
No es difícil pensar que el reajuste de estos desequilibrios no puede llevarse a cabo en unos pocos meses. Si hemos tenido muchos años de fiesta, tenemos que tener un periodo parecido de "resaca" y de pagar lo que ya hemos consumido.
Estoy preocupado. Observo una extendida complacencia social sobre la economía y los mercados financieros. Hace pocos meses íbamos a adentrarnos en la madre de todas las crisis y veo ahora como si todo aquello fuera cosa del pasado. ¡Qué suerte tiene nuestra sociedad que olvida tan fácilmente y que cicatriza las heridas sin costras!
Hace unos pocos meses criticaba lo irracional del pensamiento generalizado de que el mundo se iba a acabar y afirmaba que pronto volveríamos a una coyuntura menos extrema. Entonces –casi anteayer– me tomaron por un optimista desfasado.
La realidad es que, tras varias décadas de crecimiento superior a la capacidad real de las economías, los equilibrios son patentes. Este excesivo crecimiento reciente tiene su origen en un progresivo y ascendente nivel de liquidez en el sistema, que ha emanado de los bancos centrales, con políticas monetarias laxas, hasta desembocar en un torrente creciente y generalizado de deuda. Aunque parezca mentira, vamos a tener que devolver esta deuda, además de sus correspondientes intereses, lo que implicará que podremos gastar menos mientras la repagamos.
No es difícil pensar que el reajuste de estos desequilibrios no puede llevarse a cabo en unos pocos meses. Si hemos tenido muchos años de fiesta, tenemos que tener un periodo parecido de "resaca" y de pagar lo que ya hemos consumido.
En líneas generales, el precio de la suma de todos los activos considerándolos de manera agregada, sean casas, bolsas, bonos, vino, joyas, etc., tienen que crecer de manera parecida al crecimiento global de la economía. Sin embargo, llevamos muchos años donde el precio de los activos ha crecido por encima de la tendencia, debido –con certeza– al fuerte aumento de la deuda que ha permitido pagar precios superiores a los que la oferta y demanda debían marcar. Esto tiene que corregirse para que los activos mantengan una proporción razonable.
Los periodos históricos en los que hemos tenido épocas de excesiva liquidez, acompañados por crecimiento desbocados del crédito, siempre han acabado con burbujas en los precios de alguna clase de activo. Durante los años 60 la inflación se generó en los salarios, en los 70 en la inflación tradicional, en los 80 en las tecnologías y en las ultimas dos décadas en casi todos los activos, aunque especialmente en el sector inmobiliario.
El problema de los desequilibrios económicos actuales no está solucionado y es una equivocación bajar la guardia. Por un lado, aunque la coyuntura parezca recuperarse, es una solución temporal, porque se está creando otro problema mucho mayor: la deuda impagada de los particulares se está tapando temporalmente con una deuda mucho mayor a cargo de los Estados. Y ya sabemos que si el sector privado no es muy racional a la hora de gestionar sus recursos, el sector publico lo es menos, dadas las enormes ineficiencias del Estado, los conflictos de intereses y la corrupción que propician estos enjuagües.
El ajuste puede ser de dos formas: brusco o lento; y aún no sé cuál duele más de los dos. Pero sí estoy convencido de que lo habrá y, que cuanto más se retrase, mayor será el proceso de convalecencia.
Esta deuda estatal extraordinaria, está siendo constituida en un momento de bajos tipos de interés. ¿Qué pasará cuando los tipos de referencia suban? Esta situación se podría comparar con las familias que, en eufóricos estados anímicos, se lanzaron a pedir prestamos con tipos bajos y que, pocos años más tarde, no podían hacer frente a dichos prestamos, con penosas consecuencias.
Curiosamente, se está penalizando a aquellos actores de la economía que habían hecho sus deberes adecuadamente, consumiendo menos de lo que podían y ahorrando, en detrimento de los más gastones y –por qué no– ayudando a algún "fantasma" que vivía por encima de sus posibilidades gracias a la liquidez que tan fácilmente les aportaban los bancos. Ahora, estas entidades están demostrando no ser tan amigas, y reclaman con menos simpatía dichas deudas.
¿Dónde están, en mi opinión, los mayores desequilibrios?
Una mínima chispa, como podría ser cualquier incidente sociopolítico, una nueva caída de una entidad financiera o un aumento de la volatilidad, puede provocar un efecto en cadena inesperado.
Sin embargo, todo esto no quiere decir que yo esté más preocupado por los mercados que hace unos meses o unos años y que piense que hay que salir corriendo. Estoy exactamente igual que antes, con esperanza optimista pero consciente de los riesgos y amenazas latentes.
Estoy inquieto con la complacencia generalizada que observo. Los mercados y por tanto las carteras, tienen que estar siempre en crisis, y el día que uno no sienta eso, es cuando más se tiene que preocupar. Todo esto no hace más que reforzar la necesidad imperiosa de las políticas de inversión y de planificar lo que se está haciendo, de lo contrario el instinto animal que llevamos dentro de manera individual y de manera agregada, no hace más que animarnos a tomar malas e inoportunas decisiones.
Tenemos que ser más sensatos y no dejarnos llevar por la complacencia social, pues de lo contrario volveremos a vender barato y comprar caro; claro, siempre que seamos capaces de aguantar.
LD: Lo más leído