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Más que la sangre al tiburón

Hoy les hablaré de una serie que me ha fascinado.

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Hoy les hablaré de una serie que me ha fascinado. Tenía ganas de hacerlo, pero he querido esperar convenientemente a que finalizaran los trece primeros capítulos de rigor.

Decirles que se trata de una serie inmaculadamente ejecutada sobre la política que gira en torno a las vicisitudes de la Casa Blanca es quedarme extremadamente corta.

Porque sí es cierto que nos movemos dentro del denominado Belt-way de Washington, pero con una magnitud y un alcance realmente impactante.

House of Cards es un remake de la famosa serie británica del mismo nombre que pudimos ver en los años noventa y que una servidora siguió en la traducción que hizo TV3 con el explícito título de Sí, primer ministre.

Una veintena de años más tarde, Netflix la ha estrenado con un Kevin Spacey soberbio y una Robin Wright majestuosa. Lo cierto es que El Príncipe de Maquiavelo es casi un manual de aficionado al lado del entramado de conspiraciones y movimientos siniestros a los que Frank Underwood se enfrenta capítulo a capítulo.

No se trata de dinero. No se trata de vivir más confortablemente. De lo que realmente se trata, lo que verdaderamente importa es el poder por el poder. Sin más. Para regocijo de Lord Acton. Lo único, en palabras de Spacey, que sobrevive a todo y a todos con el paso de los años y de los siglos y la base en la que se asienta la civilización moderna.

Arranca la trama a raíz de que el recién elegido presidente de los Estados Unidos ha decidido no nombrar a Frank Underwood Secretario de Estado, situándolo como coordinador de la bancada demócrata, lo que se conoce como House Majority Whip. Nuestro protagonista, al sentirse ofendido por lo que él considera un desprecio y una humillación, comienza a urdir la venganza día a día.

Y ahí es donde podemos ver cómo funciona, de manera brutalmente cínica y aplastantemente gráfica, las relaciones con periodistas políticos –algunas francamente intensas–, los lobbies más poderosos y los intereses cruzados de unos y otros. Intereses que empiezan por los de él y los de su mujer, con la que funcionan como si de una empresa familiar se tratara, con una máquina perfectamente engrasada.

Es tan apasionante como espeluznante. Pero esta visión descarnada y fría es la que más nos acerca a una realidad de la política que funciona como un gran tablero de ajedrez, unos más sofisticados, como los anglosajones, otros más de andar por casa, como los mediterráneos. Pero cada tablero adaptado a la propia y singular idiosincrasia.

Kevin Spacey deja las ideas en la cuneta, para quien crea en ellas y para quien las quiera llevar a cabo. Su idea, su motivación, su principal inquietud y su modus vivendi gira en torno al poder y lo vive abiertamente y sin el menor escrúpulo.

Se trata de un fontanero Deluxe, un altísimo fontanero que manipula cada una d las tuberías que atraviesan cualquier salón de la Casa Blanca.

Lo cierto es que en España también hemos tenido gloriosos fontaneros, pero los hay que lucen demasiados lamparones en sus monos de faena. Ustedes ya me entienden.

Aquí las motivaciones suelen ser otras. Más domésticas, si acaso. Más cutrecillas, de hecho.

"Amo aquella mujer. La amo tanto como el tiburón ama la sangre". Así se expresa Francis. Y es que hay que adentrarse en cada uno de los capítulos con los ojos de un insaciable depredador. Háganme caso y no se la pierdan. Les garantizo que no se arrepentirán. Palabra de Miquel.

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