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Columna publicada el 21-01-2003
Para Lenin, existía un camino directo desde el materialismo a la revolución, y por ello su ataque a los marxistas “revisionistas” trataba de probar que ellos renegaban del materialismo y caían en el “idealismo”, base de las concepciones contrarrevolucionarias y burguesas. Creo que tenía razón. Los mencheviques, por ejemplo, emprendieron el camino hacia la “revolución burguesa”, para quedarse en ella; y Bernstein o Kautski traicionaban con disimulo el marxismo, hasta que sus seguidores socialdemócratas abandonaron francamente esa doctrina. En cambio, los comunistas siguieron aferrados a ella, fuera cual fuere su resultado práctico.
Como una gran masa de la crítica revolucionaria al pasado consiste en destacar los crímenes del capital y de la religión, podría pensarse que los comunistas (o los anarquistas) poseen una fina sensibilidad moral, y que detestan la opresión y el asesinato. Sin embargo, y en aparente paradoja, han sido ellos quienes han impuesto regímenes de una opresión nunca antes conocida, y perpetrado, junto con los nazis, los mayores genocidios del siglo XX, que también son, probablemente, los mayores o al menos los más deliberados de la historia. Baste rememorar el Gulag soviético, las campañas de “rectificación” maoístas o las matanzas de Camboya.
Sin embargo esa contradicción tiene importancia menor. Volviendo al anarquista Tarrida del Mármol, mencionado en un artículo anterior, él se consolaba de la muerte, si la palabra consolar viene aquí al caso, con unas consideraciones a su entender científicas: “La muerte en sí no existe. La cantidad de materia, la cantidad de movimiento, son constantes; no sólo no mueren, sino que también son invariables. Lo único que ha hecho, hace y hará eternamente la materia del mundo infinito, es transformarse por efecto de las infinitas combinaciones de que son capaces los elementos que constituyen el mundo material. Al pasar un cuerpo de orgánico a organizado, se produce la vida; al pasar de organizado a orgánico o mineral, se produce eso que llaman muerte (…) benéfico fenómeno”. Esta concepción, aunque expuesta con alguna rudeza, también era, básicamente, la de Marx y Engels.
Pues bien, parece difícil que tal idea del mundo pueda producir respeto a la vida humana o, incluso, una moral cualquiera. En definitiva, vida y muerte serían sólo manifestaciones de la fuerza ciega de la naturaleza, de la cual serían instrumentos los hombres en sus luchas. ¿Instrumentos ciegos, a su vez? Para Marx, no del todo, pues él creía haber llegado a conocer la dinámica de la evolución humana, y ese conocimiento o conciencia permitiría la libertad (dudosa) de aceptar esa dinámica y adaptarse a ella, o, en otro caso, de resistir… y terminar inexorablemente en “el basurero de la historia”. Con esa visión, el exterminio de los que resisten no tiene otra envergadura moral que una transformación de la materia como tantas otras, que diría Tarrida. Quizá esto ayude a entender la frialdad y falta de remordimientos con que han solido asesinar en masa los revolucionarios, actuando como agentes de las “infinitas combinaciones” materiales.
El contraste entre la hipersensibilidad hacia los “crímenes de la reacción”, denunciados hasta la histeria, y la impasibilidad ante los genocidios propios es, pues, una paradoja secundaria. La principal, de la cual es un reflejo la anterior, consiste en que el revolucionario se figura ser agente consciente, y por tanto no ciego, del impulso de la materia, cuando este impulso, a su vez, sí es ciego necesariamente. Pues tan pronto le supusiéramos un sentido o finalidad, estaríamos entrando en el terreno del “idealismo”, en la admisión de algo fuera de la materia capaz de aportarle un sentido. ¡El revolucionario sería el agente consciente de una “necesidad” ciega!

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