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Juan Luis Cebrián

La majadería

En su reciente artículo “Barbarie, religión y progreso”, Juan Luis Cebrián, eminencia pensante de la izquierda en el poder, ha escrito cosas como esta: “Sin las cruzadas y la Inquisición, sin la insidiosa Reconquista Ibérica, podríamos, ¿quien sabe?, haber asistido al florecimiento de una civilización mediterránea, ecuménica y no sincretista, en la que convivieran diversos legados de la cultura grecolatina”. Hombre, puestas así las cosas, también “podríamos haber asistido” al descubrimiento de la teoría de la relatividad o de los quanta, a la exploración del espacio y a la conquista del sistema solar a partir del Mediterráneo. O a la completa islamización de Europa. Total “¿quién sabe?”. Aunque, para ser precisos, ¿”habríamos” podido asistir a tales venturas? Sin la insidiosa Reconquista, incluso quizá sin la Inquisición, lo más probable es que ni Cebrián ni la mayoría de los españoles actuales hubiéramos llegado a existir físicamente, pues somos hijos de las repoblaciones reconquistadoras; no digamos ya a existir culturalmente: solo tenemos que mirar al Magreb para entender la clase de civilización ecuménica (el Islam tiene vocación ecuménica) de que disfrutaríamos, o disfrutarían los súbditos de un nunca vencido Al Ándalus.

A decir verdad, si el propio Cebrián puede expresarse como se expresa –caprichosa, más que libremente– se debe, qué vamos a hacerle, a la insidiosa Reconquista, la cual nunca fue “ibérica” –¿sabrá Cebrián de qué habla?–, sino española. La reconquista de España, es decir, de la tradición cristiana, latina y europea, frente a Al Ándalus y los imperios magrebíes.

La ignorancia de Cebrián vuelve a brillar cuando atribuye a su quiensabiente civilización ecuménica la convivencia de “diversos legados de la cultura grecolatina”. La cultura griega fue bastante distinta de la romana, y en el seno de ambas crecieron, efectivamente, legados muy diversos, incluso incompatibles. Allí tienen sus fuentes el pensamiento totalitario y el democrático, la idea republicana y las tiranías, el estoicismo y el hedonismo… Y ambas culturas se extendieron por la conquista y el imperio. No sobraría que Cebrián explicase, si sabe, en qué “diversos legados” está pensando. En cambio nos obsequia con una trivialidad aplastante: su civilización ucrónica habría funcionado “lo mismo que conviven hoy las dos Europas, la de la cerveza y el vino, la de la mantequilla y el aceite de oliva, en una sola idea de democracia”. La democracia gastronómica, toda una aportación teórica. Previsible, por lo demás, en un sentido amplio: también podría haber aludido a la Europa de las playas y la de los acantilados, la de las nubes y la de los soles, la de los abrigos y la de las camisolas…

Y aun osa escalar más cumbres el pensamiento de este hombre audaz: “Uno puede ser a la vez catalán, español, europeo, arquitecto, hombre o mujer, moreno o rubio, alto o bajo, cristiano, judío o musulmán, sentir su identidad en todas esas cosas a la vez, y de manera prioritaria en alguna de ellas, según las ocasiones”. Esto se llama profundidad y originalidad. No las cuatro primeras posibilidades, desde catalán a arquitecto, una vulgaridad obvia. Incluso lo de moreno o rubio, si uno cree que los tintes resuelven la cuestión. Pero mediten sobre las siguientes: uno puede ser a la vez hombre o mujer, alto o bajo, cristiano, judío o musulmán”. Todo depende de las ocasiones. No me digan que no tiene gracia el pensador. Creo que a nadie se le había ocurrido hasta ahora. Por extraño olvido deja de indicar “comunista o demócrata, liberal o totalitario…” Lo cual sí puede depender de las ocasiones, él mismo lo ha demostrado.

Mas, por desgracia, aquella civilización maravillosa y grecolatina no llegó a cuajar: “El poder religioso, aliado con el trono, se encargó de eliminar el pluralismo, tanto en el seno del Islam como en el de la cristiandad. Los liberales de unas y otras religiones sufrieron persecución y exilio por los poderes de esta tierra”. Veamos: el pluralismo, el liberalismo y la democracia se han desarrollado en la parte cristiana del Mediterráneo, pero no en la parte conquistada bélicamente por el Islam. Y aunque la democracia liberal es históricamente muy reciente, hunde profundas raíces en las concepciones cristianas de libertad y dignidad del individuo, manifiestas ya en la Edad Media. Si los cristianos españoles terminaron triunfando sobre un poder musulmán muy superior durante siglos, y en algunos aspectos más civilizado, se debió seguramente al dinamismo de esas ideas, que diferenciaron el poder religioso y el político, crearon los primeros parlamentos y dieron a la herencia grecolatina un giro muy distinto de los musulmanes, en cuyo seno quedó pronto agotada.

Por lo demás, también dentro de la civilización occidental crecieron las ideas totalitarias que han convulsionado el siglo XX. Ideas tan anticristianas como las del fundamentalismo islámico o las del mismo Cebrián. Este, no es de extrañar, ha expuesto las suyas en Marraquech, capital del imperio almohade, que estuvo cerca de anular a la Insidiosa, y hoy ciudad emblemática de esa ejemplar y pluralista democracia de Mohamed VI. Y aún menos de extrañar que el envidiable régimen marroquí permita a Cebrián hablar como lo hace, en un homenaje a Juan Goytisolo, otro excelso pensador demócrata, muy a gusto en aquel paraíso de la libertad.

Nada nuevo. Cosas parecidas hacían y decían antaño en Moscú diversos intelectuales enamorados de la democracia, el pluralismo y la cultura grecolatina. Por entonces, sin embargo, Cebrián prefería colaborar con el franquismo. Termina nuestro apóstol de la libertad llamando a reflexionar en torno a la alianza de civilizaciones. ¡Pues vamos allá!

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