
En las elecciones andaluzas de 2015, el bloque de la derecha quedó 25 escaños por debajo de las izquierdas. En las de este domingo, PP y VOX sumaron 27 escaños más que el PSOE y la ultraizquierda juntos. Una diferencia de +52 en una década escasa que, además, se produce en el gran feudo rojo desde la instauración de la democracia. Hay que ser muy triste para andar rumiando la pérdida de la mayoría absoluta por parte del partido ganador, cuando a lo que invita el resultado del domingo es a acabar con todas las reservas de cava desde Huelva a Almería para celebrar adecuadamente una victoria incontestable.
Pero es que los tiempos de los partidos no son los de sus votantes y tampoco los intereses que persiguen, basados fundamentalmente en poder gobernar a calzón quitado sin pagar ningún peaje a sus socios naturales, que los ciudadanos han puesto ahí para que contribuyan a gestionar esta legislatura con un programa que recoja los puntos que uno y otro tienen en común.
Moreno Bonilla quería una mayoría absoluta. Mira, como María Guardiola, pero los andaluces y los extremeños han decidido que no han hecho méritos para eso. En Extremadura, a base de trompazos, la presidenta ha aceptado la realidad y su gobierno de coalición ha comenzado a funcionar. Lo mismo debería ocurrir en Andalucía, donde la mayoría de PP y VOX es ya hasta insultante, aunque al presidente andaluz le fastidie no haber cumplido las expectativas que él mismo desató durante la campaña electoral.
En el PP y en Vox andan fastidiados y, en cambio, los votantes de ambos partidos ven la vida con renovado optimismo. El destrozo del sanchismo, allá donde suceda, es una excelente noticia que invita al jolgorio, no a la melancolía. En las cúpulas de los dos partidos de la derecha española deberían reflexionar sobre esa paradoja y actuar en consecuencia, porque la gente no vota para que uno de ellos aplaste al otro, sino para que entre los dos destruyan a Sánchez, que es el bien superior.
Nadie tiene culpa de que Juanma se haya quedado por debajo de los 55 escaños, pero si la aflicción es insuperable siempre puede dimitir y dejar de presidente al número dos. Gobernar con Vox no es un fracaso ni un desdoro salvo para el centrismo, que exige la sumisión de los votantes de derechas a un programa que mira hacia donde se mueve la extrema izquierda para concretarse.
Moreno Bonilla ha calculado mal sus fuerzas y anda rumiando un fracaso que solamente está en su cabeza. El colmo es que se arrancó a cantar como un pijo meapilas y eso ha colmado la paciencia de los votantes de fuera de Sevilla. Que aprenda la lección.
