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La enigmática vida amorosa de Alberto de Mónaco, casado con "la princesa infeliz"

Su Alteza Serenísima del Principado de Mónaco cumple 60 años. 

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Alberto de Mónaco y Brooke Shields | Pinterest

Su Alteza Serenísima,rimbombante tratamiento que se le otorga a quien rige los destinos del Principado de Mónaco, Alberto II, ha celebrado estos pasados días su sexagenario nacimiento, con eventos unos de naturaleza sólo familiar y otros en los que han participado sus súbditos. En Mónaco prácticamente todos los ciudadanos se conocen y participan de las alegrías y penas de sus príncipes. Recuerdo que cuando falleció la princesa Grace, solo pudieron acceder a Palacio y contemplarla de cuerpo presente los nacidos y residentes en Montecarlo, que desfilaron ante el cadáver, carné en mano. Los enviados especiales, entre los que me hallaba, no pudimos franquear las estancias palaciegas.

Alberto II accedió al trono del pequeño Principado el 6 de abril de 2005, tras la muerte de Raniero, su padre. En su honor aquel se ha dejado crecer últimamente el bigote rubio. Sólo un incidente entre bufo y preocupante ha ensombrecido estos días a la Real Familia monegasca: un grupo de estafadores, suplantando la personalidad de Alberto, han sido detenidos tras engañar a unos cuantos incautos, a los que engañaban haciéndose pasar por el Príncipe y sus consejeros, embaucándolos en falsos negocios.

Con ocasión de su 60 cumpleaños Alberto de Mónaco ha concedido varias entrevistas a importantes publicaciones francesas, manifestando su firme propósito de continuar en el trono y no abdicar, por el momento. Porque, encontrándose con plenas facultades, en el supuesto de que quisiera traspasar sus poderes, nos preguntaríamos a quién. Sus dos hermanas, Carolina y Estefanía no tienen la más mínima idea de gobernar. Les traiciona su pasado veleidoso, sobre todo a la benjamina. Y los dos hijos de Alberto y Charlene son unas criaturas que en diciembre cumplieron tres años. Faltan bastantes para que los mellizos Jacques y Gabriela estén en disposición de sucederle. Y no creemos que su esposa albergue deseo alguno en la tesitura de ocupar la Jefatura de Estado. Porque Charlene Wittstock, enigmática, como una bella esfinge, nunca se ha sentido feliz en su papel de Primera Dama del Principado. Lo delatan las imágenes de algunas de las recepciones y eventos a los que se ha visto obligada a asistir, muy a pesar suyo. Fría, de aire melancólico, aburrida. Una princesa triste, parece que refugiada en una cárcel de oro. Mas ¿acaso no podía adivinar su futuro cuando se prometió al entonces Príncipe heredero? Era el año 2000 cuando Alberto de Mónaco la conoció, fascinado por su belleza y su destreza como nadadora. Natural de Sudáfrica aterrizó en Montecarlo y el 1 de julio de 2011 contrajo matrimonio en la Catedral del Principado. En diciembre de 2014 fue cuando tuvieron sus mellizos. Pero, ¿qué había pasado tiempo atrás?

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Alberto, niño mimado de Raniero y Grace, guapo y travieso, fue en su juventud un raro ejemplar de las realezas europeas. Su padre lo fue preparando para cuando él faltara, y le apremiaba a casarse para asegurar la continuidad de la dinastía Grimaldi. En un lejano pasado se especuló con la posibilidad de que Francia se hiciera cargo del Principado. Los italianos, hicieron menos hincapié en ello, aun siendo país limítrofe. Una dinastía que se inició en 1297 cuando un corsario conocido como Francesco el Malizia se hizo con la fortaleza de Mónaco. Y desde entonces se cruzarían lazos de sangre entre descendientes, que ya se envanecían de pertenecer a una clase de elevada alcurnia, olvidándose de los orígenes de su fundador. Cuando en los años 60 Aristóteles Onassis se convirtió en socio de Raniero, los negocios más o menos limpios enriquecieron aún más a éste y los suyos. El Príncipe, notorio mujeriego, tuvo como última amante a la actriz francesa Gisèle Pascal, quien soñaba con sentarse en el trono. Pero inesperadamente le quitó la silla su colega norteamericana Grace Kelly, que escondía en sus biografías dulcificadas que amañaron en el Departamento de Prensa monegasco una gran cantidad de galanes que se encamaron con ella en Hollywood.

Alberto, el heredero, no sería tan fogoso amante. Incluso hubo un tiempo en el que se le relacionó con guapos chicos de aire inequívocamente gay, con quienes se reunía en alguna discoteca de Montecarlo o de París. Eso, obviamente, no presumía que el Príncipe fuera homosexual, pero tampoco garantizaba lo contrario. Algunas veces los cronistas del mundo rosa lo emparejaban con Brooke Shields o con Claudia Schiffer, con ocasión de alguna de esas fiestas anuales del Sporting Club de Montecarlo. Ana Obregón, a base de porfía y melifluas sonrisas logró bailar con Alberto una pieza, y lo único que consiguió fue salir a la semana siguiente en las páginas de algunas revistas. Más cerca del corazón del Príncipe estuvo una azafata catalana llamada Isabel, que se encamaba con él en Barcelona. El caso es que en 1992 vivió amores con la norteamericana Tamara Jean Rotolo, con quien tuvo una hija, Jazmín Grace Grimaldi, que ahora cuenta veinticinco años, y con la que no vaciló en su día aceptar ser fotografiado. Así acallaba rumores sobre su sexualidad. Otro tanto ocurrió en 2003 al hacerse público que había procreado a un bebé, Alexandre, fruto de sus roces con una ex azafata y diseñadora, Nicole Coste, natural de Togo. Al principio, el Príncipe aceptaba reportajes con su hijo mulato, pero fue distanciándose de él hasta que conoció a Charlene Wittstock. Que uno recuerde no se conocen más imágenes de Alberto con Tamara Jean ni con Nicole; tampoco con sus dos descendientes quiénes por disposiciones de la Corte monegasca jamás heredarán título alguno ni serán tenidos en cuenta a la hora de la sucesión principesca. Únicamente se estableció que mensualmente reciban una cantidad pactada de antemano.

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¿Qué ocurre con Charlene, la princesa consorte? Rumores desde hace años se suceden: desde los que la señalaban como dispuesta a abandonar al Príncipe o los más habituales que la tienen como una esposa infeliz, que hasta duerme en camas separadas. Ella ha respondido en algunas contadas entrevistas asegurando ser muy feliz y que todas esas presunciones no dejaban de ser puras mentiras. Mas su actitud, siempre distante a juzgar por los signos de su agraciado rostro, no abonan precisamente tales confesiones. Lo que sí ha de tener en cuenta, suponemos, es que en matrimonios como el suyo existen unos protocolos firmados ante una alta magistratura del país, en los que se precisa que, en caso de divorcio de una pareja regia, quien mantiene la jefatura del trono se asegura de que sus hijos nunca podrían renunciar a sus deberes y obligaciones, y por tanto jamás abandonarían la Corte. Y Charlene, en ese hipotético supuesto de solicitar el divorcio sólo tendría derecho a una compensación económica; ni siquiera podría seguir utilizando el título de Princesa consorte. Habrá cavilado que lo mejor es disimular. Y si es cierto que quiere mucho a su marido, aunque no lo demuestre con sus gestos, nos congratulamos de ello, para no ser calificados como buitres y agoreros.

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