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Columna publicada el 06-03-2003
El término revisionismo ha vuelto a ponerse de moda en ciertos medios, aunque aplicado a cosa distinta de antaño. Los de mis tiempos recordarán esa palabra-policía usada para descalificar a quienes “revisaban” el contenido revolucionario y científico del marxismo. Revisionista equivalía, más o menos a “vendido al imperialismo”, o a “agente de la burguesía en las filas obreras”. Lenin se lo había aplicado a Bernstein y a Kautski, y los maoístas a los soviéticos posteriores a Stalin. En España, el revisionista por excelencia era Carrillo. Éste seguía siendo marxista-leninista, pero se engañaba a sí mismo pensando en implantar la dictadura socialista mediante una peculiar mezcla de lucha legal e ilegal. Siendo débil, la transición le obligó a prescindir, por lo menos en lo esencial, de la segunda, y el fruto de su renuncia fue el hundimiento progresivo de su partido, aunque no habría ocurrido de otro modo de haber seguido fiel a la doctrina.
El término era perfectamente contradictorio cuando se empleaba para preservar la supuesta ciencia marxista, pues la ciencia, precisamente, exige una continua revisión o “falsación”, por emplear la fea traducción del término de Popper. Oponerse a la revisión es oponerse a la ciencia.
Pero ahora oigo la misma palabreja aplicada a quienes en España ponemos en cuestión muchas supuestas verdades contadas en estos años sobre el pasado español. Un nutrido grupo de historiadores y políticos han elaborado una visión de la república y la guerra civil que, por lo visto, consideraban impecable e intocable. Habían llegado a un “consenso”, como asegura el historiador (más o menos) Tusell en expresión igualmente acientífica, aunque muy propia de la política, y fulminaban, silenciaban o “erradicaban” a quien les llevase la contraria. Ahora corren malos tiempos para ese consenso anticientífico, y los consensuados se llaman entre sí, a grandes voces, a cerrar filas contra el “revisionismo”.
Esa gente va con la peor intención. Tengo entendido que en Alemania está prohibido negar el Holocausto, a lo que suele llamarse “revisionismo”. Ello es discutible desde el punto de vista científico, pero desde el punto de vista político se justifica tanto en la imposibilidad de negar los numerosísimos testimonios de la matanza, como, sobre todo, en la doble injuria infligida a los supervivientes y familiares de los asesinados en masa sin haber realizado agresión previa alguna contra los alemanes en general o contra los nazis en particular. Ladinamente, los enemigos del “revisionismo” español intentan transmitir la impresión de que aquí habría ocurrido lo mismo que en Alemania y que debería imponerse igual censura. Pero no es así en absoluto. En España hubo atrocidades y terror, por los dos bandos, no sólo por uno, como intentan dar a entender los de “Envenenamiento de la memoria histórica”, y otros parecidos. Además, tal situación fue el desenlace de una intensísima presión revolucionaria que terminó por destruir la república. Todo esto es silenciado cuidadosamente por quienes acusan de “revisionismo”, es decir, acusan a otros de practicar la más elemental exigencia del método científico, y aspiran a adoctrinar a la población en general, y a los jóvenes en particular, en una versión cuya abundante falsedad sale a la luz a borbotones, a la primera indagación crítica.
Pero la verdad nos hace libres, y la mentira nos esclaviza y nos hunde en el rencor. Por eso es imprescindible revisar sin falsos respetos todas las falsificaciones que nos han venido sirviendo en estos años.

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