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Terrorismo

La rata

A la hora en la que escribo este artículo, La Rata sigue escondida en su cloaca; desde esta madrugada la policía francesa acorrala a la bestia, pero la bestia se resiste a entregarse, lo que es una muestra que se trata de un vulgar cobarde al que le interesa vivir más que nada. De hecho, lo ha dicho, La Rata, Mohamed Merah, el criminal que acabó con la vida de siete personas inocentes, entre Montauban y Tolouse, en menos de una semana, declaró desde su guarida, en conversación telefónica con el negociador del RAID, que él ama la vida. La suya, claro está, sobre todo la suya, porque además añadió que cuando fue entrenado en campos yihaidistas en Afghanistan sus entrenadores le habían dado la tarea de asesinar la mayor cantidad posible de franceses, y que lo único que sentía era no poder llevar a cabo y cumplir su compromiso.

La Rata, según los policías que han comunicado con él, es bavard, o sea, es parlanchín, y al parecer se ha desatado a contar a los agentes su trayectoria terrorista a través del móvil. Les contó que inclusive le habían dado la misión de asumir personalmente un ataque suicida, pero que no way, man, porque él ama demasiado la vida, la suya; repito lo que él repitió. Entonces aceptó otra tarea, la de masacrar cada día a una, dos, tres o más personas. Esta misma mañana, por ejemplo, si los policías no lo hubieran acorralado, habría podido aniquilar a otros tres militares, más exactamente policías. Y esto lo cuenta con la mayor sangre fría al policía que lo trata con las sutilezas de un psicólogo.

Mientras semejante presumido se vanagloria de sus crímenes, y se ve ya como un héroe, al que el mundo islámico extremista no olvidará, los franceses hoy han seguido con su vida normal, se han levantado temprano, ha asistido a sus trabajos, los niños a las escuelas, sobre todo a la escuela judía donde ocurrió una de las masacres, todos, desde luego, sumidos en la tristeza y en la discreción. La ira silenciosa ha estremecido al país. La prensa es la única que en la radio o en la televisión persigue cada segundo del RAID policíaco que intenta arrestar a La Rata, y trata de encontrar explicaciones usando tal vez demasiadas palabras, que de todos modos son necesarias.

La Rata vive con su madre, con un hermano también islamista en la rama salafista, con su hermana, y sin embargo se ha descubierto que posee aparte de la moto dos automóviles y buena cantidad de dinero, aunque recibía el RMI (Revenus Minimum d’Insertion: el Paro).

Han cortado la electricidad en un perímetro extenso alrededor de la guarida de La Rata, acaban de oírse tres fuertes detonaciones seguidas, como de granadas. Como si Francia hubiese en una guerra. Pero los periodistas no consiguen obtener demasiada información, desde sus puestos fijos. La Rata, acobardada y miserable continúa, al parecer sumida en la oscuridad de su madriguera.

"He puesto a Francia de rodillas", se enorgulleció este mediodía La Rata. En estos instantes, puede que el que esté de rodillas, implorando como el peor de los miserables el perdón que no merece, y que nadie estará dispuesto a facilitarle, sea él. Primero dijo que quería morir como un mártir, que todo esto lo hacía para vengar a los niños palestinos; luego se arrepintió, no, ya no quería morir como un mártir, pero que deseaba morir sonriendo. Como si sus víctimas hubieran tenido tiempo de sonreírle por última vez a sus familiares.

Todo esto se me parece demasiado al 11-M en España, el golpe terrorista que en el 2004 cambió el curso de las elecciones presidenciales. La Rata tal vez pueda en estos instantes mismos estar armando su teatro, pero a la larga tendrá que confesar qué o quiénes están detrás de todo esto. Si lo atrapan vivo, lo que esperamos todos.

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