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Mucha lluvia, una diplodocus y un sastre

Igual que París era una fiesta de Hemingway, así Madrid también lo es y cada vez más

Igual que París era una fiesta de Hemingway, así Madrid también lo es y cada vez más
EFE

Que llueva en otoño es un fenómeno tan extraño que nunca antes lo habíamos experimentado. Ironía aparte. Y partes iguales y de pronóstico del tiempo. Los amantes del frío (esa subespecie extraña que adora el invierno, algo que nunca lograré entender) ya puede celebrar que ha llegado el otoño, con inundaciones incluidas. Lo del jueves era, cuando menos, apoteósico, y más para los que estuvimos casi dos horas atascados en la A6. Un fenómeno nada chic, porque no hay mayor vulgaridad que perder tu tiempo.

Hablamos en el trayecto sobre los gases de las vacas que decían que contaminaban la atmósfera. También de los diplodocus que se han extinguido por el cambio climático ya iniciado antaño. Y del agujero de la capa de ozono que se ha debido de cerrar.

En Madrid cada vez hay más eventos. Un sinfín. Diariamente me invitan a unos 10. No damos abasto mi socio y yo. No hay tiempo ni fuerza para tanto evento, tanta fiesta y tanta comilona. Igual que París era una fiesta de Hemingway, así Madrid también lo es y cada vez más. Pero hay algunos que merecen la pena. Y comerme el atasco del jueves pasado, pasados por agua, valga la redundancia (todo pasa), para comer caviar y degustar belleza.

Asistimos a la casa de mi amigo el Doctor Palomo. El propósito era conocer la exposición de arte de Javier Camacho con la nueva revista Eneaverso. Y ha merecido la pena. Y el agua. No sólo porque te regalen unas zapatillas HOFF o porque te encuentres con el fundador de El Ganso, sino por ese caldo de cultivo de arte que había. De Felipao pasando por Pedro Sandoval. El arte ya no pide galerías, sino encuentros privados, en petit comité, aunque se esté a 20 kilómetros de Madrid, para hacer encuentros clandestinos cuya convocatoria es ajena a los influencers e influ-humos. Tampoco hay mundo para tanto creador de contenido. Pero, en fin. Esto es para otro capítulo. Y algún día hablaré de esa otra plaga de especímenes que nos tiene hartos.

El miércoles asistía a la fiesta privada de Yusty, una marca que lleva vistiendo a hombres (por los pies) desde 1914. Empezó siendo una sastrería y ahora va más allá convertida también en una tienda multimarca. Canali, una firma propia, es otro must-have para esta temporada. Aunque tampoco falta John Lobb. En el encuentro, organizado por Newlink, no faltó elegancia y buen gusto. Desde Enrique Solís que apostó por una gama de azules perfectamente combinados hasta otros caballeros sin caballo. Yusty fue la marca por la que hemos apostado para este número de Fearless, en el que, Andrés Roca Rey eligió un patrón a medio camino de convertirse en un traje. No hay nada como el esqueleto de las obras de arte, y, sin duda, con el que posa en su portada es digna pieza de coleccionistas.

Los diplodocus también llevaron traje de sastrería en una ocasión. Incluso las "diplodocas" y "diplolocas" que también los prefieren con rayas. Los trajes. Con o sin portada. Sostenibilidad mediante. Me entenderá quien quiera hacerlo, porque la belleza no está en operarse el pecho o vestirse de Dior. La belleza es la elegancia de saber dónde ha nacido uno y a qué está condenado. ¡Feliz sábado!

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