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Arturo Fernández y el lío de su cumpleaños

Su padre lo inscribió mucho más tarde de cuando nació.

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Arturo Fernández | Cordon Press

El popular, taquillero gran actor, eterno galán Arturo Fernández, quizás con su categoría el más veterano en España de su gremio, cumple este sábado, 21 de febrero, ochenta y seis años. Nuestro admirado actor asturiano tardó en enterarse, por absurdo que parezca, en qué día, mes y año vino al mundo. Porque su padre lo inscribió en el mes de noviembre de 1930 en tanto su madre le descubrió, tarde, que esa fecha estaba equivocada. Lo sabría ella… Que fue el 21 de febrero de 1929, en Gijón. Mediaban, por tanto, veinte meses de diferencia. Para complicar más las cosas en las enciclopedias de cine y teatro que he consultado aparece como nacido en febrero de 1930. El interesado se inclina por la confesión materna; ahora bien, documental, oficialmente quedó en el Registro de Familia cuando su progenitor acudió a él con ese retraso antedicho. ¿Por qué lo hizo? Un misterio que el propio actor no sabe explicar. ¿Y cuándo celebra entonces su aniversario? Ya le da igual a estas alturas de su vida.

El padre de Arturo Fernández era un activo militante de la CNT. Mecánico de barco. Puede que su ideología fuera la causa de que no tuviera prisas por inscribir a su retoño en el Registro Civil y tardara ¡veinte meses! en hacerlo. Terminó la guerra y como perdedor se fue de España. Dejó a su mujer con el niño que apenas tenía diez años. Y hasta siete años después no volvieron a verlo: en Lourdes. Un encuentro fugaz. Tenía Arturo, como puede suponerse, una idea difusa de aquel hombre, el cabeza de familia. Y sobre todo, el joven había vivido una postguerra durísima, viendo cómo su madre se dejaba media vida todos los días yendo a un almacén a fregar botellas de lejía, para poder ir tirando malamente. Él mismo, que apenas estudió lo básico en un niño, tuvo que ayudar en lo que encontraba a mano. Un día vendiendo corbatas; otro, crecepelos.

Y así iba de oficio en oficio sin conocer bien realmente ninguno, como aprendiz de electricista. Le dio por probar en el fútbol y no se manejaba mal con el balón. Y circunstancialmente pensó que a lo mejor podía ganar dinero recibiendo bofetadas en un ring, en donde debutó anunciándose como "El Tigre del Piles". Menos mal que no le desgraciaron la cara, que si no malamente podría haberse dedicado luego a conquistar suecas en el cine. Asimismo estuvo unos meses enrolado en un barco. Su juventud transcurrió sólo con el objetivo de ir superviviendo, ayudando a su madre cuanto pudo. Hasta que ella misma lo animó a que probara suerte en los Madriles, adonde llegó desde su Gijón natal con las manos en los bolsillos, sin saber a qué dedicarse. Pasó hambre. Estuvo a punto de reengancharse en la "mili" para asegurarse el rancho. Alguien le dio una pista: "Vete a tal sitio, que con tu buena planta a lo mejor te eligen figurante en el cine".

Y así, sin afición alguna, de "extra", en los primeros años 50, pasó a hacer papelitos en el Teatro de Cámara y en películas como La señora de Fátima, La trinca del aire, La guerra de Dios, El beso de Judas (donde conoció al gran Rafael Rivelles, que lo contrató de galán joven para su compañía)… Mediada aquella década difícil, cuando el país se iba recobrando de los horrores de la guerra, conoció a un director que se especializó en cine negro en los estudios barceloneses, Julio Coll. Con él rodó estos títulos: Nunca es demasiado tarde, Distrito quinto y, sobre todo, Un vaso de whisky. Fue su despegue como galán duro, aunque luego, en los 60, se especializó más en comedias románticas tanto en la escena como en la pantalla. Ya siendo conocido, en 1957 había tenido ocasión de abrazar a su padre, recién llegado del exilio a Asturias. Pero la falta de comunicación entre ambos durante tanto tiempo les pasó factura. Por eso Arturo apenas habló nunca de él, y sí en cambio de su adorada madre. Y tal vez por esa experiencia paterna y desde luego por sus propias convicciones políticas siempre se manifestó hombre de derechas.

Gracias a su buen gusto, mostró en todo momento una gran elegancia, como si en su juventud hubiera vivido en una Arcadia feliz, cuando provenía casi de la miseria, con una mínima cultura. Pero si tenía algunos ahorros los invertía en encargarse trajes de buen corte, o viajaba a Italia para ponerse al día en películas y obras de teatro. Terminaría imponiendo un estilo: trajes de alpaca, americanas "blazier", camisas azules de seda…

Fueron sucediéndose sus éxitos comerciales en el cine hasta mediada la década de los 90. Para entonces ya llevaba muchas temporadas como empresario, primer actor y director de comedias de enredo, de alta comedia que se decía, o de divertidos vodeviles. Sin subvenciones oficiales. Arriesgando su propio dinero y su nombre. Por fortuna, con suerte.

No la tuvo en su vida privada al casarse en 1967 con María Isabel Sensat, con la que compartió once años de matrimonio, y con quien tuvo tres hijos, hoy dos abogados de éxito y una hija periodista. De Arturo Fernández se cuentan supuestas historias amorosas con una conocida duquesa, o con algunas actrices de renombre, amén de ciertas damas de la llamada buena sociedad. Yo descubrí circunstancialmente que vivió una temprana relación con quien fue el gran amor de "Manolete", la actriz Lupe Sino. Todo un caballero siempre, jamás ha aceptado escribir sus memorias, y menos contar sus aventuras sentimentales en una revista del corazón. Un seductor que esconde muchos secretos. Aguardó a casarse, hasta que pudo hacerlo legalmente, con la atractiva abogada Carmen Quesada, con quien mantuvo varios años de convivencia. Siempre discreto en su vida privada. Afectuoso en el trato. ("¡Hola chatín!, ¿qué tal, chatina?"). Con una vida sin escándalos, ordenada: no trasnocha, salvo por exigencias profesionales. Se cuida mucho para mantener su envidiable presencia. Representa actualmente Enfrentados, una pieza teatral de éxito en el papel de un sacerdote enfrentado a otro, más joven y menos tradicional. No piensa en la retirada. "Eso lo tiene que decidir el público". Y, hoy por hoy, nadie puede quitarle el puesto que ostenta como admirado galán maduro de la escena española.

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