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Editorial: NADIE AL VOLANTE

Demasiados responsables públicos ya han dejado de gobernar para empezar a competir. Y la sociedad empieza a sentirse huérfana.

Parlamento de Canarias | Gobierno de Canarias

Hay una imagen que empieza a instalarse con demasiada fuerza en la cabeza de muchos ciudadanos: la sensación de que, cuando todavía queda un mundo para las elecciones de mayo de 2027, demasiados responsables públicos ya han dejado de gobernar para empezar a competir.

No es una percepción aislada. Se escucha en la calle, en conversaciones privadas, entre empresarios, autónomos, trabajadores y hasta en quienes todavía conservan algo de fe en la política. Hay nerviosismo. Pero no precisamente por los problemas de Canarias, que ya son suficientes y urgentes, sino por los nombres. Por las quinielas. Por las candidaturas. Por las guerras internas. Por quién estará, quién caerá y quién ha empezado ya la silenciosa batalla por colocarse en la parrilla de salida electoral.

Y ahí aparece el gran problema: cuando la política empieza a mirarse demasiado el ombligo, la sociedad empieza a sentirse huérfana.

Porque el ciudadano observa una contradicción difícil de digerir. Mientras fuera la vida aprieta, una vivienda convertida en lujo, salarios que no alcanzan, servicios públicos saturados, inseguridad creciente, presión económica insoportable para muchas familias y un cansancio social cada vez más evidente, dentro de demasiadas estructuras políticas parece haberse activado el modo supervivencia personal.

Ya no importa tanto gestionar como posicionarse.

Ya no se trata de resolver, sino de resistir.

Ya no parece tan importante gobernar bien como caer bien a quien reparte las cartas.

Y eso genera una profunda desafección.

El ciudadano no espera perfección de sus dirigentes. Pero sí espera prioridades razonables. Y cuesta entender que, con el nivel de incertidumbre social actual, haya responsables públicos más pendientes de construir alianzas internas, medir apoyos, alimentar egos o desgastar adversarios dentro de su propia casa que de dedicar toda su energía a aquello para lo que fueron elegidos: servir.

Porque, conviene recordarlo, no se les paga para competir entre ellos. Se les paga para trabajar por los demás.

Hay algo todavía más preocupante en este ambiente preelectoral prematuro: la calidad del liderazgo que suele emerger de estas dinámicas. Seamos sinceros. La política hace tiempo que dejó de ser una meritocracia ejemplar. Rara vez terminan arriba los más preparados, los más brillantes o los más independientes. Muchas veces sobreviven quienes mejor dominan la coreografía interna: el equilibrio de poder, la obediencia táctica, el silencio oportuno, la capacidad de agradar al jefe correcto en el momento exacto.

No necesariamente los mejores. A menudo, los más funcionales al aparato.

Y esa es una de las razones por las que resulta tan poco edificante este espectáculo adelantado.

Porque mientras algunos ya están pensando dónde se sientan en la próxima legislatura, miles de canarios simplemente están pensando cómo llegan a final de mes.

La desconexión es tan evidente que empieza a resultar insultante.

Además, existe algo elemental que demasiados dirigentes parecen olvidar: ningún equipo funciona en mitad de la tensión constante, la sospecha permanente y la traición soterrada. Ningún proyecto serio prospera cuando todos están más pendientes del movimiento del compañero que del problema del ciudadano. Una organización tomada por la ansiedad electoral acaba paralizada. Y una administración paralizada es un lujo que Canarias no puede permitirse.

Hay una metáfora que resume bien el momento: demasiada gente peleándose por el volante de un coche que, mientras tanto, sigue avanzando sin conductor.

Y el problema es que el golpe nunca lo sufren quienes estaban jugando al ajedrez interno. El golpe lo pagan siempre los mismos.

Quizá haya llegado el momento de enviar un mensaje claro y simple a todos los partidos, sin excepción: todavía no toca.

Ya habrá tiempo para los nombres, las listas, los carteles y las batallas por el poder. Pero hoy la prioridad debería ser otra: gobernar, gestionar, resolver.

Y quien haya olvidado lo que cuesta levantar un negocio, conservar un empleo, pagar una hipoteca o competir en el mercado real haría bien en recordarlo antes de seguir obsesionado con el próximo puesto político.

Porque, fuera de la política, la vida no funciona por afinidades, obediencias ni favores.

Fuera, la realidad no perdona.

Y Canarias necesita gestores concentrados y eficaces, no candidatos anticipados.

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