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Carta de amor

Nuestro primer encuentro

Nunca hemos echado la vista atrás, hasta ahora, que me propongo hacer un resumen de nuestro primer encuentro

Carta de amor: "Nuestro primer encuentro"

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A partir del cual se fue dibujando una senda, tan rauda y sinuosa como un latigazo, que quiere ser dirigido, sin más guía o mapa, que un profundo deseo de hacer enteramente feliz a dos corazones, empleando con diligencia, y pinceladas de inteligencia, la conciliación de nuestro fuerte carácter.

De repente me apercibo que esta carta no está redactada para gustar, para entretener, para colmar mi hueco de vanidad, si es leída, en el delicado y suave programa de Ayanta. Tampoco la impulsa un ánimo de presumir en el arte de conjugar las palabras. No. Lo que me hace apretar un teclado y ordenar unas letras, es la improbable, pero posible, realidad de estar, a nuestros escasos cincuenta años, un par de días juntos, ¡qué ilusión! sin trabajar, sin cocinar, sin limpiar, sin vigilar a los chicos, sin obligaciones de ningún tipo , solos, tú y yo, contigo y conmigo, patí pamí, todo un fin de semana, a gastos pagados, en un lugar paradisíaco, ole con ole y olé mi España y ole Maribel, un sueño al que nunca hemos podido acceder porque la rutina lo desvanece.

Bueno, vayamos con el flechazo: eran diez y siete años el tiempo que transcurrió hasta que la fortuna, el azar o el destino nos llevó al primer encuentro: la fiesta de fin de curso que celebrábamos en una pinada preparada para tales eventos; se disponían numerosas barbacoas asentadas en la roca, mesas y bancos alargados de la misma especie de pino del que estábamos rodeados y un ambiente de sana jarana, de fin de curso, de estudiantes preuniversitarios.

Después de intentar en vano encender con cerillas nuestra barbacoa, me acerqué a la tuya y al instante me percaté, de una espectacular mujer, al mando de su barbacoa, de una morenaza, de espaldas, de pelo rizado hasta la cintura, figura impecablemente proporcionada, todo lo cual aventuraba una parte delantera de escándalo. Y te pedí una pastilla para encender barbacoas.

Cuando te volviste y me saludaste con un "hola, coge las pastillas que necesites y si te apetece tomar algo, en ese cubo negro encontrarás de todo y tan frío como el hielo que lo refresca". Mientras me miraba, mi corazón se aceleró, mi entendimiento se nubló, mis ojos quedaron atrapados en la pura e insondable riqueza de los tuyos; lo lógico hubiera sido responder dando las gracias y aprovechar las circunstancias que se esparcían como propicias para entablar una conversación. Cogí una pastilla y una coca cola y, de golpe, mi entendimiento se organizó y, acercándome, le dije, con voz temblorosa, al oído: "no sé tu nombre pero tú serás la madre de mis hijos".

Ella sonrió y contestó: "tú corres mucho. Por el momento me llamo Maribel y me temo que quien llama a mi puerta con tal contundencia, tendrá sólidos motivos e irrefutables razones que apoyen su atrevimiento. Le contesté: no son razonamientos los que sustentan mis acciones pues son emociones, quimeras, conmociones, ilusiones y, sentimientos que no se pueden expresar con palabras pero si utilizas tu infalible intuición me abrirás las puertas de par en par.Y así fue, es y será.

Juan Antonio

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