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Antonio Ferrandis, a los 15 años de su muerte

Mantuvo su homosexualidad con discreción. Encarnó al mítico persona de Chanquete.

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Mantuvo su homosexualidad con discreción. Encarnó al mítico persona de Chanquete.
Chanquete | YouTube

El 16 de octubre de 2000 se nos marchó para siempre uno de nuestros más queridos actores, Antonio Ferrandis. Tenía setenta y nueve años y vivía retirado en su tierra valenciana, soportando una afección cardiorrespiratoria que arrastraba desde bastante tiempo atrás. En el verano de 1991 había sido operado a corazón abierto. Padecía desde su infancia una estenosis mitral reumática. Lo querían mucho en Paterna, el pueblo donde había nacido en el seno de una modesta familia: su padre era albañil. La gran popularidad que disfrutó procedía de la serie Verano Azul, que Televisión Española estrenó en 1981, programándola luego en infinidad de temporadas. Al menos dos generaciones de españoles recordarán las vicisitudes de aquel marinero en tierra apodado Chanquete, que vivía en una casa-barca rodeado siempre de una pandilla de niños del lugar, un pueblo andaluz, identificado como Nerja en la realidad. La "muerte" del personaje, por decisión del autor y director de los guiones Antonio Mercero, supuso una dolorida reacción por parte de los millones de seguidores de la serie, que alcanzó ese día cotas de audiencia inusuales.

Y en adelante, su protagonista, Antonio Ferrandis, vivió permanentemente asociado a Chanquete. Lo comprobé más de una vez cuando charlando con él lo asediaban en solicitud de autógrafos, sobre todo gente menuda. "Los niños se acercan a mí, quieren que los bese, no puedo negarme… pero en privado, te diré pero con tu promesa de no publicarlo… ¡que estoy hasta el gorro de Chanquete!". Por supuesto que estaba agradecido a su personaje, pero no deseaba ser encasillado en él. Varios productores de cine dejaron de llamarle, por el temor de que la gente se desilusionara al identificar al gran actor siempre con aquel bienhumorado bohemio. "Cómo será la cosa –me confió- que me invitan a sitios donde no he ido nunca, a fiestas que no me interesan lo más mínimo, aunque lo agradezco, y como muestra te cuento que el dueño de una zapatería lleva un año detrás de mí para ver si me decido a inaugurar su establecimiento". A mí, el dueño de un restaurante de lujo especializado en mariscos y pescados, La Dorada, me rogó que hiciera lo posible para que Antonio aceptara un premio, con evidentes deseos publicitarios. Me negué, claro.

Antonio Ferrandis se hizo actor profesional después de ejercer de maestro de escuela en su pueblo natal. Antes de aprobar aquella oposición hubo de ayudar a su familia trabajando en una fábrica de galletas. Ocurrió que la compañía de dos grandes actores, el matrimonio Antonio Vico y Carmen Carbonell, hizo unas funciones en Paterna, y Ferrandis les imploró su ayuda para probar suerte como actor profesional, su afición más acentuada desde joven. Y así, en 1950 se instaló en Madrid donde tras unos años desempeñando pequeños papeles logró en la década siguiente convertirse en primer actor de la compañía nacional del teatro María Guerrero. Cuando un decenio después, y a pesar de que recibiera el Premio Nacional de Teatro, se consideró desplazado en aquella compañía, optó por buscarse otros horizontes.

Pasó cuatro temporadas en el paro y fue subsistiendo gracias al cine, donde en 1974 ya alcanzó categoría de coprotagonista en Los nuevos españoles. No obstante, me confesaba: "Los productores no se fían mí, no confían que pueda serles rentable". El éxito ya mencionado de Verano azul lo llevó a una desconcertante situación, ahogado en su propia notoriedad, pero sin trabajo. Hasta que José Luis Garci le proporcionó en 1982 el papel protagonista de Volver a empezar. Lo que vivió la noche del 11 de abril de 1983 en el Dorothy Chandler Pavillion de Los Ángeles fue inenarrable, cuando el director recogía el primer Óscar de la historia a una película española. Hasta insinuaron a Ferrandis que podría hacer carrera en Hollywood. "A mi edad, con la obligación de aprender inglés, se me hace cuesta arriba…". En adelante, ya consagrado como actor, volvió a sufrir otro paréntesis profesional. Su filmografía posterior fue muy desigual, pero ello no hizo mella en la gran popularidad que seguía manteniendo. Allí donde estuviera recogía el calor y admiración de las gentes, y en los acontecimientos sociales, la atención permanente de los reporteros. Su bonhomía era un factor contribuyente a ese reconocimiento. Me decía: "Nos llaman equivocadamente famosos, simplemente porque los actores estamos permanentemente en un escaparate". Al preguntarle cuál creía él que era el secreto de su éxito, dando por sabido su espléndido curriculum en el teatro, el cine y la televisión, respondió: "En que soy un tipo normal con el que se identifica mucha gente de la calle". Gente que ignoraba cómo era íntimamente, pues su discreción la mantenía a ultranza, pero con naturalidad, con elegancia.

Le preguntaban algunos reporteros del corazón, ávidos de saber con quién se acostaba, detalles al respecto. Y él, sin perder la sonrisa, les decía siempre más o menos esto: "Sigo soltero, ni me soportaría a estas alturas ninguna mujer ni yo quiero perder mi independencia". Me aseguró un día que había estado a punto de casarse, pero que se arrepintió a última hora. La supuesta novia que hubiera podido ser su esposa investigué que era la actriz Conchita Bardem. Y no, no se decidió a dar el paso en el casorio. Ni se le volvió a asociar con ninguna mujer. Allá por los finales de la década de los 60 lo encontrábamos a menudo acompañado de un ayudante de producción que trabajaba en la oficina de José Luis Dibildos. De buena presencia, simpático, se convirtió en el amor de Antonio Ferrandis, que éste ocultó a curiosidad pública, aunque en los ambientes cinematográficos tal relación era ya conocida. Amén de compañero inseparable fue su socio en la productora Blau Films. Cuando Antonio Martín, que así se llamaba, sufrió un fulminante ataque cardíaco que lo llevó a la tumba Antonio Ferrandis cayó algún tiempo en el abismo de la depresión. Sus últimos años, maltrecha su salud, los pasó junto al Mediterráneo, tras abandonar su espléndido piso frente al madrileño Parque del Retiro. En 1998 le dedicaron una calle en Valencia, y en febrero de 2000 se inauguró en Paterna el teatro Antonio Ferrandis. Era un actor sensacional y una persona entrañable.

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