Una encuesta culminada en julio elaborada por la firma de cabecera de uno de los grandes partidos de las islas dibuja un escenario que hace temblar los cimientos del actual pacto de gobierno. Los números otorgan a Vox una horquilla que parte de un mínimo de siete escaños en el Parlamento de Canarias. Este crecimiento exponencial no surge de la nada, se alimenta directamente del caladero de votantes del Partido Popular, que caería hasta una horquilla de entre trece y dieciséis representantes.
Aunque reeditar los resultados de 2023 no sería una tragedia absoluta, ya que el mismo sondeo regala uno o dos diputados adicionales a Coalición Canaria, caer a la parte baja del pronóstico pondría contra las cuerdas la viabilidad del bloque de centro-derecha.
El árbitro gomero y la carambola de la izquierda
Esa debilidad aritmética tiene un beneficiario directo y un árbitro peligroso. Si los números no dan, todo el peso de la gobernabilidad recaería nuevamente sobre Casimiro Curbelo. Entregar tanto poder y semejante protagonismo al líder gomero para una investidura es un riesgo que muchos temen asumir.
Pero aquí emerge la mayor paradoja de la política canaria reciente. Una vez más, como viene sucediendo en los últimos ocho años, Vox se convierte en el mejor aliado involuntario del Partido Socialista. Su irrupción fragmenta a la derecha y facilita a la izquierda las sumas y ecuaciones parlamentarias necesarias para asaltar el poder.
El pánico al frío de la oposición
El crecimiento de la formación verde abre de par en par una puerta que hasta hace muy poco parecía sellada y empuja inevitablemente a los nacionalistas a buscar refugio en los brazos del PSOE. Las negociaciones ya se mueven en la sombra. La cúpula socialista está haciendo llegar mensajes muy claros a los afines a Fernando Clavijo y la oferta es de rendición total. Están dispuestos a tragar con todo, incluso a ceder la presidencia al actual líder nacionalista, con tal de que lleven cualquier acuerdo bajo el brazo al despacho del ministro Ángel Víctor Torres.
El motivo de esta claudicación es pura supervivencia. Torres sabe mejor que nadie que ocho años en la oposición son una condena a muerte para la estructura de su partido. El frío insoportable de la falta de poder es devastador. Sin cargos públicos, sin ese echadero tradicional y sin el sueldo asegurado mes a mes durante cuatro años, el motor de la mejor maquinaria partidista se gripa sin remedio. Ese escenario provoca una espantada de cuadros y una desgana militante que luego cuesta más de una década revertir. Esa es la historia cíclica del PSOE en Canarias y los barones socialistas están dispuestos a vender su alma para no repetirla.
La trinchera de la capital tinerfeña
Solo existe un muro insalvable en toda esta estrategia de despachos. Ese obstáculo tiene nombre propio y coordenadas exactas en Santa Cruz de Tenerife. Es una imposibilidad política absoluta conformar un gobierno municipal entre nacionalistas y socialistas en la capital chicharrera, porque José Manuel Bermúdez y Patricia Hernández jamás compartirán la mesa de mando de la ciudad. Esa enemistad política se tratará como un caso aislado en la gran mesa de negociación autonómica.
Mientras todo este ajedrez se complica, los protagonistas del tablero descansan en su retiro estival. Toman fuerzas bajo el sol de agosto sabiendo lo que se les viene encima en septiembre. Faltan nueve meses apasionantes para que las urnas dicten sentencia y todos son plenamente conscientes de que se enfrentan al año electoral más duro, apretado y despiadado de sus carreras políticas.
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