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Tendrá momentos mejores y peores; tardará –y vaya cómo tarda– en resolver situaciones insostenibles en su partido, como la que lo está borrando de media Cataluña, pero es indiscutible que cuando llegan las grandes ocasiones, da la talla. Sobre todo en las Cortes.
En el debate sobre el estado de la Nación, Mariano Rajoy ha actuado como ningún otro político del hemiciclo puede hacerlo: con el fondo y la forma del gran parlamentarismo español. Un parlamentarismo que ya no existe fuera de él. Pero que sigue teniendo los efectos catárticos que siempre han justificando la existencia de un género consustancial a la democracia.
En mitad de la inanidad, el relativismo y la pereza, España tiene la fortuna de poder ver formuladas sus hondas preocupaciones por un hombre culto, elocuente, íntegro y con sentido de la historia. Es en este último rasgo, tan raro en el político profesional, donde más confiadamente podemos depositar nuestras esperanzas. Para llegar a poner el dedo en la llaga y debatir sobre lo esencial, el líder de la oposición ha precisado primero sacudirse la demagogia pegajosa de un presidente del Gobierno que refleja mejor que nadie un país y una época: el país y la época de Gran Hermano, de la ocurrencia frente a las políticas, de la improvisación y el adanismo, de las consignas frente al pensamiento, de las cuotas y paridades frente al mérito y el esfuerzo.
Donde Rodríguez tendió la trampa más peligrosa, el abrazo del oso en materia contraterrorista (es un decir), Rajoy no ha necesitado más de diez segundos para salir airoso. La imagen que ha utilizado es definitiva: el vecino incendiario al que hay que ayudar a apagar el fuego que ha desatado... sin renunciar a denunciarlo.
Rodríguez se escuda en índices macroeconómicos y juegos de palabras, y puede satisfacer pasablemente bien a los hooligans de su bancada. Pero nadie serio, a izquierda o a derecha, ha dejado de constatar que Churchill estaba discutiendo con Mr. Bean.
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