Siete pueblos casi inaccesibles del interior de España para una visita fuera de ruta
Nos alejamos de las rutas convencionales para descubrir lugares escondidos y casi inaccesibles, auténticos refugios para un viaje al aislamiento.
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España es un país de contrastes, pero más allá de las playas del Mediterráneo y las grandes avenidas de Madrid o Barcelona, existe una geografía del silencio. Son lugares donde el GPS a veces duda, donde el asfalto se rinde ante la piedra y donde el tiempo parece haberse quedado atrapado en un valle o tras una montaña.
1. Bulnes (Asturias)
Durante siglos, Bulnes fue el símbolo máximo del aislamiento en España. Hasta el año 2001, sus vecinos no conocían otra forma de contacto con el mundo que no fuera un estrecho y escarpado sendero de montaña. Hoy, aunque la modernidad ha llegado en forma de ingeniería, el pueblo conserva ese aire de "reino aparte".
¿Cómo llegar? Existen dos opciones para salvar los dos kilómetros que lo separan de Poncebos. La primera es el funicular, un túnel subterráneo que atraviesa las entrañas de la Peña Maín en apenas siete minutos. La segunda es la mítica Canal del Texu: unas dos horas de ascenso a pie por un desfiladero que te hace sentir minúsculo ante la caliza asturiana.
Qué lo hace especial: Aquí el ruido de los motores es inexistente. Pasear por sus calles empedradas, flanqueadas por casas de piedra —algunas rehabilitadas como hoteles rurales y otras que guardan el encanto de la ruina—, es una experiencia en sí misma. No puedes irte sin subir a Bulnes de Arriba, visitar la capilla de las Nieves y, por supuesto, sentarte a degustar una fabada y un trozo de queso de Cabrales con vistas al imponente Picu Urriellu (Naranjo de Bulnes).
2. Os de Civís (Lérida)
Este es, sin duda, uno de los casos más curiosos de nuestra geografía. Os de Civís es un "periclave": un pueblo español al que, por capricho de la orografía, no puedes llegar por carretera desde España. El valle se cierra de tal forma que tu única vía de acceso rodado nace en el país vecino, Andorra.
¿Cómo llegar? Es necesario cruzar la frontera andorrana y tomar la carretera de San Julià de Lòria. Es una ruta extraña en la que cruzas una frontera invisible para volver a territorio nacional, perteneciendo administrativamente al municipio de Valles del Valira.
Qué lo hace especial: Su arquitectura es un despliegue de maestría en el uso de la piedra y la pizarra, mimetizándose perfectamente con el entorno pirenaico. Con apenas 25 habitantes, es el refugio de desconexión absoluta por excelencia. Aquí la cobertura móvil juega a veces a favor del descanso, permitiéndote disfrutar del silencio de un valle que parece proteger a sus vecinos del resto del mundo.
3. Masca (Tenerife)
Si los Picos de Europa son imponentes, el Macizo de Teno en Tenerife es telúrico. Masca es conocido como el "Machu Picchu canario", y no es para menos. Sus casas parecen desafiar las leyes de la gravedad, colgadas literalmente de las crestas de la montaña.
Cómo llegar: A través de una vía extremadamente sinuosa, estrecha y de un solo carril en muchos tramos, con curvas de infarto que serpentean hacia el barranco. Como consejo: contrata una excursión guiada. Te ahorrarás el estrés y podrás disfrutar del paisaje.
Qué lo hace especial: La estampa de Masca, con su roque emblemático y las palmeras salpicando las laderas escarpadas, es una de las vistas más impresionantes de Canarias. Estuvo aislado hasta hace pocas décadas, lo que permitió preservar una arquitectura rural tinerfeña intacta y una atmósfera de leyenda pirata que aún flota en el aire.
4. Cuevas del Agua (Asturias)
¿Imaginas que para entrar a tu pueblo tuvieras que atravesar una gruta en la montaña? En Ribadesella existe un lugar así. Cuevas del Agua (o Cueves) es el único pueblo de España cuyo acceso principal es una cueva natural.
Cómo llegar: La entrada es la "La Cuevona". Son 250 metros de túnel natural que se puede recorrer en coche o a pie (recomiendo esto último para apreciar los detalles). El camino está escoltado por estalactitas, estalagmitas y formaciones calcáreas que la naturaleza ha tardado milenios en esculpir.
Qué lo hace especial: Atravesar la oscuridad de la montaña para salir a la luz de un valle verde y fértil es una experiencia casi mágica. El pueblo en sí es un rincón asturiano tradicional, con hórreos y casas de corredores de madera, donde viven menos de cien vecinos que ven cómo su "puerta de casa" es una de las maravillas geológicas de la región.
5. Piornedo (Lugo)
A 1.300 metros de altitud, en la Sierra de los Ancares, el tiempo se detuvo hace siglos. Piornedo no es solo un pueblo; es un museo vivo de la vida rural ancestral en la Península Ibérica.
Cómo llegar: El acceso se realiza por carreteras secundarias muy remotas. En invierno, este lugar no es para aficionados: la nieve suele bloquear los accesos con frecuencia, devolviendo al pueblo su aislamiento histórico.
Qué lo hace especial: Sus famosas pallozas. Estas construcciones circulares de origen prerromano, con muros de piedra y techos de paja (teito), se utilizaron como vivienda habitual hasta los años 70. Hoy, algunas se pueden visitar por dentro. Si el tiempo acompaña, la ruta al pico Mustallar (1.935 m) es obligatoria.
6. Peñalba de Santiago (León)
En el corazón de los Montes Aquilianos, cerca de Ponferrada, se encuentra Peñalba de Santiago. Su nombre evoca espiritualidad, y su ubicación, paz absoluta. Fue declarado Conjunto Histórico Artístico en 1976 y es, con justicia, uno de los pueblos más bellos de España.
Cómo llegar: La carretera es una cinta estrecha que serpentea por el valle. Cada curva aleja más del bullicio urbano y permite internarse en una naturaleza tan densa que parece querer devorar el camino.
Qué lo hace especial: Su iglesia mozárabe del siglo X es una joya arquitectónica única en el mundo. Sus arcos de herradura y su pureza de líneas justifican el viaje por sí solos. El pueblo mantiene una armonía visual perfecta, con casas de piedra y balcones de madera oscura, rodeado de cumbres que parecen proteger este santuario de civilización.
7. Trevejo (Cáceres)
En el extremo noroeste de Extremadura, casi rozando la frontera con Portugal, se encuentra Trevejo. Es un lugar donde el viento es el único protagonista y donde las piedras parecen tener memoria.
Cómo llegar: Se accede por carreteras locales muy estrechas y con apenas tráfico. Es el destino ideal para quienes disfrutan de la conducción pausada y el paisaje de dehesa y sierra.
Qué lo hace especial: Coronado por las ruinas de un castillo de la Orden de San Juan de Jerusalén, Trevejo es un conjunto de casas de granito donde apenas viven unas pocas personas. No hay comercios, no hay ruidos modernos. Solo el sonido de tus pasos sobre el empedrado y una vista panorámica de la Sierra de Gata que te hace sentir el dueño de todo lo que alcanzas a ver.
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