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Historia y política

Una operación siniestra

Resulta llamativo el extremado antifranquismo que, muy a destiempo, prolifera en los medios de masas, incluidos los presuntamente dominados por el PP, como TVE; o en libros de títulos truculentos, como Los esclavos de Franco, Los esclavos españoles de Hitler y similares; en actividades como las de “Recuperar la memoria histórica”, que la falsifican descaradamente y tratan de crear un ambiente de odio. Enorme eco ha tenido, dentro y fuera de España, la exposición sobre el exilio, uno de los sucesos más vergonzosos para los “republicanos”, convertido por la propaganda en motivo de orgullo y de reivindicación contra los “exiliadores”: sus promotores enredaron al rey en su campaña, y a periodistas ignorantes y llenas de prejuicios de The New York Times, o The Economist. Desde el punto de vista historiográfico, toda esa producción es simple basura, pero ello no le impide, ante la ausencia de réplica, un efecto político del mayor calado. La campaña persigue sentar definitivamente una versión (completamente tergiversada) de la historia, y acosar al PP como heredero de un régimen supuestamente criminal al estilo del de Hitler.

¿Por qué ocurre todo esto ahora? Una respuesta fácil es que se trata de un punto débil del PP, tanto más débil cuanto que este mismo partido, de mentalidad pesetera, contribuye a la campaña, convencido de que basta con unos resultados económicos pasables para que todo le vaya bien, y de que la falsificación de la historia no tiene repercusión política actual. Pues indudablemente el PP es heredero, en muchos sentidos, del franquismo, como lo es el rey, y como lo es la democracia actual, que sin el legado económico y social de aquel régimen difícilmente habría soportado los ataques del terrorismo, la corrupción, las tendencias balcanizantes de los nacionalismos vasco y catalán, la degradación del poder judicial y otras fechorías de quienes se presentan como monopolizadores de la democracia.

Pero hay algo más que la explotación de ese punto débil con fines electorales. No creo que esa enorme campaña sea ajena a otra también en marcha, que persigue desacreditar los 25 años de democracia y volver a partir de cero. Precisamente ése es el mensaje transmitido al periódico neoyorkino por sus interlocutores en España. Y el punto clave de la refundación presuntamente democrática sería cambiar la Constitución de tal modo que permita la secesión práctica de las Vascongadas y Cataluña. En esta operación marchan juntos el PNV, CiU, amplios sectores del PSOE, y probablemente alguno del PP (no me cuesta trabajo creer que se apuntaran a ella Gallardón, o incluso un senil Fraga), con el respaldo de muy poderosos y conocidos medios de masas. Hoy por hoy tienen en contra a la vasta mayoría de la opinión pública, pero sólo un tonto tomaría a broma la amenaza. La opinión pública puede ser confundida y manipulada con bastante facilidad si a los manipuladores no se les opone una política clara y firme.

La relación entre las dos campañas es doble: por una parte se trata de paralizar, tildándola de “franquista”, la oposición al proyecto “generoso”, dicen, de una “España más plural”, e incluso “más democrática”, diseñado por quienes más han perjudicado la convivencia y la democracia en España en estos veinticinco años. Y por otra parte es una especie de revancha histórica por el fracaso del rupturismo al comenzar la transición. Como sabemos, entonces se impuso la reforma “de las leyes a las leyes”, es decir, del franquismo a la democracia, sin vacíos de poder que hubieran podido resultar catastróficos y abocar a una nueva experiencia similar a la de la II República. Eso no lo han perdonado nunca los antiguos rupturistas.

Hay algo de locura en esos designios. Decía Julio Cerón, el famoso fundador del “Felipe”, que lo propio de España era la política alucinada, exaltada y delirante, y criticaba (en broma, supongo) el tono básicamente amable y razonable como se hizo la transición. Ahora nos quieren hacer volver a aquella política que parecía enterrada. Pues no es difícil ver adónde conducen los delirios de esta gente: a conflictos civiles sumamente peligrosos, o al hundimiento de España en una impotencia adormecida y suicida.

Sería muy necesario tomar conciencia del peligro, y que cada cual, en lugar de preguntarse “¿qué va a pasar?”, tendencia muy extendida en España, como observa Julián Marías, se plantee “¿qué puedo hacer?”, para frenar esos proyectos antes de que nos empujen al despeñadero. A los anestesiados debería recordárseles que nadie previó lo ocurrido en Yugoslavia. Es más, los expertos lo creían imposible.

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