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Columna publicada el 12-04-2002
El problema del PSOE no es abandonar el pacto antiterrorista, pues lo ha abandonado ya al defenestrar a Redondo, sino hacerlo de modo que le cause el menor daño ante la opinión pública, o, dicho de otro modo, buscar pretextos para confundir a un número suficiente de votantes, haciendo recaer sobre el PP la culpa, o algo de la culpa. No otro sentido tiene el montaje de acusaciones, rasgado de vestiduras y clamor de escrúpulos constitucionales, coreado por los medios de Polanco.
La primera fase fue la opción por el PNV. Parecía imposible en el País Vasco, donde los socialistas son víctimas diarias del amasijo nacionalista-terrorista, pero lo han logrado. El argumento esgrimido es que los socialistas no pueden ir nunca al lado del PP, su enemigo principal, el que les ha echado del poder mediante –dicen ellos– los más sucios trucos. Argumento de peso para la tropa intermedia del partido, que llora la pérdida de innumerables y rentables cargos públicos, sin haber entendido nunca que la corrupción fuera cosa mala si les beneficiaba a ellos. Aquí, el problema de fondo es que el PSOE no se ha regenerado, sigue dominado básicamente por un grupo de corruptos inescrupulosos, tan ávidos de poder como sedientos de venganza contra Aznar y los suyos. Los tímidos indicios de cambio han sido ahogados y los dirigentes más honrados están llevando claramente las de perder.
En su lucha por el poder y la venganza, los jefes del PSOE son capaces de aliarse incluso con un partido resuelto a descuartizar a España y responsable de la anulación de la libertad en el País Vasco. Asistimos ahora a maniobras, desde los tentáculos socialistas en el poder judicial, contra la ilegalización del partido del terror. Parecía increíble, pero así van las cosas. La alianza con el PNV incluirá, probablemente, la defensa de Batasuna o al menos la resignación ante ella, quizá esperando que así los tiros se desvíen todos hacia el PP.
La situación recuerda otra, en 1908, cuando, ante los incesante atentados ácratas en Cataluña, Antonio Maura propuso una ley antiterrorista. Vale la pena repasar a Cambó al respecto: "Las izquierdas más extremas, que eran entonces los socialistas (…) se sirvieron de esto como plataforma para una campaña de agitación (contra la ley)". Los socialistas no son ahora la extrema izquierda, recuerdan más al partido entonces llamado liberal, y al que hoy quizá no llamaríamos así, lleno todavía de resabios jacobinos. Pero "los liberales se asociaron a los socialistas para crear dificultades a Antonio Maura (…) La campaña contra el terrorismo pasó del Congreso al mitin y a las manifestaciones públicas, yendo liberales de todas las capillitas, más por cobardía que por valor, en compañía de socialistas y republicanos que se complacían en superarlos en estridencia. Se creó una agitación artificial, pero tan ruidosa que obligó a Maura a renunciar al proyecto de ley". Con lo cual el régimen de la Restauración se vio privado de un instrumento básico para combatir el terrorismo, verdadera plaga de la época. Y concluye Cambó: "Después, Gobiernos liberales y republicanos tuvieron que hacer aprobar proyectos mucho más rigurosos a fin de mantener el orden público y salvar al respectivo régimen y evitar la anarquía y el caos". A los socialistas realmente moderados y demócratas les conviene repasar esta experiencia.

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