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Artículos de viaje

Crucero por el Rin: un placer que hay que disfrutar al menos una vez en la vida

Instalaciones industriales a la orilla de Meno, con el skyline de Fráncfort al fondo. | C.Jordá

En la mayoría los viajes turísticos que solemos hacer nos desplazamos al lugar que hayamos elegido y sólo una vez allí sentimos que estamos disfrutando, la ida y la vuelta son meros trámite.

Sin embargo, en otras ocasiones la forma en la que vamos hacía nuestro destino es parte esencial de la ruta y de su disfrute, el método de transporte, el camino elegido o los servicios que nos ofrece marcan la diferencia, hacen que el viaje sea lo que es y son su esencia.

Se me ocurren, por ejemplo, los trenes de lujo como el Orient Express o nuestro Al Andalus, las rutas en moto de las que hemos hablado alguna vez en El Placer de Viajar y, por supuesto, los cruceros marítimos, sobre todo a partir de cierto nivel.

Pero de lo que quiero hablarles hoy es de cruceros, sí, pero no en el mar sino en los ríos de Europa, una forma de viajar que he conocido hace poco y que, de verdad, me ha gustado mucho.

Ha sido, además, en un río cuyo nombre tiene resonancias míticas –lo que, por otra parte, es casi lo habitual en este tipo de cruceros–, el Rin y, aunque no hice el trayecto completo –cosa que les recomiendo encarecidamente– sí pude disfrutar lo suficiente como para hacerme una idea bastante aproximada de lo que debe ser la ruta completa.

De lujo por el corazón de Alemania

Hice mi viaje en un barco de la compañía Scylla, según me contaba un miembro de la tripulación, su trayecto habitual es de una semana entre Basilea y Ámsterdam, siete días de travesía que se me antojan absolutamente maravillosos.

Yo tuve menos suerte: mi ruta, que era un viaje especial, me llevó de Frankfurt a Bonn, un trayecto mucho más corto pero que, eso sí, atravesaba el llamado valle medio del Rin o Rin romántico, uno de los tramos más famosos y hermosos del río.

Les hablaré un poco del barco: son embarcaciones grandes pero muy pequeñas comparadas con los cruceros marítimos: hay espacio para unas 70 parejas de viajeros, además de las habituales zonas comunes. Los camarotes son llamativamente confortables y amplios para ser un barco, claro: son como habitaciones de hotel de tamaño razonable, con todo lo necesario – incluso un pequeño espacio para trabajar -, un baño que ya quisieran muchos tres estrellas –y algún que otro de cuatro– y un gran ventanal desde el que se podía contemplar el paisaje y la navegación prácticamente a ras de agua.

Lo mejor, no obstante, es el servicio: en muy pocas ocasiones he tenido la sensación de que tanta gente trabajaba, y muy bien, para que yo disfrutase. Y es más: todo estaba pensado para ello. Así, a casi cualquier hora puedes tomarte un café, a lo mejor acompañado de un trozo de tarta a media tarde; o una cerveza, que se podría disfrutar en la cubierta superior, viendo pasar el paisaje maravilloso del Rin Romántico, o el industrial de otras partes del trayecto, quizá menos idílico pero también muy interesante y fotogénico.

Mención especial merece la cocina, que era excelente: en cada comida había menús muy equilibrados, con opciones para todos los gustos y no hubo plato que probase que no me resultase muy bueno.

¿Y qué tal el viaje?

Como les decía, lo mejor que yo pude disfrutar fue ese tramo del Rin en el que el río va dejando en sus orillas pueblos pequeños y alguna ciudad más grande, pero sobre todo castillos que se asoman a las escapadas orillas. Hay paisajes de una hermosa tranquilidad y, en algunos tramos, bellezas que parecen de cuento, como las zonas de viñedos, absolutamente espléndidas y que pudimos disfrutar en un atardecer de luz mágica.

Aunque sé que serán un poco menos populares, a mí también me gustaron mucho las zonas industriales que se van encontrando a las orillas, por ejemplo a la salida de Fráncfort, cuando todavía seguíamos el curso del Meno. Y otra cosa que encuentro realmente apasionante –y que también sé que sólo algunos verán así– son las esclusas que se van superando en algunos puntos y que me parecen un espectáculo de ingeniería que realmente vale la pena.

El viaje, por supuesto, tiene también el encanto de sus paradas. Aunque hoy no voy a hablarles de ellas pudimos conocer las antes mencionadas Fráncfort y Bonn y también algún espectacular monumento cercano como el Palacio de Augustusburg. Lo mejor de estas paradas es que los muelles suelen estar en zonas bastante céntricas de las ciudades, así que está casi todo al alcance de la comodidad del barco, de ese camarote confortable y de esa sobresaliente cocina. Es como tener un buen hotel en pleno centro, vaya, lo que hace el viaje realmente cómodo.

En resumidas cuentas, me pareció una fórmula perfecta para recorrer esos ríos llenos de historia de Europa… y para regalarse algunos momentos de auténtico placer viajero. Puede que les parezca una frivolidad, pero les aseguro que ver pasar los pueblos y los castillos de la orilla mientras disfrutas de una cerveza o de un café cómodamente sentado en la cubierta es algo que hay que probar, aunque sea sólo una vez en la vida.

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