas existentes en mi modesta naturaleza. La sirenita me ayudó mucho en mis vagabundeos de juventud, y me sacó de apuros en Hamburgo, en Ostende, en Lisboa, en Toledo, en Torremolinos, y seguramente  en otros sitios que no recuerdo ahora. Me libró del hambre y a menudo de dormir a la intemperie.
 
La memoria, al menos la mía, funciona de una manera extraña. Ya expliqué en De un tiempo y de un país  cómo, al bajar de Bilbao a  Burgos para contactar a un simpatizante comunista, resulta que lo conocía de la prisión naval de Carranza, en Ferrol, sólo tres años antes… ¡y no lo recordaba en absoluto! Tuve que hacer  un gran  esfuerzo para rememorar con alguna precisión algo de aquello, incluida la jerga carcelaria en que me hablaba el amigo. Ahora, en cambio, lo recuerdo mejor. Claro que entonces pesaban mucho las exigencias disciplinarias – disciplinarias incluso con la memoria—del “revolucionario profesional”. De todos modos uno nota que su memoria, bastante buena en otro tiempo, va debilitándose, confundiendo sucesos…Mala cosa, la vejez acecha.
 
Es verano, y estas divagaciones son permisibles, creo, incluso en un periódico de tanta enjundia y seriedad como Libertad Digital. Ha sido un arrebato de gratitud a Wodehouse y a la Sirenita de Copenhague, después de alguna libación de más. Ustedes serán comprensivos, espero.  

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