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¿Vamos a menos?

El último premio Cervantes está saliendo movido, lo que no es malo. Primero el flamante afortunado, que se pasó media vida poniéndole bombas a Franco, acusó a su predecesor en el premio por no haber organizado algún atentado o cosa así contra Pinochet. Umbral es que tiene madera de héroe y cree que todo el mundo tiene que ser lo mismo, en lo cual quizá no acierta del todo.

Edwards, entre dolido y despectivo, le respondió como se merecía, supongo, y ahí quedaba la alta polémica, cuando interviene Juan Goytisolo para denunciar “la putrefacción de la vida literaria española, el triunfo del amiguismo pringoso y tribal, la existencia de fratrías, compinches y alhóndigas”. Denuncia muy en su punto, si bien algo sabida. Tales tristes impudicias ocurren probablemente en todos o casi todos los países y tiempos, aunque posiblemente tengan poco que ver con la calidad de la literatura.

Me recuerda a mi amigo a quien preguntaban sobre una reunión de poetas: “¿De qué van a hablar? De dinero y subvenciones”. Pero a lo mejor no eran malos poetas. Hace años, Goytisolo disfrutaba de una buena cohorte de amiguetes y compinches en la abundante e influyente prensa “progre” del país, que ponía por las nubes sus tiradas sobre los moros y los judíos, en la estela de las fantasías, por no decir bobadas, de Américo Castro, tan respetadas como lo han sido, por caso, los “análisis” del marxismo cañí, cosas todas ellas que dan idea del nivel intelectual español desde hace décadas. ¡Ah!, y de paso aquellos amiguetes ninguneaban sin reparos a quienes no comulgaban con las ruedas de molino de la corrección política del momento. La moda ha cambiado, y es comprensible que a Goytisolo le duela, pero las glorias pasan, ya se sabe, y ahora le toca al “inefable Cervantes de botas negras brillantes y pañuelo rosa”, como él dice.

Vamos a menos, deplora Goytisolo. Y quizá tenga razón. La gloria de Goytisolo pertenece a la época del franquismo, y el panorama literario parecía entonces bastante mejor, en el apogeo de Cela, Torrente, Buero, Delibes y demás. Y no pasa solo en España, creo. Claro que esto es la opinión, o más bien la vaga impresión, de alguien que apenas lee literatura actual, por falta de tiempo, y, sobre todo, porque lo poco que lee no le anima a continuar.

Un ejemplo: hace un tiempo me tragué “La cabeza de la hidra”, de Carlos Fuentes, y me pareció tan rematadamente idiota que me disuadió de seguir con el autor. Ha escrito novelas mucho mejores, aseguran los entendidos. No lo dudo, pero de vez en cuando Fuentes, políticamente un producto de la corrompida dictadura del PRI, escribe cosas político-literarias tan sobadas, banales y obtusas, que me desmoraliza. Ahora acaba de salir en apoyo de Juan Goytisolo. Y sigue en las mismas.