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EDITORIAL

Aliança Catalana, la inseguridad y el califato

Con una creciente inseguridad y la presencia mafias y grupos criminales, el discurso de Aliança Catalana funciona como una potente palanca electoral.

La última encuesta del Centro de Estudios de Opinión (CEO) de la Generalidad catalana predice una región ingobernable en la que avanza a pasos agigantados Aliança Catalana (AC), la formación antiespañola de Sílvia Orriols. Pero el aumento constante, sondeo tras sondeo, en la intención de voto hacia el nuevo partido no se debe a su ideario separatista, sino a su discurso en materias como la inmigración, la inseguridad y la consolidación en Cataluña de guetos islámicos donde se preservan unas costumbres que atentan directamente contra los valores del humanismo cristiano, contra los más elementales derechos humanos, contra la convivencia y contra la democracia.

No por nada ese partido ganó la alcaldía de Ripoll en las pasadas municipales, la población de la Cataluña interior —el llamado cinturón del fuet— en la que se formó la célula terrorista que perpetró los atentados islamistas del 17 de agosto de 2017. Frente a los llamamientos de los partidos catalanistas y de izquierdas a no demonizar a la comunidad islámica, Aliança Catalana enarboló un discurso en el que, en primer lugar, se citaba y se defendía a las víctimas y no a la comunidad de donde salieron los asesinos.

La gran particularidad de Sílvia Orriols es hablar claro, afrontar sin ambages ni subterfugios el hecho de que las estadísticas vinculan inmigración e inseguridad, pregonar dureza, rigor y firmeza frente al multiculturalismo "woke" y ante los discursos políticamente correctos del nacionalismo y de la izquierda. La Cataluña actual ya nada tiene que ver con la de hace tres y cuatro décadas, cuando a Jordi Pujol y a todo el nacionalismo le pareció una buena idea priorizar la inmigración del norte de África frente a la de Hispanoamérica en la creencia de que los magrebíes aprenderían catalán mientras que los "latinos" no tenían incentivos para aprender esa lengua hablando ya español. Si hoy existen barrios totalmente islamizados en Cataluña es gracias a ese corrupto padre de Convergencia al que ahora se le rinden homenajes por su "legado" político. Sí, un gran legado, dado que todos esos marroquíes, argelinos, tunecinos y subsaharianos a los que invitaban a venir en masa para evitar a los hispanos resulta que, en vez de ponerse a hablar catalán y bailar sardanas, decidieron mantener su idioma, sus costumbres y su religión, generalmente en su versión más extrema.

Con una creciente inseguridad, con Cataluña convertida en el Rif de Europa, con la presencia de decenas de bandas, mafias y grupos criminales dirimiendo sus diferencias a tiros, en plena calle y a plena luz y con una ciudadanía "original" cada vez más empobrecida, el discurso de Aliança Catalana funciona como una potente palanca electoral. Pero al tiempo que se denuncia la inseguridad y se exige mano dura y leyes más severas, ese partido va por las calles señalando y delatando a los comercios que no rotulan en catalán y equipara la llegada a Cataluña en los años sesenta del siglo pasado de familias procedentes de muchos puntos de España con la inmigración magrebí de los últimos años. Para los dirigentes de ese partido, un español es peor que un marroquí. Y no tienen problema en admitirlo. Proceden de los reductos más radicales del proceso separatista, pero interpretan la realidad con gran precisión. En Cataluña hay cientos de miles de ciudadanos no precisamente nacionalistas que prefieren un Estado separado de España que un califato. PP y Vox deberían hacer algo más en la disputa por ese electorado a tenor de los datos del CIS catalán. Ocurre que el PP sigue anclado en el marco nacionalista y Vox no destaca precisamente por sus mensajes sobre Cataluña.

La encuesta augura un futuro muy negro para Salvador Illa y certifica el mal momento por el que pasa Junts, con un Carles Puigdemont desaparecido a la espera de la sentencia de la justicia europea sobre la amnistía de la próxima semana, el 16 de julio, y con ineficaces y escasos cuadros. La mitad de su electorado ya está en Aliança Catalana y gran parte de la otra mitad va en camino. El partido carece de pulso y de estrategia más allá de la agenda personal de Puigdemont, cada vez más convertido en un espectro remoto. Salvo inesperado giro de guion, todo ese espacio posconvergente es de Aliança Catalana, lo cual es un desastre tan o más grande que el gobierno socialista en la región y su política de desmantelamiento del Estado en Cataluña y de respiración asistida del separatismo, sembrando las bases para que un cambio en la Moncloa desencadene otro proceso independentista.

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