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Katy Mikhailova

Novio-De y otros sucesos

Si algo tienen en común María Pombo y Carla Barber, además de la influencia que tienen en Instagram, es Álvaro Morata.

Katy Mikhailova
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Si algo tienen en común María Pombo y Carla Barber, además de la influencia que tienen en Instagram, es Álvaro Morata.
Morata y su actual pareja, Alice Campello. | Gtres

Si algo tienen en común María Pombo y Carla Barber, además de la influencia que tienen en Instagram, es Álvaro Morata. Ambas fueron pareja del jugador más comentado de esta Eurocopa y quien, por minutos, fue nuestro salvador pero también el jugador que nos llevó al fracaso en semifinales.

Recuerdo una entrevista en la que la Doctora Carla Barber dijo algo así como "algún día dirán que Morata fue el ex novio de la Dra. Barber y no al revés" por esa costumbre de preguntarle, en su momento, por el futbolista. Creo que ese día ha podido llegar ya, porque estamos ante una empresaria de éxito que genera empleo y, en suma, riqueza. María Pombo es otro ejemplo de mujer empresaria que ha demostrado ser algo más que una cara bonita y tener buen gusto para la ropa.

Y de Morata diré que siento en el alma que reciba amenazas e insultos, él y su familia. A él siempre le he visto alma de ‘influencer’. Morata estaba más pendiente de peinarse y de ‘chupar cámara’ que de estar en lo que tenía que estar. Parecía a ratos uno de esos chicos que buscan el triunfo en un área para poder dar el salto a otra. Viendo sus antecedentes, seguro que estaría más cómodo en la portada de una revista masculina que en el banquillo sufriendo por su peinado. En la portada de una revista siempre hay buenos peluqueros, y en el banquillo, desgraciadamente no. Mientras tanto, Luis Enrique ni se planteó renunciar a ese suéter apagado, en lugar de enfundarse en un traje; algo que la ocasión requería indudablemente. A Dios damos las gracias de que enterrara, al menos, el polo blanco, aunque nada se compara con los ‘camachos’ de aquellos penaltis, de aquel robo a mano armada, contra Corea. ¡Qué habrá sido de aquellas camisetas sudadas de Camacho!

Mañana domingo es la final y he decidido ver el partido en casa y en silencio. El martes, durante la semifinal entre España-Italia, ocurrió un hecho bastante desagradable en un bar en la Calle Conde Peñalver de Madrid (La Taberna de Peñalver, para ser exactos): una joven pareja (de entre 20 y 30 años) aterrizó en el local durante el segundo tiempo. Se sentaron en esa mesa en la que uno de los dos daba la espalda a la pantalla. Él, en concreto, joven con camiseta deportiva y brackets en la sonrisa, hacía caso omiso de lo que España se estaba jugando. Se pidieron un arroz que, como bromeaba mi compañero Bertie Espinosa, no sé cómo no les dio diarrea después: una paella para cuatro que se comieron dos, como uno de esos banquetes de la Edad Media en el que los comensales caían desfallecidos. El individuo que comía la paella (por cierto, plato español por antonomasia), despreciaba los sentimientos de tantos compatriotas que desbordaban el bar. Si no se puede alabar, mejor es callarse. ¡No sea un imbécil! Pero hasta aquí todo bien: con o sin diarrea. Mientras España entera permanecía unida durante minutos, a él, español, le importaba tres soberanos pimientos verdes (o tres gramos de arroz) "La Semifinal".

Todo seguía con cierta corrección hasta los temidos penaltis: la lotería, los nervios que perjudicaron a los protagonistas y el Ramos que no tuvimos (que hubiera sido gol asegurado). Con tensión y al mismo tiempo emoción en la mirada, toda la taberna, repleta de españoles, saltaba, lloraba, rezaba y callaba con la vista puesta en la pantalla. Todos, menos él: el joven impertinente, anti-futbol y anti-España.

Y es que cada vez que Italia se disponía a tirar un penalti, sin tan siquiera girarse para ver la pantalla, espetaba: "¡forza Italia!". Después de cada penalti, "¡forza Italia!". La novia, tan absurda como él, sí observaba el fútbol; pero él seguía con su mantra, sin girarse, sin interesarse por el partido, pero repitiendo aquella no-frase. Como en la película Jamón Jamón, ‘Jamona lo será tu puta madre’ (frase que me recordó Bertie), me hubiera encantado contestarle ‘forza italia, tu puta madre’, pero no procedía recurrir a semejante insulto.

Yo lo tenía claro: ganáramos o no, al finalizar la tanda de penaltis, le diría todo lo que pensaba. Y así fue. Aun con el dolor del fracaso, me levanté y, con la cabeza bien alta, le dije "es usted un irrespetuoso maleducado, al que sin importarle el fútbol y sin ser italiano, se dedica a provocar medio bar, olvidándose de sus raíces, de su patria y ofendiendo a su nación".

Este no es más que otro caso de joven abducido; que presume de superioridad moral e intelectual por no ver fútbol, por eso del mito de los ‘culturetas’ que reniegan de ver a ‘11 tíos contra otros 11 persiguiendo un balón’. No es más que el fiel reflejo de la generación vacía de identidad a causa de estos nuestros políticos, y la generación de la falta de respeto y sentido común. Joven promesa sin cumplir, que no ha querido mirar más allá de sus narices, para comprender que, guste o no el fútbol, no es elegante ni de recibo semejante provocación pública. Son los mismos que se ríen de los influencers, la moda, la medicina estética, el Sálvame y el Sálvate, pero no dan palo al agua. Al menos, espero y confío en que ese arroz lo haya pagado con dinero propio y no rescatados por el desGobierno o la familia.

Y de Morata cerraré diciendo que se le ama y se le detesta a partes iguales. A este paso conseguirá ser un influencer, y eso tiene más parte de amor que de odio, o al menos eso creo. Seguir un perfil de instagram es una elección personal, pero amar a tu selección y sus convocados no queda más remedio.

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