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¿Qué fea es?

En la sala donde se proyectaba 'Ha nacido una estrella' había susurros de “¡qué fea es!” cada vez que aparecía un primer plano de Lady Gaga.

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Lady Gaga en Ha nacido una estrella | Warner Bros

El domingo acudí al cine (después de varios años sin pisar una sala) para ver Ha nacido una estrella con Bradley Cooper y Lady Gaga. Un relato ficticio que no deja de ser un retrato de la realidad en donde hay una clara crítica a la industria musical: cómo este mercado en Occidente hace y deshace artistas con una facilidad inmensa, sin ningún tipo de humanidad, y sólo buscando el beneficio económico. Y cómo en medio de toda esta vorágine "artística", los protagonistas (los actores) terminan recurriendo a las drogas y, en el peor de los casos, al suicidio, para huir del vacío y la soledad que queda cuando la fama no sabe a nada.

Al margen del discurso del film, durante casi 90 minutos he escuchado por diferentes lados de la sala susurros que exclamaban "¡qué fea es!" cada vez que aparecía un primer plano de Lady Gaga. Es más: mi amiga, que estaba a mi lado, fiel defensora de los derechos de la mujer, no podía dejar de exclamar lo atractivo que era Bradley y lo fea que era la cantante.

El cerebro humano formula pensamientos de manera inconsciente cuando percibe cualquier estímulo que se salga de lo cotidiano y lo "normal" (entendiendo por "normal" aquello a lo que estamos acostumbrados a ver). Por lo que cruzarte con una Irina Shayk en las calles de Madrid sin saber quién es sigue asombrando por su enorme atractivo físico. De igual forma que ocurre con la belleza, debe de ocurrir con lo antagónico a lo bello, que en este caso la RAE lo etiqueta como "feo".

Me cuesta ver a una mujer fea. Y a un hombre también. Aunque suene a tópico, la belleza no es más que una externalización silenciosa de la personalidad en la imagen y la actitud de una persona. Lady Gaga en esta película no me ha parecido fea en ningún momento. Podrá no tener los rasgos más perfectos, pero cada vez que la miraba, creyéndome su discurso y el papel que interpretaba, veía a una mujer hecha a sí misma, que, aun llena de miedos, transmitía paradójicamente una sorprendente seguridad que ella misma iba descubriendo conforme se subía a los escenarios y hacía lo que más le gustaba: cantar.

No puedo encontrar fea a una persona que sonría, que contagie pasión con su trabajo, que transmita vida con su vida. Y la industria de la moda y la belleza debería fomentar este mensaje; pero no con eslóganes y campañas del tipo Dove, sino con un discurso no verbal mucho más sincero.

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