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Marisol, el mito infeliz que nos hizo felices

Pepa Flores cumple 70 años; Marisol, a su pesar, es aún niña y eterna.

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Fotograma de la película 'Tómbola'

La condición de mito debe de ser una angustiosa carga. Solo hay que repasar la forma en que la han sobrellevado aquellas figuras calificables como tal: luchando denodadamente por conservar su estrella o revolviéndose, con más ganas incluso, contra ella, esforzándose en liquidarla y pulverizarla. Pepa Flores pertenece al segundo tipo: tras 33 años de retiro y casi 20 sin apariciones públicas -una de las últimas, la entrega del premio Malagueña del Siglo XXI, que ella aceptó "por su condición de malagueña", no tanto por sus películas- rechaza cualquier clase de homenaje -ni ella ni sus hijas acudieron a recoger la Medalla de Honor del Círculo de Escritores Cinematográficos; ni se molesten con el Goya honorífico-, de retorno a la profesión -el bello papel de Charo López en Secretos del corazón pudo ser suyo-, de oferta económica para contar su vida -lo hizo en Lecturas, por entregas, en los años 80- o exhibirla. Pepa Flores lucha por olvidar a Marisol, la niña que ella encarnó pero nunca fue.

Esta etapa paciente, quizá infructuosa, sucede a una más destructiva -y también inútil- en la que se empeñó en enterrar a esa niña a golpe de rebeldía, desnudos -el más famoso, involuntario-, declaraciones y manifestaciones, posicionamientos en un empeño de colisionar contra toda su vida anterior, algunos de ellos francamente incomprensibles. La adulta Pepa, en sus esferas social, familiar y artística quería decapitar a la arrebatadora Marisol. Sus motivos eran irreprochables: haber personificado a la niña que encandiló, distrajo y alumbró España -y medio mundo- en una época de apagón generalizado no compensaba el alto peaje del robo de su identidad. ¿Es lícito que la infelicidad de uno haga felices a millones de personas?

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Como buen mito, Marisol es intergeneracional. También es millenial. Su figura es reivindicada en blogs, discotecas, concursos de imitación -o no- y hasta hilos de Twitter. Nuestros padres la vieron en el cine. Nosotros, en los pases de sus películas por televisión. La factura, gazmoña común en el género, con títulos como Un rayo de luz o Ha llegado un ángel; fenómenos como José Bódalo o María Isbert, resignados a ser meras comparsas de la protagonista; el humor, insípido ("-Qué buena está esta paella". "-No es paella, mamá, son croquetas". -"Ah, ya decía yo que qué granos tan gordos". Marisol rumbo a Río dixit). Y sin embargo, para los niños que fuimos sumando años con su compañía no desentonaba frente a los clásicos de Disney, Mary Poppins o Sonrisas y Lágrimas. Hay una dulzura empañada en esos ojos azules, contagiosa alegría de las canciones de Augusto Algueró, risa que aunque ahora sabemos forzada y traumática sigue teniendo el sabor de la despreocupación, de un tiempo feliz que ella no vivió y nosotros no recuperaremos. Ya adolescentes y adultos, descubrimos con estupor su desnudo, preso en la memoria lúbrica de la democracia incipiente; seguimos el rastro de su poco estimulante carrera posterior -pese a atractivos éxitos como "Háblame del mar, marinero" y alguna excepción en lo interpretativo, la interesante Proceso a Mariana Pineda-, su voluntario escapismo, su simpática y talentosa prole. Decepcionados, abandonados, volvemos a la filmografía de infancia, intentado olvidar lo que se esconde detrás.

El mito más insatisfecho es el más persistente. El prodigioso Joselito, pese a ser desechado en la adolescencia y prácticamente estafado en su época de vuelo canoro, conserva un recuerdo dichoso de su breve carrera. Rocío Dúrcal empezó más talludita y saldó cualquier sinsabor con su apoteósica carrera musical. Pepa luchó por recuperar su nombre, encontrar su sitio, callar con su voz grave el gorgorito oxigenado y eufórico, buscar con desespero el amor y la maternidad. Finalmente aceptó su derrota artística y alcanzó el triunfo del anonimato y del equilibrio. Cuentan que a sus nietos les encanta ver las películas de "la abuela Pepi". Perdónanos, Pepa, por seguir amando a Marisol.

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