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El triste final de Joseph Cotten, el gran amigo de Orson Welles

Joseph Cotten, gran amigo de Orson Welles, fue el coprotagonista de Ciudadano Kane.

Joseph Cotten, gran amigo de Orson Welles, fue el coprotagonista de Ciudadano Kane.
Joseph Cotten y Patricia Medina | Cordon Press

Muchas son las encuestas que, periódicamente, se realizan en todo el mundo sobre cuáles son las diez mejores películas hasta la fecha. La mayoría de los críticos consultados coinciden siempre en que una de ellas, si no la principal, es Ciudadano Kane que cualquier mediano cinéfilo sabe de memoria que fue escrita, protagonizada y dirigida por Orson Welles, con Joseph Cotten, uno de sus grandes amigos, en el segundo papel del reparto.

Se ha cumplido ahora el centenario de su muerte. El final de su vida fue muy doloroso, ya retirado, casi sin poder hablar. Tuvo dos esposas. No se le conocieron amantes, aunque tuvo en sus brazos a las más grandes estrellas cinematográficas de su época. Lo conocí en Madrid rodando un "western" y ningún otro periodista se enteró de su estancia. Lo recuerdo ahora, espigando lo más interesante de su vida. El sólo hecho mencionado de que figurara en Ciudadano Kane, amén de otras importantes películas con Orson Welles y Alfred Hitchcock ya merece la pena de evocarlo.

Se llamaba Joseph Cheshire Cotten, nacido el 15 de mayo de 1905, en el seno de una adinerada familia. Fue actor de radio, teatro, cine, televisión, guionista en esos medios, también publicista. Y crítico de cine en el Miami Herald. Desde el estado norteamericano de Virginia, donde vino al mundo, se trasladó en su juventud a Nueva York, donde en un teatro en pleno Broadway, entre otras representaciones, consta que estrenó Historias de Filadelfia (luego llevada a la pantalla, pero con otro actor) junto a la gran Katherine Hepburn.

Trabajando para una cadena de radio estableció una relación de gran compañerismo con Orson Welles, quien sería fundamental en su futuro artístico. Ambos fundaron en 1937 el "Mercury Theatre", una compañía de la que salieron varios actores elegidos para la primera producción del genio, Ciudadano Kane, cuando contaba sólo veinticinco años: harto sabido es que estaba inspirada en la existencia de un turbio y poderoso empresario, William Randolph Hearst. En la película se reflejaba la relación que éste, bajo la apariencia de otro nombre, Charles Foster Kane, mantenía con su esposa, tan apasionada y lejos de la realidad, al punto de que se empeñó en convertirla en una famosa estrella lírica, cuando su voz era espantosa. Welles personificó a Hearst y cuando éste quiso sabotear el filme donde se le ridiculizaba, montó en cólera y ni como magnate de una extensa cadena de periódicos y medios de información en los Estados Unidos consiguió que Ciudadano Kane fuera un fracaso. Joseph Cotten brilló en el papel de Jedediah Leland, crítico teatral de uno de esos diarios del millonario. No pudo acabar su trabajo tras el estreno de una ópera representada por la mujer de Hearst y éste mismo, lúcido, se colocó ante la máquina de escribir de su amigo y asalariado y completó la redacción de la crítica, escribiendo el absoluto fracaso musical de su amantísima mujer.

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Joseph Cotten y Orson Welles | Cordon Press

Ni qué decir que Joseph Cotten encontró en Ciudadano Cane su trampolín para hacerse muy popular y alabado por la crítica en posteriores realizaciones de Orson Welles. El cuarto mandamiento fue la tercera incursión cinematográfica de aquél. Y en Sed de mal, fechada en 1948, hizo un cameo. Probablemente se le recuerde más a Cotten cuando volvió a coincidir con Orson en El tercer hombre al año siguiente, donde incorporaba a un escrito de novelas policiacas y periodista, Herbert Carter, interesado en encontrarse con su amigo, el que interpretaba Welles, que no era esta vez el director sino Carol Reed, con aquellas magníficas secuencias en las madrugadas de las calles de Viena, mientras sonaba la cítara de Anton Karas como fondo de la banda sonora. En San Sebastián, otro de los principales actores del filme, Trevor Howard, me contó que fue él quien propuso a Reed que Karas cediera su magnífica melodía. Por la noche, columbré a Howard dormitando a causa de una aguda melopea en su palco del Palacio del Festival de Cine donostiarra donde asistía como invitado.

Repasando la filmografía de Joseph Cotten, que consta de setenta y ocho títulos, hallamos entre ellos auténticos éxitos, tales como La sombra de una duda, donde tuvo como compañera a Teresa Wright, en 1943, en el personaje de un asesino en serie; a Ingrid Bergman un año más tarde en Luz que agoniza, con la que después coincidió en Atormentada, de 1949. Hitchcock vio en Cotten a uno de sus actores más acertados para los repartos de intriga. El rostro de Joseph, además, le permitía, gracias sin duda también a su talento, transformarse en tipos de variada catadura. No hay nada más que acordarnos de sus apariciones en Duelo al sol, y Niágara, sin ir más lejos. Su contrato en este último filme le vino por el rechazo de James Mason a intervenir en él.

Rodar junto a Marilyn Monroe, en los años de su apogeo, qué duda cabe añadió un plus de popularidad a Joseph Cotten. Pero no fue la única estrella con quien compartió reparto, a saber: Bette Davis, Olivia de Havilland, Ginger Rogers, Bárbara Stanwyck, Ava Gardner… Los estudios de Hollywood eran muy escrupulosos a la hora de elegir sus repartos. Y no siendo Joseph Cotten estrictamente un galán al uso, lo contrataban. ¿Por qué? La respuesta es fácil: su categoría, fuera menos guapo que otros, superaba otras carencias. Entrevistado un día por un cronista cinematográfico, sorprendió al decirle: "A mí no me importaba el cine cuando empecé. Era alto, sabía hablar. Me fue fácil considerarme actor". Sin duda, Cotten manejaba muy bien la ironía. Y cuando en otra ocasión le sacaron a relucir lo de siempre, su gran amistad y ayuda prestada por Orson Welles, retrató así a su íntimo colega y socio: "Exasperante, explosivo, irracional, feroz… Pero también elocuente, penetrante, excitante, ingenioso… Nunca era aburrido".

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Román, con el actor Joseph Cotten | Archivo

No les he referido quién fue su primer gran amor, la pianista Lenore Kipp LeMont, a quien convirtió en su esposa en 1931. Ella había tenido una hija anteriormente con otra relación. Formaron una pareja estable, porque a ninguno de los dos les interesaba romper su vínculo. Que mantuvieron hasta 1960, cuando ella fue víctima de una leucemia. Ni qué decir que Joseph quedó tremendamente desconsolado. Pero, ese mismo año, sintiéndose incapaz de vencer su soledad, encontró a una bellísima segunda esposa, que también le hizo feliz, Patricia Medina. Como actriz, fue más bien discreta; como esposa, un encanto, fiel al amor que le procuró él. Cuando lo conocí en unos estudios a las afueras de Madrid, vestido con la estrella de "sheriff" en un "western", hablamos sobre ella. "Desciende de padres canarios. Nos queremos mucho, me entristece cuando me despido de ella para ir a rodar lejos de su lado". Aquella película, que dicho sea de paso nada agregó a su extensa filmografía, de 1968, se titulaba Comanche blanco. Repasando más datos sobre sus rodajes, me enteré asimismo que un año antes había estado ya en España, concretamente en Almería, encabezando el reparto de un "spaghetti-western" en el que figuraban el recordado Julián Mateos y María Martin, una vampiresa del cine español de los años 50, de la que me entero ahora que falleció en Barcelona en 2014. Esa película era Los despiadados, de Sergio Corbucci, cuya banda sonora llevaba la firma nada menos que de Ennio Morricone.

En la década de los 70 Joseph Cotten ya era otro, sus contratos escaseaban, no le ofrecían papeles protagonistas y vivía a costa de su pasado en producciones europeas modestas. También gracias a intervenciones en telefilmes. No obstante Michael Cimino contó con él para La puerta del cielo, en 1980. Y un año después, Cotten comprendió que le había llegado su adiós a la pantalla, de la que se retiró con un título que parecía entresacado de su propia biografía: El superviviente.

Loa muchos días sin trabajo los empleó para escribir su autobiografía: La vanidad te llevará a alguna parte. Eso ya fue cuando los médicos descubrieron a los setenta y cinco años del actor que padecía un episodio cerebro vascular, que afectó mucho a su voz. Hubo de someterse a largas temporadas de terapia, tiempo en el que para superar su inactividad se dedicó a cultivar la jardinería, que era una de sus aficiones. Le apareció un cáncer que afectó a su garganta, cabeza y cuello. Fueron años de angustia y dolor, preocupación constante que atendía solícita en su casa de Los Ángeles su querida esposa Patricia Medina.

Dejó de aparecer en cualquier evento social, salvo en una ocasión: al celebrarse el medio siglo del estreno de Ciudadano Kane. Allí, emocionado, cuando sólo le quedaban tres años de vida, pudo recoger el cariño de cuantos invitados asistieron, entre lo más florido de la industria cinematográfica. Al fin y el cabo, era el superviviente de "la mejor película de la historia del cine".

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