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Pili consigue que Chicote "se cague"

Chicote tuvo que hacer de psicólogo en vez de cocinero. Pesadilla en la cocina vivió momentos tensos. 

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Pili, al borde del infarto | La Sexta

Donde hay confianza hay asco. Y esta vez, literalmente. En Castrourdiales está Pili, en cuya casa se sirve auténtica cocina cantábrica congelada y recalentada. Pili regenta un restaurante con su hijo y su hermano, una relación de sangre que no ha hecho sino complicar la situación de un negocio con una deuda de 100.000 euros. Pero lo peor es la precaria situación familiar en la que ha derivado.

Y ahí está Alberto Chicote, llegando en barco a un restaurante con una ubicación privilegiada (también mucha competencia) pero unos resultados desastrosos. No hace falta ser Freud para saber dónde está parte del problema: Pili, una chef con diecisiete años de experiencia, por alguna razón perdió las ganas de cocinar y se entregó al capitán Pescanova. Aquí hay un trauma que Chicote desentrañará, sí señor.

La buena de Pili le endosó a Chicote espaguetis boloñesa, crepes de langostino y otra "puta mierda de comida" –según ella misma– que provocaron el feliz vómito de la propietaria. "Las cosas negras no se comen", resolvió Chicote sobre las croquetas. Y decimos buena, pero también iracunda: Pili no se corta demasiado y ayer nos obsequió con un programa para mayores de 14 años, por tacos –no mexicanos– e improperios a sus empleados. La cosa fue tan tensa que Chicote no se atrevió a revisar la cocina el primer día, por aquello de no volar por los aires.

A Chicote le iba a tocar, de nuevo, hacer terapia familiar y no culinaria. Resulta que Pili fuma y empina un poco el codo en el curro, otro síntoma de estar "realmente jodida y cansada". Se bloquea con los encargos, no recibe ayuda y la comida que sirve está mala. ¿La consecuencia? Gritos desquiciados que espantan a los clientes.

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Pili no puede probar su propia comida | La Sexta

El retrato humano que ofreció Pili fue, sin embargo, conmovedor a la par que terrible. Se trata de una persona avergonzada de sí misma que está al borde de un ataque de ansiedad, cuando no de un infarto. "Yo casi me cago", dijo Chicote, que se reconoció casi por primera vez "acojonado" por la situación humana a la que tuvo que enfrentarse. El chef vino a salvar a un restaurante, pero esta vez casi se trataba de salvar una vida por la crisis total que sufrió la propietaria ante sus ojos. Derrumbada, Pili estaba sometida a un nivel de estrés de los que –Chicote dixit– "un día te paran la patata".

Hubo que escarbar en el pasado en compañía de la madre de la chef. Pili tuvo un hijo demasiado joven y, tras criarlo sola, perdió su custodia solo para recuperarlo años más tarde. Su mayor miedo es perder a la misma familia a la que ahora acosa laboralmente, no su restaurante. Una mujer que salió adelante sola pero ahora puede perderlo todo.

Para cambiar por dentro, antes ayuda hacerlo por fuera, y llegó la hora de la reforma del local. Pili demostró ser una señora agradecida con el lavado de cara de su negocio, con un look urbano menos grasiento. Como es habitual en los guiones de Pesadilla en la cocina, antes de la recuperación hace falta una última crisis, y el nuevo servicio no fue exactamente bien por culpa –ojo– de Javi, el hermano que lleva el servicio. Pero algo había cambiado en Pili, todavía deslenguada pero más inspirada, y lo había hecho para bien. Final feliz, Chicote cabalga hasta el amanecer, hasta la semana que viene.

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