
Dicen que una noche San Martín tuvo una revelación. No fue mística, no hubo luz ni coro, ni ángeles suspendidos en el aire. Fue algo mucho más contemporáneo: descubrió que se sentía lobo.
No un lobo feroz ni un personaje de fábula infantil. Un lobo elegante, de mirada limpia, de esos que no atacan por hambre sino por instinto. Un lobo que simplemente no soporta que le obliguen a comportarse como cordero. Si hoy viviera en versión digital lo llamarían therian. Dirían que se identifica con el animal que lleva dentro y lo explicarían con términos pulcros, casi académicos. No sería una excentricidad sino una identidad asumida, argumentada, defendida.
San Martín (el histórico fue soldado romano, partió su capa en dos para compartirla con un mendigo y terminó obispo casi a su pesar) siempre había sido ejemplo de contención. Pero este San Martín, el que me interesa, es el patrón de las explicaciones razonables. El santo oficioso del contexto, del champán, de la noche que funde y confunde, de la intención pura y el gesto circunstancial.
San Martín nunca miente. Pero tampoco se adentra demasiado en el misterio. Prefiere lo administrable. Lo que cabe en una frase limpia. Lo que permite salir del templo sin manchas.
El otro día me dijeron que me reí en misa. No supe si agradecer el diagnóstico o pedir absolución. Porque reírse en misa no siempre es irreverencia. A veces es simplemente detectar que algo late donde todo debería permanecer solemne. Hay liturgias que recuerdan que somos polvo. Que todo fuego termina en ceniza. Que la gravedad es virtud y la contención signo de madurez.
No es casual que cuando alguien incomoda lo animalicemos. A Vinicius le han llamado macaco desde la grada, como si reducirlo a simio lo hiciera más soportable, más fácil de despreciar. Convertir al otro en animal es la forma más antigua de restarle humanidad. Si te nombro fiera, te simplifico. Si te simplifico, te controlo. Con otros sucede algo distinto. Cuando desbordan el protocolo o desafían el guion, los convertimos en personaje. A Mourinho durante años se le describió casi como fiera enjaulada, siempre al borde del zarpazo, mitad estratega mitad criatura indomable. Nos tranquiliza pensar que el desorden tiene forma zoológica.
En esta fiebre por nombrarlo todo han aparecido incluso quienes se sienten animal dentro de un cuerpo humano. Hay quien descubre que siempre fue zorro, caballo o lobo y encuentra en esa metáfora una verdad que la biografía no le daba. Nos fascina asignar animales a los demás, pero nos cuesta reconocer nuestro propio instinto.
Quizá por eso el mundo vive con tanta ternura el caso del monito Punch. El peluche emocional. La criatura que transmite tranquilidad, templanza, estabilidad. El monito Punch no descoloca, no aúlla, no incendia. Acompaña. Calma. Es esa presencia que promete orden cuando alrededor todo parece incierto. En ciertos momentos de la vida se busca precisamente eso: tranquilidad. Nada de fierezas. Nada de lobos. Nada que obligue a revisar lo que uno siente. El monito Punch ofrece descanso narrativo. Es previsible, es amable, no exige valentía emocional.
Y no hay nada malo en la calma. El problema es cuando la calma se convierte en estrategia para no enfrentarse al instinto. Cuando la templanza no es virtud sino refugio. Cuando elegimos el peluche no porque sea verdadero, sino porque no muerde.
Quizá por eso incomodan tanto los vínculos sin nombre. No son promesa. No son error. No son pecado. No son contrato. Son otra cosa. Un hilo que cambia de estado, a veces sólido, a veces líquido, a veces vapor. Un hilo que no necesita notario para tensarse y que, por mucho que San Martín lo explique, no desaparece por decreto.
La modernidad adora el cierre. El adulto ejemplar es aquel que archiva, que convierte la intensidad en aprendizaje, que reduce el incendio a anécdota térmica. Pero la ceniza siempre delata que hubo fuego y no todo fuego es destructivo, algunos simplemente revelan temperatura.
Nos incomoda lo que no controlamos, lo que no se deja convertir en titular, lo que no puede exhibirse con etiqueta moral correcta. Entonces hacemos lo más sofisticado de todo: lo minimizamos. Lo rebajamos a química externa. Lo bendecimos como accidente.
San Martín, lobo en secreto, empezó a sospechar que sus homilías sobre el champán y la circunstancia eran intentos de domesticar su propio aullido. Y quizá la verdadera irreverencia no sea reírse en misa, sino fingir que no ha pasado nada cuando algo (sin nombre, sin contrato y sin categoría) ha pasado.
